lunes, 6 de febrero de 2017

Cuentos de un Bosque Tribal- Cap. 3 - Aishda



 AISHDA



Caminaba erguida, solemne y sin hacer el menor ruido aun entre el húmedo y podrido suelo de las alcantarillas. Caminaba como lo que era, dando cada paso tal y como la habían moldeado a ella, en silencio litúrgico, con la clase de voluntad que tan solo la más férrea y desgarradora disciplina pueden inducir. 

Odiaba el hecho de encontrarse otra vez en esa circunstancia, odiaba la sangre, odiaba su olor a culpa y su sabor a hierro pero sobre todo, odiaba verse cubierta de ella como ahora, un pegajoso testimonio de su manera de experimentar la existencia, de ganarse el derecho a la vida. 
Sangre densa y grisácea que se cuajaba acartonándole los pliegues de los pantalones y tensándole la piel, como si los inocentes de los que provenía la intentasen ceñir desde el infierno.    
Se había esforzado. 
Nadie podría atestiguarlo, pero se había esforzado hasta rozar la locura en hallar una manera diferente de vivir la sucia vida que le había tocado, resistiéndose a dejar que el manso sometimiento de los comunes la invadiera desde dentro, rabiosa como una loba que recordase el perfume de la libertad tras años de vivir domesticada. Pero aun no había encontrado la puerta adecuada, todavía no había salida. Solo podía morir, o continuar.
Junto a su primera sombra, la fiel Idumma, caminó el estrecho pasaje a oscuras con la memoria como única guía. Por todas partes los susurros de fétidas gotas cayendo en charcos ponzoñosos las acompañaban insinuando una canción rota, desacompasada. Hacía dos días que la marea había bajado arrastrando toda la mierda de las alcantarillas, de manera que el hedor no alcanzaba a desmayar a las ratas, que paseaban de aquí para allá buscando entre la nueva y fresca mierda de la ciudad mientras se comunicaban con tímidos chillidos.    
Seis sombras silenciosas las seguían a cierta distancia, atemorizadas. Para dos de ellas era su primera visita a Las Ocultas. Toda una señal de madurez. El resto sabían que no hay momento más limpio para una “ama” que una visita a Las Ocultas para deshacerse de las sombras que no dan la talla.
Llegó al rudo portalón de hierro, se detuvo y lo golpeó suavemente con el remate del puñal envuelto en tela permitiendo que el sonido ahogado de metal contra metal llamase al ama de la puerta. 
Durante el tiempo que tardó la puerta en abrirse contempló el rostro de su compañera en la oscuridad. No podía verlo, pero lo sentía tallado en las sombras como si lo viese con sus propios ojos, mirando firmemente hacia la puerta. ¿Tendría Idumma el mismo ansia de escapar de aquella vida? ¿se lo habría planteado siquiera? Hacía más de cuatro años que eran “compañeras” y dudaba en si contarle su secreto más íntimo y arriesgado, sus dudas y asco al respecto de lo que hacían sus manos. Expresar tales emociones a la persona equivocada equivalía a la muerte.
Pero su fiel sombra no había mostrado jamás rasgo alguno de piedad. Ni de duda o vacilación al dirigir su puñal contra ancianos, niños o animales.
<<Es normal>> Pensó Aishda observándola, envuelta por la oscuridad que la protegía. Ella misma no había mostrado el menor rastro de remordimiento, no se lo podía permitir. Sin lugar a dudas nadie en la orden sospecharía que pudiera haber espacio en ella para tales emociones. Pero lo había, y no paraba crecer. 
En realidad era una estupidez, nunca se lo podría contar, pero de alguna manera mezquina e infantil necesitaba fantasear con el sueño de tener una confidente absoluta, alguien que no te matase a través de la traición de contar cuanto se le ha contado… una amiga, como había sido Irina.

La puerta se abrió.

