lunes, 13 de febrero de 2017

Cuentos de un Bosque Tribal, Cap. 4



AISHDA






Ya en la bañera, colmada de agua humeante y con flores lacustres derivando suavemente en la superficie, Aishda cavilaba sobre cómo variar el destino a su favor mientras sostenía el misterioso artilugio con su mano izquierda.
Con la mano derecha recogí y dejaba caer distraídamente sobre el agua pequeñas cantidades de arena marrón, cuya finalidad era eliminar el característico olor de los rituales de las Ocultas. En el pasado había mantenido ese olor durante semanas, trabajo tras trabajo, como símbolo de sus logros y de su cruel efectividad, pero ahora no lo soportaba. Olerlo en sueños hacía que tuviese terribles pesadillas donde los rostros de aquellos a los que había torturado sin necesidad la devoraban, o donde ella misma era capturada por Uthaeron Livendish, el más despiadado de los investigadores de Agratis, conocido por dar a sus perros los ojos de sus prisioneros antes de desollarlos vivos. Además, incluso en la vigilia, le revolvía el estómago en las ocasiones de la tercia.
Idumma entró descorriendo lentamente las cortinas de la estancia, contoneando su cuerpo desnudo con carácter seductor. Traía su ropa de muda sobre el brazo derecho.
La había entendido mal. Hoy no quería placer sino compañía, y que ella misma se librase de ese olor repugnante.

—Deja de moverte como una serpiente y acércate a mí —le dijo la marcada con suavidad y una leve sonrisa en la comisura de los labios. La esclava pareció decepcionada. Era cinco años mayor que ella, pero su cuerpo fibroso y definido conservaba la sensualidad de la adolescencia.
—Ya no causo en mi ama el calor que me gustaría —dijo la sombra con fingido aire melancólico mientras bajaba los escalones de piedra metiéndose en el agua,  tras dejar sus ropas al borde del amplio hueco del suelo que les hacía de bañera.
—Sabes que no es así, pero hoy busco de ti otra cosa, mina. Mira que trasto he cogido de la casa del gordo —a Idumma le encantaba que Aishda la llamara hermana menor, ‘mina’. Pese a que tenía varios años más era un trato de igualdad que la reconfortaba ante su ama y, también, una clave entre ellas para cuando Aishda le exigía un trato cercano y alejado del estricto protocolo de la Orden. Idumma se le acercó sumergida hasta el cuello mientras cruzaba la amplia bañera de lado a lado. Al llegar a su vera, la acarició íntimamente bajo el agua mientras observaba el objeto abierto por primera vez.
—Pensaba que sería una empolvera —dijo la sombra con sorpresa.
—Yo también mina. Pero cuando lo abrí vi esto. Observa, no hace casi ruido —le acercó el objeto al oído un instante y acto seguido lo retiró.
—Debe valer una fortuna, ama, una cosa así es extraño que no tenga el nombre de su dueño.
—Lo he buscado, y ni nombres ni emblemas. No tiene escudos ni escrituras, y los pocos símbolos que parece tener —le dijo mientras señalaba algunos con el dedo—se podrían encontrar en cualquier casa de cualquier reino.
—Este no —la interrumpió con suavidad la sombra. Aishda miró donde señalaba su esclava. En mitad del entramado de decenas de engranajes dentados, entre las capas más profundas, una minúscula piececita blanca aparentemente suelta navegaba prisionera entre los dientes de los engranajes, encajándose perfectamente en unos para pasar luego a otros, ocultándose a la vista tras piezas mayores para luego reaparecer por algún otro lado insospechado, siempre en perfecta armonía.
Sobre la albina superficie de la pieza parecía haber un grabado en miniatura que Aishda no atinaba a entender.
—¿Qué es? ¿Qué… pone, tú lo ves? —sabía que la vista de Idumma era más precisa, tanto en lo lejano como en lo cercano.
—Un círculo pequeño, con un punto en su centro —Idumma se apartó de su lado para ir como llegó hacia las ropas que había dejado dobladas a la entrada del baño. Su hermoso y fornido cuerpo isleño salió desnudo, para delicia de Aishda. Idumma era mestiza, su piel no pertenecía a la noche ni al día, era hija del crepúsculo, y el entrenamiento de años la había hecho fibrosamente hermosa. De entre los pliegues de sus ropas cogió un pequeño cristal. Con el en la mano, sin dejar que se mojase, se acercó nuevamente y con renovada calidez al cuerpo de su ama. Era una pequeña lente de aumento que, pese a ser barato y estar mal pulido, permitió ver a Aishda el símbolo sobre la pequeña pieza.
