lunes, 30 de enero de 2017

Da comienzo la novela: Cuentos de un Bosque Tribal- Cap.1- Rin




Con este primer capítulo doy comienzo a la novela por entregas: Cuentos de un Bosque Tribal. Una saga de fantasía épica nacida de varias partidas de rol.

Al comienzo de cada capítulo incluiré el pdf de dicho capítulo, por si alguien prefiere descargarlo para leerlo. 







Rin

Eso era la paz para ella. Estar sentada en los bancales, oteando el valle, dejando los pies humedecerse en el agua caliente del riachuelo mientras el frío le acariciaba el rostro. 

Estirar los dedos bajo el agua y moverlos alegremente mientras el paisaje blanco la devoraba y la envolvía. Rin estaba allí, sentada sobre la hierba y bajo la luz de un sol frío y, a la vez, se sentía con los vientos recorriendo las laderas y acariciando las cumbres. El día había amanecido limpio de nubes y el viento le traía como presente el frío aroma de las montañas de levante. Olían distinto a las cumbres de poniente, más vivas, más rotundas. El valle del Primer Rey se mostraba espléndido ante sus ojos, siendo como era un manto de nieve y piedra, mientras ella trillaba en la boca una hierbecita de cienflores dejando que sus mejillas se empapasen del sabor agridulce que extraía del tallo. Era un hermoso día en Imphein, la última aldea viva del mundo. Los restos de la humanidad extinta por el frío.

Los pocos ancianos que quedaban solían contar a los jóvenes que en el pasado, cuando sus abuelos eran niños, la luz del sol era cálida y se la sentía como una caricia suave y acogedora sobre la piel. Hoy su luz no calentaba ni secaba. A Rin le costaba imaginar un mundo así, una tierra en la que el frío ocupase tan solo una cuarta parte del año, con extensos campos,  verdes por completo como los bancales, que cambiasen de color con el pasar de las estaciones y ofreciesen comida con tan solo arañar la tierra.

 El único lugar en el que algo así se podía llegar a entender, según le habían revelado, era donde se encontraba, en los bancales del Rey.  