Las manos de ambas compañeras apretaron secretamente sus puñales, en estado de alerta ante lo que pudiese pasar, puro instinto entrenado.  
Ni una luz en el interior. 
Tras la puerta entreabierta sonaron dos repiqueteos secos de campanilla. Idumma lanzó entonces, sin el menor ruido, una minúscula bolsita de cuero hacia la oscuridad. 
Ese era el pago. La puerta se cerró.
Al cabo se abrió nuevamente, esta vez casi al completo permitiéndoles el paso. 
El intercambio, como siempre, había sido satisfactorio. De ahí en adelante todo transcurriría en el más absoluto silencio, sin lugar para cortesías ni palabras. 
Doncellas de rostro velado las recibieron en estancias sin ventanas, tenuemente iluminadas con velas ahogadas tras gruesos conos de papel. A estas cámaras se accedía por estrechos pasillos de piedra cuya naturaleza le era incomprensible a Aishda. 
Allí limpiarían sus ropas de sangre o restos, y las perfumarían con canela e hinojo. A ellas las lavarían con una mezcla de plantas que Las Ocultas guardaban con secreto recelo y que las perfumaría, purificaría y tonificaría la piel a la vez que las relajaba en un deleitoso baño de aguas cálidas y limpias.  

Jamás se permitirían encontrarse en un ambiente tan poco controlado como ese, rodeadas de personas sin identidad en estancias desconocidas, con accesos y salidas incomprensibles y sumidas en casi total oscuridad; pero la Orden y Las Ocultas llevaban décadas de contacto sin más que unos pocos conflictos. Gracias a Las Ocultas los perros y la escasa magia de la ciudad no podían seguir su rastro, y gracias a la Orden las Ocultas mantenían su protección dentro del territorio que les pertenecía. Una asociación de lo más natural.
Ahí se desprendían de sus ropas y los objetos de su oficio para que fuesen limpiados, pero jamás de su puñal de vida, uno de los símbolos esenciales de su estatus. Perderlo era la muerte.
En realidad, por otra parte, era de los pocos lugares en los que Aishda no tenía que temer de las manos que acariciaban su cuerpo, y podía dejarse llevar por la reflexión y el recuerdo. Siempre estaba alerta, eso era algo que ya no podía controlar, pero a pesar de ello había encontrado cierta relajación estúpida en esos baños donde manos de esclavas fanáticas enguantadas en crin frotaban sus pieles con caricias. 
<<¿Es el mismo lugar?>> Pensó creyendo reconocer algo en el techo.
 Estar segura se le antojaba imposible, a través de los laberínticos pasillos de piedra las estancias de lavado parecían cambiar. La circunstancia, no obstante, sí era la misma. Mientras bajo el agua acariciaba su puñal con discreción, dos veranos atrás, en la penumbra de la estancia tomaba forma un pensamiento imposible, una certeza vital que la advertía sobre el pesar del tiempo, sobre el desasosiego de saberse atrapada hasta la muerte en un ciclo de sangre y desespero, una prisión en vida con la muerte como única salida.  Idumma se hallaba igualmente entonces en su compañía. Suaves manos las lavaban con delicada devoción. Y un complejo pensamiento cristalizó en tres importantísimas palabras que se habían transformado en secreto juramento desde aquel entonces hasta el desesperado presente:  
<<!Tengo que huir!>>

Pero tras dos veranos de más sangre y obediencia, aquí seguía, sin haber encontrado puerta de salvación alguna.