—Pertenece a un Maestro constructor llamado Jgrilán. Trabaja y vive en las islas de los nobles —le informó Idumma
—He oído hablar de él, se ha hecho muy famoso por obtener los favores del príncipe.
—Si, al parecer no hay artesano o constructor que viva mucho más de uno o dos años bajo el techo de nuestro príncipe sin que se derrame su sangre sobre las alfombras de palacio.
—Pero ese Jgrilán… me suena de haber oído su nombre ya hace años. Además, su sangre… ¿estaba podrida? o él estaba maldito o algo así.
—Siete años lleva, ama. Y su rostro es el propio de su estirpe, algunos dicen que su padre era un orco, que violó a su madre durante las guerras del hierro en las Orcadas.
—Padre orco. No hay muchos mestizos así, seguramente sean rumores nacidos de los campos de la envidia. Pensar que un simple mestizo prosperase hasta compartir el mismo techo que el príncipe... es bastante ridículo. —Idumma la miró a los ojos un instante, visible y cómicamente ofendida.
—Mis informadores son excelentes, ama —dijo sin separar los dientes al pronunciar a la vez que le pellizcaba delicadamente el borde del ombligo, tanteando hasta dónde su señora le permitiría llegar. Aishda le apartó la mano con una sonrisa.
—Esto me interesa — le dijo tajante pero con calma.
—Lo que ya no te interesa, son mis caricias...
—No sigas con eso mina, deja tus falsas ofensas para quienes se dejen seducir por tus encantos y dime, ¿qué más sabes de ese constructor? ¿debo entender que él ha construido esto?
—Claro ama —dijo Idumma asumiendo al fin que su ama no deseaba juegos de placer y rápidamente centrada en el objeto —lo habrá construido él o algún aprendiz de su taller, eso no puedo saberlo, pero puedo indagar.
—Esto debe estar cotizado, puede que no fuese del gordo y que su dueño lo esté buscando. Indaga, pero no te descubras. —Idumma entendía bien lo que significaban esas palabras. Si el artesano constructor estaba cercano a la nobleza, era muy posible que el propietario de este artefacto también lo estuviese y eso elevaría en mucho el nivel de peligro al buscar información.
—No parece tener ningún botón o clavija ,ama.
—No salvo el que abre la tapa, aquí. ¿podría ser algún artilugio de navegación?
—Lo dudo, ama. No parece tener marcas para orientarlo, ni orificios para marcar estrellas, además, ¿qué utilidad tendría un espejo para la navegación? En este sitio cualquier marino pondría anotaciones o rutas. —Tenía razón. Y por desgracia Aishda no tenía ni idea de quién era el gordo al que había matado esa noche. Otra vez lamentaba la forma en que su padre les entregaba los trabajos, los mapas precisos para penetrar en la mansión y una cantidad aproximada de los guardias y sus posiciones, pero ningún dato sobre quién era el objetivo. Era cierto que así las marcadas carecían de distracciones personales, pero era igualmente cierto que se veían indefensas ante el cálculo de las consecuencias de sus asesinatos.
Entonces, mientras ambas estaban mirando al espejo pudieron contemplar cómo uno de los engranajes del mecanismo comenzaba a iluminarse levemente.
Ambas abrieron los ojos como si eso fuese lo más sorprendente que hubiesen visto en su vida. Lo último que esperaban era que el objeto contuviese magia de algún tipo.
La iridiscente luz purpúrea que provenía de la minúscula pieza comenzó a titilar débilmente para, acto seguido, empezar a contagiar a sus semejantes. En un instante de inocente asombro, el mecanismo entero estaba emitiendo una  serena y plácida luz violácea que tan solo tenía fuerza para alumbrar con ánimo apagado las jóvenes manos de Aishda.
Y de pronto Idumma cerró la tapa en un acto reflejo, cuando la precaución ante lo desconocido llamó de golpe a la puerta de su supervivencia.
—¿¡Qué demonios haces, sombra infiel!? —le espetó sin elevar apenas el tono una desconcertada y ofendida Aishda a su insolente esclava, que por su expresión de pánico se había dado cuenta de lo grave de su acción.