—Otra vez mirando a la nada.
Rin se giró con una sonrisa buscando a Mórrel Kómern. El viejo cabrero  caminaba hacia ella con paso de pastor y mirada paciente, envuelto como siempre en su piel de oso remendada.
—Hoy ha nacido un buen día. Y pensé que no había ning...
—Ya…—le cortó el cabrero sonriente—Rin, te encuentro aquí desde que eras una chiquilla huesuda que me robaba el tocino, siempre que luce el sol. Y me alegra que nos acompañes. Mira, te diré algo que solía repetirme mi padre, “si miras demasiado tiempo a la nada, corres el riesgo de llamar su atención”. 
Rin escuchó sus palabras, y las masticó pensativa pensativa. Mórrel no era el único que creía que debía invertir sus horas de sol en otra cosa, últimamente madre se lo recordaba con bastante insistencia.
––El rey de los dioses nos ha dado otro día de tregua. Cada uno lo disfruta como desea. Yo lo disfruto aquí.––respondió resuelta.
Mórrel le tendió su ubre de vino caliente y Rin la aceptó alegre mientras el pastor se sentaba. No era un hombre accesible para casi nadie de la aldea pero últimamente Rin lo sentía más cercano y hablador, se notaba que estaban ganando confianza. Bebió un fino chorro de la ubre. El calor fuerte y ácido le alegró las entrañas. Se la devolvió.
—¿Hárrel te ha mirado ya la espada?—preguntó el anciano con calma.
—Si. No tiene arreglo. Me ha dicho que le dé más hierro y cuando despierten la fragua la fundirá para hacerme otra.
—Ah… Y ¿de dónde piensas sacarlo, muchacha?—le cuestionó divertido.
—No lo sé. Guíder tiene unas grebas del hermano de su abuelo, he pensado que por una media de mi vino de este año quizá no le importaría darme parte.
Mórrel la miró asombrado. 
—Cuarto de kilo de hierro si es que llega, por una media de tu vino... Pagas caro rapaza—le tendió la ubre una vez más—¿Por qué? Cualquiera diría que no te gusta beber.
—Por lo que le ha ocurrido a Lómar. No me queda más remedio.
Miró la expresión de asombro cansado de Mórrel.
—¿A qué te refieres?
—¿No lo sabes? Deberías acercarte más de vez en cuando al pueblo Mórrel. Los rebaños no se irán de los bancales por sí solos, y ya no quedan fieras que puedan atacarlos. Lómar perdió su espada hace tres días, se le cayó al trepar a un árbol mientras buscaba leña con el grupo de Tótir y ya no la encontró. Así que está intentando trocar todo el hierro que puede.
—Ese muchacho es estúpido.—Afirmó tajante el pastor justo antes de comenzar a quitarse un pedazo perdido de tocino de cabra de entre los dientes con un pequeño palito.
—Ven por la aldea Mórrel, aun no eres un pellejo aunque tampoco seas joven, y sé de cierta viuda que se alegraría si bajases más de vez en cuando—Rin le sonrió con picardía mientras el viejo evaluaba su osadía.
—Mira—El pastor desanudó la tira de cuero velludo que le cubría la mano izquierda y le mostró los dedos, retorcidos—cada vez me duelen más, y también se me tuercen más. Apenas puedo estirarlos y ni hablemos de agarrar una jarra, cortar queso o acariciar a una mujer. Lo único que me alivia los dolores es el agua de las termas, así que…
—¡¡Hualah¡¡ ¡!Sí que los tienes más torcidos¡¡—Rin recordó con estupor la maldición del viejo cuenta cuentos que había conocido en la infancia.
—Los pies también me duelen como si se me fuesen a romper. Y las rodillas. Y a veces por la mañana...
—Quizá me equivoqué, si que hablas como un pellejo—le cortó sonriente la muchacha.
—¡Ríete! Pero no creas que te espera otra cosa a ti. Caminas detrás de mí, rapaza, y no parece que te vayas a ir a ninguna parte.—Le espetó abriendo los brazos y mostrando el valle entero, tras lo que bebió otro tajo de vino caliente y ácido.
<<A alguna parte… ¿y por qué querría irme a alguna parte? Si cuanto necesitamos está aquí.>> pensó ella secretamente contemplando de nuevo el valle.

Los dedos torcidos de Mórrel la llevaron atrás en el tiempo, a cuando contaba más o menos seis años de vida; un momento especial para los niños de la aldea en aquel entonces, era el tiempo de escuchar las historias del viejo Férewor sobre cómo era el mundo antes del comienzo del Gran Frío. 
Había un pacto tácito entre los adultos para que fuera de labios del anciano de quien se supiesen esas historias por primera vez, de modo que nadie contaba nada al respecto, y ese secretismo hacía que estar en presencia del cuenta cuentos fuese un momento muy intenso rodeado de misterio e importancia. El anciano tenía fama de relatar como ningún hombre y, según decían, sus antepasados se había ganado la vida de ese manera, relatando valiosas historias a quienes podían pagarlas mientras vagaban de nación en nación.
Ella era, en aquel entonces, poco menos que un montón de mantas por las que asomaban dos piececitos y un rostro impresionado, sonrosado por el frío. Para que el anciano se calmase había que darle a tomar mucho vino caliente y hacerle emplastes de orín de cabra fermentado con cieno en las manos y los pies. Recordaba perfectamente el olor ácido de la cabaña y la luz viva de las brasas, así como la expectación que sintió al ver al anciano mientras se adormecían sus dolores de huesos, sabiendo que en cualquier momento comenzaría a relatar envuelto todas esas pieles. Los hermanos Gólter, que habían oído sus historias dos años atrás, le habían dicho en más de cien ocasiones que estaba maldito, y que no debía tocarlo o quedaría maldita ella también. Estaba horrorizada y nerviosa.
Homon, su padre, avivó con leña nueva las brasas cuando el viejo se retorció en su camastro para enfocarse hacia ellos.
El anciano personificaba los misterios del pasado a la luz de esa lumbre viva. Apenas se le distinguía, nunca olvidaría ese día. Tras el impactante y paisajístico relato, cada uno de los seis niños pasaron en silencio y en solitario a escuchar un consejo de labios del anciano. 