Tras el baño dejaron atrás las estancias de las Ocultas, con sus ropas puestas ya limpias y secas y olvidadas las huellas de sus pecados con la sencillez habitual. Que actos tan terribles como los que llevaban a cabo se convirtiesen en una rutina que asumir era cada día más pesado para su espíritu, si es que no se había ganado ya el castigo de carecer de él.
Poco a poco se dejaron engullir por los laberínticos pasadizos del alcantarillado de Agratis, el mundo bajo el mundo, donde eran como agua que fluía sin pensar hacia un destino que las aguardaba bajo el influjo de una poderosa e intransigente ley: El Beso.
Tras poco menos de media hora de retorcido recorrido llegaron a las Estancias Perdidas, aquellas que no existen para nadie, donde la Orden se reúne en torno a su Maestre.
Pocas palabras se intercambian con los guardias, tan solo mostrar tu rostro a la luz de las velas y aceptar tu destino. Sus sombras no la acompañarían a su interior, no hay espacio para ellas en tal sitio. Tan solo entran las Marcadas.
Tras cuatro puertas y diez hombres, nuevamente se encontraba ante él. Con el Beso en los labios y dispuesta para entregárselo.
La estancia era amplia, con simples respiraderos cercanos al techo, una puerta de entrada y otra de salida sellada con una inmensa rueda de metal repleta de grabados antiguos. Su señor la miraba fijamente envuelto casi por completo en sábanas blancas, sentado en la Silla de Piedra y dejando que su presencia penetrara en ella con calma a través de su mirada. El ambiente era litúrgico, como siempre. Para Aishda había perdido el valor que tenía antaño, pero de ningún modo lo manifestaba. Los presentes guardaban silencio solemne entre los vapores del incienso. Eunucos desconocidos que hacían de sacerdotes al Maestro y mantenían posiciones propias del rito. Todos se encontraban a más de cinco pasos de la Silla. Nadie osaba acercarse más.
Él era capaz de conversar con serenidad, con sosiego, capaz de animar y alegrar a un auditorio, capaz de sacar la carcajada a quien tan solo siente dolor por lo que ha hecho o de hacerte sentir como su confidente elegido para un instante de intimidad. Y cuando sus ojos se centraban de ese modo... Aishda no sabía cómo podía hacerlo, dónde estaba la clave de su magia, pero inspiraba el más extremo terror a quien era su objetivo. Ella lo había podido apreciar desde niña, desde que acurrucada a sus pies lo veía recibir a los enviados que los diferentes gremios del mundo exterior le ofrecían como posibles pupilos. Él los examinaba durante un instante ínfimo y profundo y, al cabo, ya sabía quiénes eran promesa y quiénes debían probar el beso frío del acero.
Ahora las posiciones habían cambiado, ya no estaba a sus pies y su mirada no le resultaba tan terrible, aunque jamás se le ocurriría desafiaría. Debía responder a su escrutinio con aplomo, valor y mansedumbre. Una mezcla delicada pero que Aishda sabía destilar a la perfección porque ahora, entendía que la mirada del Maestro no significaba que supiese nada, tan solo te retorcía las tripas haciéndote creer que lo sabía todo. Ahora sabía que el Amo no tenía ni puta idea de lo que pasaba en realidad por su cabeza, y por ello su mirada no la perturbaba, se sentía más dura por dentro que el acero que empuñaba por fuera.
Dio varios pasos calmados, aproximándose lentamente hacia su Amo con la lentitud que exigía acercarse hacia el más terrible asesino que se recordaba en Agratis, una leyenda viva, su anciano padre.