Idumma se apartó de la poseedora de las llaves de su sepulcro en actitud sumisa y nerviosa.
—Lo lamento Ama, mi señora !Ha sido un acto sin sentido¡ Tan solo pensé en vuestra protección, ¡Mi señora...!
—Debería cortarte esa mano ahora mismo —<<¿qué será lo próximo?>> su tono se había vuelto gélido, “esa mirada” había ocupado su rostro otra vez. Pura ira proyectada a través de unos ojos fríos y penetrantes—Jamás vuelvas a tocar un objeto de mi mano sin comprender mis intenciones o te marcaré la cara hasta la tumba ¡Perra! —Aunque en realidad, en su interior el reflejo de cerrar la misteriosa cajita también había nacido. Idumma tan solo se le había adelantado en cuanto a precaución. De cualquier modo una acción de tanta confianza no podía pasar sin el aviso necesario, la supervivencia en su mundo se basaba en una clara defensa de la posición en la Orden, y el exigente protocolo entre las clases.
Nuevamente se centró en el objeto, abriendo la tapa con una mano y controlando su apertura para comprobar que efectivamente continuaba surgiendo la tenue luz. Menos mal que el misterio no se había perdido.
Echó una fiera mirada a Idumma que, ignorando el objeto, mantenía su frente completamente pegada a la superficie del agua de la bañera, sumisa como debe ser una sombra, esperando el castigo o el perdón de su ama.
Aishda permitió que la tapa se abriese por completo.
—Por la sangre de los muertos… Mina, es Altocastillo ¡Es un ojo de Cyras! —No podían ser los dioses más benévolos, un objeto mágico relativamente común y extraordinariamente caro había caído en sus manos sin apenas esfuerzo—acércate Mina, dalo todo por olvidado y háblame —le ordenó a su sombra en tono neutral, dando por zanjado el error. Con evidente alivio, la sombra se acercó colmada del temor propio de los perros amansados a golpes.
Ambas observaron las imágenes durante unos instantes de silencio y admiración.
—Ama, parecen las calles que se encuentran en torno a la plaza del Rey Goniares.
—Si, mira a la gente caminar, es de día —dijo señalando a una de las múltiples personas que se apreciaban en la imagen.
—Ama… —dijo secamente Idumma, que se había acurrucado con timidez al lado de su señora, por debajo sus ojos de los de ella.
—Es sorprendente, se puede ver todo como si estuvieses allí. La magia de los nobles es fascinante de verdad —dijo la Marcada, absorta en el precioso paisaje de vida cotidiana de las calles de Altocastillo.
—Ama, no puede ser un ojo de Cyras —le dijo su esclava, como quién espera la llegada de un bofetón magistral.
Aishda inspiró, rescatando paciencia del aire de sus baños, donde curiosamente solía abundar.
—¿Por qué no, Idumma? —preguntó con cansada e irónica templanza.
—Ama, los ojos de Cyras ven las cosas que ven sellos grabados a cincel en las murallas o las paredes… están siempre quietos, ama, pero este… —Aishda abrió los ojos con asombro ¡Era verdad! ¡Lo había pasado inadvertido por la sorpresa! En el pequeño espejo de plata que ocupaba toda la parte interior de la tapa la imagen de las calles de la poderosa Altocastillo se veía con fluido y lineal movimiento. Nada que pudiese corresponder a la visión de un animal o persona. Carente de vibración alguna, la visión navegaba tranquilamente a una altura no superior a ocho o diez o varas, quizá altura suficiente para pasar sin obstáculos por lo alto de las robustas casas de Altocastillo.
—Debe ser... algún tipo de hechizo o de... —Aishda no tenía la más remota idea de a qué podía obedecer el origen del flujo de imágenes. Había podido contemplar los sellos de los Ojos de Cyras en las murallas del castillo del príncipe, pero no tenía conocimiento como para siquiera imaginar cómo sería el artilugio que hacía de ojo al artefacto que tenía en las manos.
—Sea lo que sea debe ser muy valioso, ama.
Ambas estaban más que sorprendidas por el poder del objeto, y a la vez escrutaban el espejo para poder entender lo que se mostraba en él. Fuera, en el recibidor, las sombras continuaban danzando con energía, emitiendo sutiles sonidos de esfuerzo por el duro entrenamiento.