Cuando Rin estuvo a solas con él, más cerca y con más fuego que le regalase más visión, se dio cuenta de su maldición. Oculto bajo las pieles tenía los ojos hundidos y escarchados, el rostro huesudo y torcido con costras en lugar de pelo y sus manos parecían raíces de tan retorcidas y delgadas como eran. Carecía casi por completo de dientes y aunque su boca se encontraba llagada y ennegrecida sus palabras se podían entender con la nitidez de los días sin bruma. 
“Cuando el Señor de los Dioses se eleve sobre las Énduar y sus luces caminen libres por un cielo sin nubes, deberás acudir a los bancales del Rey. Allí aguarda dormitando tu destino. Solo así sabrás qué es lo que se ha perdido... lo que ya no volverá… el calor... y la suave alegría de...”  Pero la última de sus palabras, Rin fue incapaz de entenderla. Y entonces se durmió.

Y pasaron los años, duros y fríos, hasta llegar al ahora.

Ante ella los picos helados, las Énduar, que rodeaban el amplio valle de Imphein como una manada, aguardando la siguiente tormenta de nieve envueltos en sus mantos blancos, manteniendo su guardia durante los días de sol. Tan solo durante una de tales tormentas se podía apreciar un paisaje distinto en los valles, si no lo único que los ojos contemplaban era nieve perpetua, descansando plácidamente y casi siempre virginal. 

Ya no quedaban animales que pudiesen continuar en esas duras circunstancias en el escaso bosque. Todos los árboles que necesitasen la primavera habían muerto, salvo los del pueblo, que la continuaban esperando aletargados. Todas las criaturas que necesitasen abundante hierba que pastar habían muerto, salvo las manadas del pueblo y algunas crías de corzo que habían sido domesticadas a la fuerza y que, aunque muy mermadas, continuaban como las bestias, alimentándose de la hierba cultivada en los bancales. Todos los depredadores que necesitasen carne para alimentarse habían muerto, los que no de hambre, abatidos por los cazadores o por el frío, todos caídos en los días del Hudrum, el Gran Frío, días lejanos en el bosque de los días que muchos de los mayores temen recordar. Habían sido días demasiado duros y oscuros.
Pero este había amanecido limpio de nubes y por tanto ella se encontraba nuevamente en los bancales, oteando el valle que abarcaba todo su mundo. El valle donde había nacido y en el que, según todos decían, moriría en algún momento del futuro, preferiblemente rodeada de un montón de pequeños y ruidosos nietos cuenta cuentos. 

Sus quehaceres hoy los haría Dönfen, su hermano. Desde niños tenían un pacto secreto que todos en el pueblo conocían: siempre que el día se presentaba desprovisto de nubes ella se dedicaba a nada en los bancales con la confianza de que su hermano la sustituiría en lo que fuesen sus quehaceres, o encontraría a quien la sustituyera. Y ella, haría lo propio durante las tormentas. Como era mucho más habitual que hubiese tormentas que sol, dicho pacto debía ser equilibrado constantemente, lo que producía una gran cantidad de juegos de victoria entre los dos.

Al comienzo de sus días de soledad en los bancales no sabía bien a que dedicar el tiempo, así que se pasaba el día soplando hierbas, escuchando las historias de Mórrel y ayudándolo en lo que pudiese, emplumando flechas retorcidas o molestando a las ranas… pero con los años y la madurez que en ocasiones conllevan, sus escasos días en los bancales se tornaron momentos íntimos de reflexión. 