Se arrodilló con serenidad apoyando cada mano bien abierta a ambos lados de sus pies, desnudos y cubiertos de cicatrices. Agachó la cabeza con suavidad, y los besó: señal de que el trabajo se había cumplido sin fallo alguno. Otra vez. 
El Beso estaba entregado.
—Levántate, Marcada —con máxima lentitud, Aishda se levantó—¿tus sombras… te han servido bien?—la voz envejecida de su padre era como una letanía profunda y dolorosa, había ganado una terrible resonancia con los años.
—Si, Amo. 
<<Ya no te temo, bastardo hijo de mil putas muertas>>
—¿Qué… dispuso a tu cólera, el buen pastor?—preguntó con una lenta y poderosa cadencia mientras sus ojos la investigaban de arriba abajo.
—Tres cachorros y seis perros, guarecidos por cuatro lobos.
<<A los que arranqué la vida sin saber por qué, cuando te la tendría que haber arrancado a ti>>
—¿Me has traído… sus collares?
—Si, mi Amo.
<<como siempre>>
 Con gran quietud y movimientos claros y definidos, con los dedos de ambas manos bien abiertos y visibles, abrió una pequeña bolsa de cuero que ceñía a la diestra de su cintura y sacó un collar de trece lenguas desecadas según mandaba el protocolo. Lo depositó a sus pies, y se arrastró a cuatro patas hacia atrás varios pasos con gesto humilde.
Él permaneció sentado secamente, examinando con serenidad sus más ínfimas reacciones. El rostro de su hija era el de una estatua sin emoción, carente de rasgos definibles.
El pequeño trono de piedra sobre el que se encontraba el viejo, cubierto como él por sábanas de un blanco purísimo, había sido escupido más de trescientos años atrás por las manos de la sagrada fundadora de la Orden, aquella cuyo nombre no se debe recordar y, bajo sus sábanas, tallas a cincel descifraban los secretos del arte de la muerte que caracterizaban a su Orden,  haciéndola superior a las demás.
Los dos testigos que exigía el protocolo se acercaron a su padre para comprobar el collar con ceremonia y respeto. Uno de ellos se agachó para recogerlo y dejarlo descansar sobre el regazo de su amo. Se movía con extraordinaria lentitud, de modo que todo su cuerpo expresaba la sencillez de la acción que estaba llevando a cabo. Un movimiento equivocado cerca de su padre, un ápice de agresividad o de intención confusa, le podía costar la vida. 
Aishda podía sentir la tensión bajo la piel del testigo.
<<Ineptos>>
Si ella podía sentirla, su padre podría untarla como miel sobre su hígado sanguinolento.
No lograba entender cómo lo hacía, parecía obra de hechicería. Puede que así fuese, que todo el secreto se resumiese a eso: brujería. De las lenguas, con un profundo vistazo, conseguía extraer el conocimiento de quiénes eran sus portadores, como quien ojea un pergamino conocido, más recordando que aprendiendo.
—Ágiles lobos para proteger… a tan vulgares perros. Sureños.—exclamó con repugnancia apocada—los despreciados de LancDor se… consideran hombres en estas tierras. Habrá… que realizar una batida de escarmiento. Retírate, hija mía. Lame tus… heridas y cuida de que tus sombras bailen hasta quedar dormidas.
—Si, Amo.
Se retiró con calma, dando lentos y ceremoniosos pasos atrás, envuelta por la pútrida y asfixiante atmósfera que la rodeaba en las Estancias Perdidas, donde su padre recibía el Beso de todas las Marcadas que cumplían las cuentas y encargos que se les habían dispuesto. Donde tantas hermanas habían caído muertas creyendo que habría compasión ante un único fallo en una vida de servicio.