Era una calle concurrida. Diferentes tiendas y locales de uso habitual como carnicerías y casas de gremios, tiendas de ropas y telas, casas de cambio y tabernas... Algunas carretas colmadas de mercancía y otras vacías, circulando por la ancha calle, con lentitud entre la gente.
<<Que limpias son las calles de Altocastillo...>> pensó que parecía un lugar plácido, para vivir una vida plácida… aunque demasiado cercano para huir de la sombra de su padre.
Gente dispar deambulaba con tranquilidad por las calles de sus propios antepasados, un grupo de escuderos que caminaban relajados y alegres, alejados lo suficiente de sus amos y con la clara promesa de una tarde de  licor, taberna y juegos dibujada en la cara... un mercader Lorniense discutiendo con un férreo tendero lo que probablemente era el precio del Rafi, un tinte para el pelo que se amontonaba en varios sacos abiertos ante la puerta de la tienda, varias mujeres de aspecto común caminando con prisa por la calle chismorreando, parecía una tarde cualquiera en la pacífica y lejana Altocastillo. ¿Qué tenía de especial?
Aishda no entendía ni sabía nada de la magia ordinaria, tan solo aquella que le era necesario conocer para su exigente oficio y los útiles mágicos menores. Los que se empleaban en el interior de las residencias de los nobles extranjeros le eran un mundo desconocido y complejo en el que penetrar exigía demasiada dedicación.
Esa clase de sacrificios de estudio y lectura le pertenecían a su única consejera, la primera sombra que se había ganado públicamente un nombre a su servicio.
Ella solo debía ser perfecta en una única cosa: la caza.
—Es ese muchacho —dijo convencida.
—¿Cuál, ama?
—Ese que viste una capa de invierno abierta de tono oscuro. Su pantalón es de cuero negro —Aishda se lo señaló con el dedo sintiendo cierto calor amenazante al acercarlo a las imágenes.
—Ya lo veo, camina con los nervios inexpertos de quien pretende huir de algo sin ser advertido.
—Parece joven —en la visión del artefacto las figuras eran ciertamente pequeñas, aunque cubría un amplio rango de observación. Puso la pequeña lente de aumento sobre su rostro, difícil de apreciar con el movimiento.
—Suficientemente mayor para portar una espada, ¿creéis que el espejo lo muestra a él, ama?
—Estoy convencida. Se muestra más o menos en el centro de todo lo que se ve. O lo sigue a él… o a alguna cosa que lleva.
El difuso joven de la imagen se introdujo de pronto en lo que a todas luces era una casa de noches, un lugar donde tener habitación y comida sin que decenas de personas abarroten los salones cada día. Nadie que no pagara al menos una noche podía entrar en su interior. Sobre la puerta de entrada había unas grandes y antiguas letras hechas a madera y metal: “El reposo de Argibald”.
La observación del objeto se detuvo en la puerta de la casa mientras transeúntes y carretas continuaban su camino, confirmando la teoría de Aishda. Acto seguido comenzó a ascender lentamente hasta mirar directamente al tercer piso, una muralla de piedras enormes con escasos balcones y ventanas. Las casas de Altocastillo parecían estar construidas para desafiar a tormentas y huracanes más que para ser habitadas por cobardes y mercaderes.
—Si lo vemos salir a él pero esta caja sigue mirando hacia este lugar sabremos que lo que intenta ver es un objeto, y no al zagal —dijo Idumma visiblemente intrigada.
Eso, era evidente.
—Retírate, sombra. —Ya sabía demasiado. Lo siguiente que pasase era mejor que solo lo supiese ella.
Idumma se retiró en manso silencio, sabiendo que su reacción estaba siendo estudiada por su ama.

Pero tan solo pasó el tiempo. Casi toda la arena de su reloj de ámbar se había amontonado ya en el reposo y las aguas de su baño resultaban estar tibias. El objeto tan solo mostraba la casa de noches y el pasar de las gentes. Un noble de baja cuna paseando con su caballo fue lo más excitante que vio, y el mecanismo no daba señales de detener las imágenes en ningún momento.
De modo que salió del baño, permitió que la vistieran con una fina tela de nubes grises sobre cielo azul y tomó la tercia tranquilamente en la cocina, observando con detenimiento lo que transcurría en el espejo con la seguridad de que ninguna sombra se atrevería siquiera a ojear por el rabillo del ojo lo que llamaba la atención de su ama.