Seguía sin hacer nada en concreto, se sentaba a ver los picos helados y sus crestas de piedra, las neblinas gélidas que muy a menudo los recorrían como una fina sábana irreal, blanca y etérea acariciando sus valles, inaccesibles ya para la vida. 
¿Habría vida allá en lo alto? 
Luego miraba el valle, extenso y abandonado a la nieve. Su abuelo le había contado mucho tiempo atrás que el valle de Imphein en el pasado antes del frío, era uno de los más grandes de la región, famoso por sus mercados ganaderos y, por supuesto, por ser el valle de la coronación del Primer Rey. A Rin le habría gustado ver algún otro valle para poder compararlo.  
Su abuelo descansaba ya bajo el hielo, pero antes de partir al reino de Éderoth le había contado muchas cosas fascinantes del pasado antes del frío y el hielo. Sobre todo, de la primavera.

Comenzaba con la Drenthorá, los crujidos del deshielo que venían de los picos. Así era como la gente del pueblo sabía que realmente había llegado la primavera. El sonido parecía llegar de todas partes, nadie podía identificar qué valle de qué pico crujía exactamente y jóvenes y ancianos solían bromear con mucha seriedad afirmando que distinguían el origen de cada estrepitoso crujido. Entre discusiones y juramentos, cerveza y fanfarronería se iniciaba una de las tradiciones más antiguas del pueblo, las Drénkerel o peleas de primavera, que según se decía eran más antiguas que la coronación misma. 

Tras los crujidos, tarde o temprano, llegaba el agua del deshielo en forma de cientos de pequeños riachuelos que se repartían por cada recodo del valle. Todos ellos alimentarían al Guebros y al Próntar los dos ríos de Imphein, que permanecían tranquilos y pacíficos en invierno, para desatar su bravura y dureza en el deshielo y convertirse, a la salida del valle, en el Randran, el poderoso río del Primer Rey, que partía hacia el sur cruzando innumerables valles y montañas, desfiladeros y llanuras hasta llegar al Mar del Linde Oeste, el Duéndigo. El mismo camino que en el pasado hace más de seiscientos años había hecho el Primer Rey tras su coronación.  
Decían que era un camino de más de mil lanzazos reales.
¡Mil lanzazos! Rin no era capaz de imaginar esa distancia. 
Pero todo eso, hacía años que no ocurría y, si lo que los mayores decían era cierto, jamás volvería a ocurrir.
Ella había caminado siendo niña con su padre sobre donde se suponía que debía estar el Próntar, unas cuantas varas bajo sus pies, sometido por el hielo del páramo. El recorrido era de unos siete lanzazos reales desde el pueblo, serpenteaba y concluía ante el valle de Fíburn. Se suponía que el valle de Fíburn era la entrada y salida de Imphein al resto del mundo, pero ahora no era más que una colosal muralla blanca y azulada de puro hielo, producto de numerosos aludes durante las tormentas del Gran Frío. Su padre le había contado que, según la leyenda, un dios de los primeros hombres había roto las montañas con su enorme hacha para crear un acceso al valle de Imphein. Fíburn significaba “hachazo” en el idioma antiguo, aunque ahora la única puerta del valle había perdido por completo la forma de hachazo que debía tener, y se había convertido en una de las regiones más peligrosas por sus desprendimientos. Demasiada gente del pueblo había concluido allí sus días durante el Hudrum, buscando alguna manera de salir por los viejos pasos de ganado. El frío se había ocupado tenazmente de llenar el espacio que la piedra había dejado como puerta al valle de Impheim. Por ello su padre le había dicho que si ahora llegase el deshielo con total seguridad asolaría el valle. No habría escapatoria posible, había demasiado hielo en las cumbres, demasiada nieve en las laderas, y con el Fíburn cerrado por el hielo de semejante manera nada podía entrar o salir y tampoco podría el agua.
Así que, según él, casi era mejor que el deshielo ya nunca llegase.

Cada año la nieve ganaba unas cuantas varas más al poco bosque que quedaba, los aludes en los picos de los Hijos Menores siempre eran los más preocupantes ya que el pueblo distaba escasos cinco lanzazos reales del comienzo de sus faldas. Hacía dos años, durante una tormenta, un alud en Jumar el cuarto de los hijos de Hárem devoró un lanzazo de bosque en unos instantes. El sonido había sido aterrador; en mitad de la noche casi todo el mundo pensó que era el final. El hielo, se acercaba por el este peligrosamente al pueblo. No tardaría mucho en llamar a sus puertas.