Estaba avergonzada. Se había esforzado mucho por que su padre no percibiese la sutil cojera que le había producido el golpe que le había dado el guardia sureño. Pero el viejo seguía siendo más perceptivo que una araña envuelta en sus telas.
<<“Lame tus heridas…” ¡Maldito bastardo!>>
La última puerta de hierro de las Estancias se cerró rodando a su espalda con su habitual sonido acuático. Dentro, pesados cerrojos advertían que esa puerta no volvería a abrirse hasta que otro Beso fuese recibido.
Fuera le esperaban sus sombras, dóciles y expectantes como quien espera alimento después de días de ayuno y miedo. Ver regresar a su Ama significaba que ellas también vivirían. Pasó entre ellas en silencio, aunque por dentro deseaba gritar; ella era la única con el rostro descubierto, aunque no tuviese otro deseo que el de arrancárselo para ver si tras él existía otra forma de expresión que mantuviese esperanzas de vivir, o que lo mereciese.
Ahora, de vuelta al hogar.

Los pasadizos bajo el mundo eran fríos y húmedos, susurrantes, laberínticos y colmados de trampas para quien no sabía verlas, estancados en una oscuridad que para cualquier acostumbrado a la luz sería aterradora. 
Sus sombras la siguieron como debían, en una estricta formación jerárquica: Idumma la primera a sus espaldas, el resto, numeradas, aún no se habían ganado el derecho ni de sostener un nombre. Los pasos de Aishda eran los únicos que se permitían resonar en las alcantarillas de camino a su cubil. Las sombras no tienen derecho a sonar, son sombras, no existen, no valen nada, carecen de nombre y de historia, tan solo son propiedad de una Marcada. Su apuesta. Aishda sí sonaba al caminar, dos pasos rítmicos chapoteando con fuerza sobre la fina capa de agua ponzoñosa. Estaba cansada y malhumorada tras el Beso, aún le quedaban pasillos que cubrir hasta llegar a su hogar, y sentía necesidad de reposo. 
Se dio prisa dificultando inconscientemente a sus sombras el silencio que se les exigía aun entre el húmedo suelo, y al poco de haber transcurrido más de cincuenta pasos tras el cambio de ritmo, una de ellas rompió el sagrado silencio de sus movimientos con una torpe zancada que sonó a un tercer paso que no debería existir. 
 Aishda se detuvo inmediatamente, y con ella, sus esclavas. Sintió como todas, en silencio, entendían en menos de un suspiro lo que había ocurrido. Era la séptima, la última, vencida tal vez por el cansancio y todavía sin demasiada experiencia, había sellado su destino al dejarse derrotar por el agotamiento. Las leyes de las Marcadas eran implacables.
La sexta ya había desenvainado su cuchillo y con agilidad y decisión torneaba su cuerpo para degollar a la fracasada.
—No—Dijo su Ama con sequedad, <<¡Dioses caídos! Basta por hoy.>> pensó para sus adentros. La sangre de una familia y su guardia eran suficiente muerte sin sentido para un día. 
Casi pudo intuir el asombro y la duda recorriendo el veterano cuerpo de Idumma. ¿Entendería ella su mensaje? …o quizá simplemente lo considerase debilidad naciente. 
—Hoy bailará hasta sangrar. Será suficiente.—concluyó con tono gélido.
Continuó la marcha seguida por sus sombras, comprobando la torpeza y tensión que su decisión había ocasionado tanto en la sexta como en la séptima, <<Estúpidas>>, y relajó ligeramente su paso para no provocar más percances. La podía perdonar una vez, pero de ninguna manera permitiría dos equivocaciones .
<<Solo se puede disfrutar de la piedad de una Marcada una vez.>>
Al llegar a sus aposentos se encontró como de costumbre con su guardián, y también como de costumbre lo abofeteó con la palabra que ya tomaba como contraseña personal.
—Apártate.—le ensartó con un sincero y pronunciado desprecio. 
El guardián se echó a un lado en silencio, dejando libre la pequeña y angosta entrada que se elevaba a un escalón de media vara sobre el suelo. La Orden imponía al guardián en el cubil del Marcada con la excusa de vigilar su puerta, pero quien creyese que esa era su función es que era imbécil. 
La portezuela de mármol negro, de poco más de una vara por una vara, resbaló bien engrasada. Un estrecho pasillo daba acceso a otra portezuela de las mismas características <<Te arrastras para entrar en tu cubil, como te arrastras para salir de él>>,otra que debía ser abierta solo cuando la primera se cerrase. 
Al otro lado, su hogar.
Decenas de velas repartidas por cada rincón buscaban incansablemente su destino aciago. Como símbolo constante para las sombras, el destino de las velas era ser encendidas para que sirvieran a su Marcada hasta su extinción. Ninguna podía ser apagada jamás, bajo pena de muerte. Aun en su retorcido hogar, cada sombra debía sentir que su vida dependía de la precisión y la concentración que aplicasen a sus movimientos.
Aishda suspiró aliviada, estaba en casa, donde era ama y señora de las leyes. Donde solo se servía a sí misma. 
—Preparadme mi baño y la tercia, descansad una arena ámbar y danzad hasta que mi ser me abandone <<Tenéis suerte, perras, hoy dormiré pronto>>—su voz era fría y atonal, como siempre, simplemente ordenaba. 