Y si alguna tenía la desfachatez, sus hermanas sin nombre la castigarían sin necesidad de orden alguna.

Pero siguió sin pasar nada.
Ya en su aposento, reposando y sin haber prestado atención al diligente entrenamiento de sus siervas, cavilaba sobre el sentido del artefacto y por qué algo tan valioso observaría a un muchacho como ese, desprovisto de bandera o casa y cuyos rasgos, aún difusos por lo pequeño de la imagen, no le sugerían nada de los rostros comunes de los diferentes reinos. Podría ser tan arani como ebroní, un hombre del hierro como un hijo de las lanzas.
Debía ser algo que portaba. Quizás otro objeto mágico de mayor valor o alguno de los míticos libros de Altocastillo, al alcance de todos los nacidos en esa tierra de cobardes pero cuyo robo o destrozo eran castigados con la  muerte. O podría ser que el muchacho fuese algún hijo de noble que se dejara llevar por el fervor de los libros de Finn Ulheim. Conocía al menos tres ocasiones en que jovencísimos hijos de noble cuna abandonaron sus tierras, sus derechos y sus obligaciones por perseguir el ideal del caballero errante de Ulheim, sometido a los designios de su Dios-Poeta y viviendo extraordinarias aventuras entre el reino de las hadas y el de la cordura.
Estúpidos y malcriados niñitos que nacidos en las comodidades de la nobleza decidían morir en los callejones de Agratis, donde les eran enseñadas las auténticas leyes que rigen la vía del acero.
<<Quién sabe. Es imposible saberlo.>> Aishda comprendía que si no tenía más información de lo que ocurría, dejar volar su imaginación en posibilidades era una pérdida de tiempo.
Pero la curiosidad la devoraba. Tenía al menos tres días de descanso por delante, como regalo previsor ante la posible llegada de Tares, y ya había decidido a qué los iba a dedicar.
—Idumma —exclamó en voz baja. La presencia de su sombra apareció casi inmediatamente tras la gruesa cortina, moviéndola ligeramente para que su ama supiese que se encontraba allí —entra —ordenó.
La sombra entró con serenidad, chorreando sudor por el entrenamiento, con los músculos tensos y el corazón desbocado, esforzándose en relajar su respiración ante su ama. Así estaba preciosa.
—Partirás hacia Altocastillo inmediatamente —le dijo su Marcada en tono tan bajo que a la esclava le costó entender las palabras —quiero que encuentres a este joven y obtengas más información de quién es él, y qué es esto. Llévate dos anguilas e infórmame en cuanto sepas algo.
—Si, ama.
La sombra se retiró para, sin duda, preparar su partida inmediatamente. Gracias a las anguilas de azabache, nacidas en cierto rincón de su propiedad en las alcantarillas, los mensajes que le mandase no tardarían más de dos días en llegar.
Idumma era muy buena cazadora, con la referencia de la fonda le sería más que suficiente para encontrar a tan inexperto muchacho, solo tenía que preocuparse de que los Pasionarios de Altocastillo no la encontrasen. No le gustaba mandarla sola, o más bien no le gustaba quedarse sin ella, pero no podía confiar en nadie más, y si el objeto que tenía en las manos valía la mitad de lo que suponía, podría ser lo último que necesitase para cambiar de vida, para desaparecer para siempre de las sangrientas y pútridas calles de Agratis. Al poco se retiró a su estancia y se abandonó al reposo del dios durmiente mientras escuchaba cómo sus sombras hacían lo mismo intentando ejecutar la maestría del silencio. Segunda y tercera ya eran hábiles. Escucharlas mientras se retiraban era costoso aun estando agotadas de un día de caza y entrenamiento. El resto todavía estaban verdes como frutos arrancados con prisa a la primavera.

Entonces escuchó el débil tintineo colándose por el techo de su sala de recibimientos: las campanillas de los siervos de Muyán.
<< Por los dientes rotos de Mishera ¡Mierda!>>.
Las sombras, respetuosas, se detuvieron como petrificada ante las sagradas campanillas que manifestaban la pronta llegada de Tares, la niebla, máxima diosa de Agratis.
Y Aishda sabía bien qué significaba eso.
Significaba mucho trabajo.