Pero ahora, sentada entre la hierba, con el sonido de las cabras pastando tranquilamente a sus espaldas, la explanada blanca y pulida de MorKellm parecía invitarle a recorrerla. Era enorme, tanta nieve, tanto hielo. Tenía ciertos reflejos azules muy suaves que se confundían con matices grises y plata. El hielo de aludes era así, lo reconocía con solo mirarlo aún en la distancia, allá donde el manto se había desprendido. Ella distinguía más tipos de nieve que su padre, y éste que su abuelo. No sabía explicar bien en qué, pero eran blancos distintos. La nieve helada que como bolas irregulares y pulidas se aferraba a los abetos blancos, la escarchada que aparecía cada mañana a los pies de las puertas, la de los picos más alejados que con indiferencia ante el frío miraban al norte y los que se resguardaban hacia el sur, la que traía una tormenta plácida del este y la que descargaba furiosa una tormenta norteña... Todas eran diferentes.

Y entonces, vio algo inusual.
—Oye Mórrel, ¿quién camina por las faldas de Jirán?
El anciano se giró para mirar hacia el Hijo Menor, la hermosa falda de la montaña nevada.
—Es Lódir, el muy imbécil ha perdido una oveja la noche pasada y ahora se pasa el día buscándola.
—Vaya, no sabía nada. ¿Y en el pueblo saben…?
—Noooo. El viejo es un testarudo orgulloso, me hizo prometer que no diría nada antes de tres días. —Bebió otro largo trago de vino.—No es que una oveja sea algo tan grave, pero ya sabes.
—¿Y por qué me lo cuentas a mi?.
—Niña, te veo aquí cada día que hace sol desde hace años. Y casi nunca es para humedecer tu joven culo en las termas. Vienes por aquí más que cualquiera, te he contado todos mis cuentos y anécdotas, para mi eres como de la rara familia que hacemos Lódir y yo.
—Y Súnter.
—Si, y Sunter claro.—Sonrió el viejo a la vez que bebía otro traguito de vino.
—¿Por cierto donde está? No escuché sus ladridos cansados al llegar, iba a ir a preguntarte, lo pensé antes, pero... me olvidé.
—Está viejo. La última tormenta se la pasó ladrando y los días siguientes tumbado junto a la chimenea. Para salir a mear casi se arrastra. No creo que llegue a ver la siguiente tormenta.
—Oh… Vaya. Lo lamento.
Mórrel se dispuso a cortar un pedazo de queso de cabra con su pequeño cuchillo mientras estiraba las piernas. La brisa era fría y todavía quedaba una buena parte de mañana por delante. Rin sacó del hatillo que llevaba al cinto un chorizo blanco para acompañar el queso. Tenía además tocino, pan y cuajo de leche para su segunda comida. 
Desde los bancales se podía ver cómo los jirones de humo de las chimeneas de la aldea se elevaban hasta dispersarse mientras cortejaban al viento.  
—¿Quieres más? — El viejo le tendió nuevamente el pellejo de cabra—toma, bebe—le insistió—dentro de poco no tendrás vino que beber y una hermosa espada al cinto, aunque me pregunto para qué.
—Gracias—le aceptó Rin sonriente—compartes tu vino más que de costumbre, pellejo.
––Es mi humilde pago por hacerte cerrar la boca,––rió mostrándole su empobrecida dentadura—a fin de cuentas perder una oveja es una cagada de las buenas, y así el peso de tal hazaña caerá sobre cuatro hombros viejos y dos jóvenes, que es mejor que dos viejos y amargados, y entre viejos… Bueno, ya se sabe.
Compartieron la escasa comida un rato más, hasta que el anciano se despidió para continuar con sus tareas de pastor. La cara interior de las cuevas del ganado estaba recubierta de una gruesa capa de arcilla roja mezclada con musgo, paja y agua de las termas. Mórrel, según le contó mientras comían, había encontrado partes desconchadas y pasó la primera parte de la mañana mezclando al pie de las termas los ingredientes para la argamasa. Las cuevas del ganado eran muy importantes, allí se refugiaban las bestias durante las continuas tormentas, era el único lugar donde los animales se sentían seguros y no se ponían nerviosos. 