Las silenciosas sombras se pusieron a trabajar inmediatamente, agotadas unas, mecánicamente otras. La Marcada caminó relajada cruzando el amplio salón de recibimiento, dirigiéndose hacia su aposento, descalzándose las acolchadas zarpas antes de pisar las primeras alfombras y desvistiéndose con parsimonia mientras sus sombras recogían sus prendas con destreza antes de que estas tocaran el suelo. 
Los sellos circulares tatuaban su hermoso y atlético cuerpo por toda su espalda, ya tan solo conservaba su pequeño zurrón de cintura y su puñal de vida cuando, apartando suavemente las cortinas bordadas con índigas y violáceas nubes, entró en su aposento en busca de reposo.
Su hogar era una casa de esclavos usada durante la construcción de las alcantarillas, siglos atrás. Se encontraba dieciocho varas bajo el suelo de la Plaza de Los Contratos, donde mercaderes y ganaderos, terratenientes y extranjeros convenían y firmaban los acuerdos que poco tiempo después romperían. 
Tenía nueve estancias separadas y techos muy bajos, todas sus paredes eran de piedra firme y carecía de puertas o ventanas. Por las paredes Aishda había ubicado cortinajes de diversos colores y riqueza que poco a poco había ido sustrayendo de las diferentes cacerías que cumplidas para su padre, o de alguna pieza que por su belleza había comprado en los mercados callejeros.
Lo que ahora formaba el salón de recibimiento debió ser en su momento el comedor de los esclavos, nadie salvo su padre sería recibido jamás aquí, razón por la cual era también el lugar donde las sombras danzaban entrenándose para su oficio sin descanso, hasta el agotamiento. Más de una ya… hasta la muerte. Dicho salón era una estancia amplia de techo abovedado que hacía de corazón a su hogar, ya que todas las demás habitaciones desembocaban en él. De las ocho estancias restantes, la más espaciosa la había transformado en su aposento, donde solo Idumma podía entrar. Otra era su baño, que también hacía función de letrina para las sombras, y que debía estar siempre exquisitamente limpio y perfumado. La más alejada de su aposento, era la cocina. Contigua a ésta estaba la dedicada a sala de curaciones y otra reducida y esférica la había reservado a espacio para meditaciones. Desconocía qué utilidad habría tenido esa sala redonda en el pasado. 
Hacía catorce meses había otorgado a Idumma el privilegio de tener estancia propia, en el mismo momento en que su sombra más fiel y efectiva se había ganado el derecho de portar nombre, de modo que tuvieron que reubicar todos los objetos que se amontonaban en las dos estancias reservadas a almacenaje a una sola habitación. La restante de las ocho era ocupada por las otras seis sombras sin nombre que la servían. 
Cuatro años llevaba ya habitando aquel cubil y había tenido tiempo de decorarlo a placer. Candelabros, pequeños cuadros o retratos, manteles y cojines, diversas botellitas de vidrio hermosamente labradas, relojes de arena de distintas medidas y muchas, muchísimas velas. 
Casi nada lujoso pero todo rebosante de color y exotismo. Tenía un sinfín de alfombras de Los Errantes cubriendo cada pizca del duro y frío suelo de piedra y suaves cortinas de lino bordado ofuscando los pequeños respiraderos que hacían de su hogar un lugar habitable.
Le fascinaban los objetos que provenían de más al sur de Las Vertebradas. En su aposento guardaba secretamente bajo un tupido tapiz de Urdaín una estantería de buena madera, bien trabajada, con una pequeña puerta de cristal y, tras ella, toda una colección de cosas de los diversos reinos: monedas de Ebrón de cuña hermosa y escaso valor, un abrecartas de Ergos con un detalladísimo troquel de ciervos en su empuñadura, una extraña concha multicolor de alguna criatura marina de las orillas de las Islas Consortes, un anillo con gema de cristal cincelado que no era sino un castillo en miniatura, y que suponía debía ser una joya de Arán… y otras tantas maravillas más. 
Eran sus objetos más preciados y probablemente el valor de su zurrón cuando consiguiera cambiar de vida. Por ello se había cuidado bien de que cada objeto elegido no tuviese un tamaño demasiado grande, así cuando se fuese, cuando lo lograse, ningún peso extraordinario la retrasaría en su huida.

De cuclillas, abierta la puerta de sus tesoros, extrajo de su zurrón de cintura una pequeña y fina caja de metal y forma circular que había tomado a bien conservar como recuerdo de esa última noche de cacería. Ya tenía pensado dónde colocarla, junto al cráneo emplomado del joven Uldéril, una especie de reliquia familiar asquerosa que había robado a un borracho en las tabernas del puerto y que dejaría como regalo a Idumma cuando desapareciese.
Su nueva adquisición parecía una empolvera cosmética, era pesada para su tamaño, dorada y le cubría por completo la palma de la mano. Tenía hermosos labrados en cobre o latón sobre la tapa que hacían referencia al transcurrir del tiempo. La examinó con pícara satisfacción. Era una obra muy bien trabajada, y le extrañó encontrarla sobre la mesita auxiliar del varón de la casa, al lado de la cama donde el pobre hombre encontró su último aliento, y curiosamente lejos de las manos de su joven e inocente esposa.
Tenía un pequeño botoncito al frente que sin duda abriría la tapa de la cajita. 
Lo presionó.
Su apertura era suave y retardada. La cara interior de la tapa era un espejo de plata pulida con el borde labrado finamente en hojas de hiedra y madreselva. Pero en el interior, donde deberían encontrarse cremas o polvos cosméticos apareció ante sus ojos un intrincado mecanismo de piezas dentadas y aros metálicos con péndulos horizontales, todos ellos grabados y tallados de manera magistral por alguna mano experta en la artesanía de los mecanismos. Estaba plagada de minúsculas piezas cerámicas que formaban parte del complejo y que lucían vivísimos colores azules y rojos, dorados y plateados. 
Se quedo estupefacta, esa cosa debía valer muchísimo dinero.
La examinó con más detenimiento. 
Al momento advirtió que las piezas que compartían color tenían el mismo ritmo, la misma cadencia. Había al menos siete capas de engranajes planos, separados unos de otros por menor grosor que el de un cabello, como hojas en un libro que recibe una suave brisa. La forma general del interior del artilugio era circular, y tenía un hermosísimo marco en oro que, sin escritura alguna, hacía clara referencia a la guerra, la espada, el conocimiento y el destino de  los dioses. 
En su asombro se había acercado tanto que su nariz casi tocaba el metal de su, desde ahora, objeto favorito, y entonces se dio cuenta de algo que sin duda incrementaba su valor: con todo el sistema de engranajes en movimiento que tenía delante, tan solo se apreciaba un ahogado y lejano ritmo, un lento clec… clac… clec… clac. A esas alturas ya estaba segura de que no se cansaría jamás de admirar el objeto.
Fuera, en el recibidor, una de sus sombras rozó alguno de los candelabros tapizados de cascabeles y un ligero y vago sonido metálico llegó hasta sus oídos. Luego un golpe sordo y seco. Ladeó la cabeza para escuchar con más atención apartando la vista un instante del objeto.
Ropas se rompían con apenas sonido y, pasado un momento, ya  sí, el claro y fuerte sonido de la vara provino de la estancia donde las sombras dormían. Escuchar el proceso de castigo ante el fallo hacía que sintiera cosquillas y nervios en la espalda por el amargo recuerdo de la instrucción, pero la exigencia hacia de ellas lo que eran, las más efectivas y temidas asesinas al norte de las Vertebradas.
Mientras una aprendía, el resto de las sombras seguían danzando, obedeciendo y entrenando para sobrevivir a la siguiente orden de su padre.

A la entrada de su aposento, en el marco, había dispuesta una pequeña tabla de madera rugosa que cumplía la función de avisador. Idumma debía frotar suavemente su mano por la desgastada tabla para llamar a su señora. Un tenue y dormido sonido le advirtió de que lo estaba haciendo.
—Habla.—ordenó Aishda en voz muy baja mientras volvía a clavar la vista en su hermoso tesoro y el calor de su hogar era adornado con el sonido seco de la vara.
—Su baño la espera, Ama. ¿Desea arenas de Verdescampos en el agua?—dijo en un susurro la invisible presencia de Idumma desde detrás del tapiz que hacía de puerta.
—Las deseo—sentenció—pero no en el agua, sino en un cuenco de barro a mi diestra.—continuó luego mirando el objeto con cierta ira por no tener conocimiento para entender qué era o para qué valía tan misterioso mecanismo. Frente a ella, en el espejo pulido de plata que hacia de envés de la tapa podía ver su rostro hermoso, joven y cruel. La piel de azabache, sus labios carnosos, y en los ojos una fría y dura mirada que cada vez le era más difícil de ocultar. Idumma ya se retiraba hacia la obediencia, cuando Aishda volvió a llamar su atención. 
—Y… Idumma, hoy probarás el agua junto a mí.