Rin se quedó mirando hacia el oeste, hacia las laderas de los Hijos Menores una vez más. Podía ver a Lódir sobre las faldas de Jirán, caminando errático entre las copas de los pocos abetos que sobresalían de la nieve. Le pareció valiente. La de Jirán no era una de las faldas más peligrosas, pero tampoco era pacífica y en el pasado se había cobrado su precio en vidas. 
<<Por una oveja…>> Pensó. Pero en alguna parte de su interior, sabía que era por algo más. Algo que tenía que ver con el sentido de utilidad y con la opinión del pueblo.
Lódir casi había dejado el bosque atrás, caminaba justo por el límite de lo seguro, allá dónde de lo que había sido bosque tan solo se veían las puntas de los árboles, y que a buen seguro no durarían sino hasta el siguiente desprendimiento. Podía imaginarlo como un gigante de las montañas, caminando entre árboles minúsculos. Se detenía, seguía caminando. Había tenido suerte, si este día no hubiera nacido soleado seguro que ni si quiera lo intentaba.
Al norte podía apreciar las minúsculas casas del pueblo. A esta hora los Gólter ya estarían llegando después de otra mañana agotadora con los primeros hatos de leña del día, bien cortada y apilada para que Pólguer el cojo la ordenase en los secaderos. Fölir habría terminado de inspeccionar los cimientos de todas las casas y los contrafuertes que aseguran que las familias resistirán el frío de la noche. Lo hacía cada vez que lucía el sol en lo alto, del mismo modo que Rin acudía a los bancales.
No eran los únicos que tenían ciertos rituales personales relacionados con el sol. La viuda Friedjam habría acudido muy temprano a las termas a recoger un cántaro de agua de calda para mezclarlo con la nieve de Klodleim, el Hijo Menor en cuyas faldas fue sepultado su último hijo por la nieve. Con la mezcla vaporosa regaría el pequeño y duro jardín que había creado dentro de su casa en recuerdo de su marido y sus hijos perdidos. Soeder Llúmneon sacaría a sus tres mastines para dejarlos correr por la nieve del páramo lejos del pueblo, guiando una teatral cacería de inexistentes conejos invernales. A decir verdad ni Soeder ni Rin, ni casi nadie ente los jóvenes había visto un conejo jamás, pero más o menos sabían como debían ser, y Soeder solía fanfarronear diciendo que si existiese algún conejo aventurero que, por fatalidades del destino, cayese en este valle hambriento, él y sus perros serían los primeros en atraparlo, y ya decidirían si compartían o no el suculento banquete con los demás jóvenes después.
Lo cierto es que pese a las dificultades diarias y gracias al esfuerzo de sus antepasados más cercanos, la vida en el valle era reposada y cotidiana. Todo el mundo tenía siempre algo que hacer y responsabilidades comunes que cumplir a la vez que siempre había quien tenía tiempo libre que no sabía bien como ocupar. Ser útil y sobrevivir eran las dos directrices para todas las familias en  la aldea, y cada casa las cumplía a rajatabla y a su manera. 
El Imphein del pasado podía haber sido hermoso, cálido o colorido, pero Rin sentía que que el Imphein del presente era igualmente un lugar maravilloso donde poder criar a sus hijos tal y como ella había sido criada, con tradición, amor e historias a la vera de la lumbre, contemplando la vida desde los bancales y narrándoles los hechos de los Primeros Hombres que todavía se podían recordar, así como las hazañas de aquellos que dieron su vida por aprender a sobrevivir a la era del frío.
Podía ser el fin de los tiempos, como decían los mayores, la era de las tormentas de hielo donde hasta el cielo se había congelado… que ella criaría a sus hijos con el calor de mi hogueras, ya fuera entre la hierba de los bancales, o en mitad de una tormenta.