miércoles, 15 de febrero de 2017

Cuentos de un Bosque Tribal: Cap. 5 - Rin



RIN     



Rin y Alenci caminaban hacia los bancales con el vaho de su conversación petrificándose en pequeños e inofensivos pinchos de hielo sobre sus pestañas y cejas. Los adultos, que siempre mantenían silencio al caminar por el páramo, solían decir que era una forma de distinguir a los jóvenes de los veteranos; ellos preferían pensar que era una manera de distinguir a quienes todavía tenían ansia de vivir y algo que decir de quienes solo esperaban a ver cómo la fría muerte se les acercaba en forma de tormenta invisible.


Ambos se sentían cómodos en mutua compañía, despreocupados y contentos. Tenían toda la tarde para llevar a los dos ancianos de las termas su porción de la semana de vino y algo de carne guisada que transportaban congelada dentro de varias cestas de mimbre, en finos cuencos de barro.
Estaban envueltos en pieles remendadas por completo, de la cabeza a los pies y hasta cubriéndoles el cuello y la boca. Era la única manera de atravesar el páramo sin morir del frío.
Cada vez pasaban más tiempo juntos y Rin sentía que cada vez ese mismo tiempo se le hacía más breve e insuficiente. Estaba casi segura de que él comenzaba a sentir algo parecido aunque por su comportamiento no era capaz de desterrar la incertidumbre por completo.
Alenci todavía tenía ensoñaciones de viajes heroicos y fantasías del mundo más allá de las Énduar, de dragones y reyes, tesoros y batallas... y en sus imaginativas fantasías, la princesa nunca era ella. Él aún no había llegado a comprender que el mundo más allá de las montañas solo era un páramo de hielo, que la profecía del destierro del sol se había cumplido y ellos eran los últimos hombres que poblarían la tierra hasta la llegada de los nuevos hijos de Éderoth, los futuros reyes y princesas de las futuras aventuras del mundo. Era un amargo designio, pero era la verdad, su abuela se lo había dicho. También la había advertido de no romperle los sueños de juventud a su buen amigo ante el riesgo de que surgiese una distancia insalvable. <<Él debe entender, a su debido tiempo>> le había dicho.
Pero el tiempo pasaba, y Alenci no entendía nada.

Su abuela era muy sabia, sabía lo que sentía ella y se lo había mantenido oculto a padre. Le daba consejos sobre qué hacer con Alenci y cómo no dejarse llevar por las ganas de abrazarlo, o cómo no quedársele mirando durante las noches de las narraciones, cuando todos los jóvenes se reunían ante el escaso fuego en la casa del Elegido. La abuela siempre tenía razón, así que le hacía caso, “el destino debe dar su conformidad” le había repetido, “si se le fuerza, se escabulle”. Y no había nada en el mundo que quisiese menos que eso.
Ahora mientras caminaban él le iba contando cómo cuando tuviese la fuerza suficiente, buscaría el antiguo paso de pastores de Klodheim para encontrar una manera segura de salir del cerco del hielo y buscar ayuda entre los pueblos que todavía debían quedar al otro lado de las Énduar, volver con la gente suficiente y salvar a todos los miembros de la aldea de la enorme tumba de hielo en la que se encontraban.
Y como de costumbre, su épica aventura comenzaba a derivar cuando dragones menores les intentaban impedir el paso de regreso a él y a su grupo de heroicos aventureros.
A ella le encantaban sus historias, casi siempre le hacían reír, sobre todo cuando se empeñaba en relatar detalladamente cómo transcurrían las cosas y unos tropezaban y caían mientras otros lograban sus objetivos a duras penas. Espadas mágicas, dioses que les aconsejaban en sueños... Alenci lo mezclaba todo en fantásticos relatos que, en opinión de Rin, deberían ser escritos para los niños más jóvenes que naciesen después de ellos. Niños que Rin estaría sin duda dichosa de criar, sobre todo si fuesen fruto de su mágica unión con Alenci, el cuentacuentos más maravilloso de la historia, o como solía pensar ella, el último cuentacuentos del mundo.
Mientras continuaban su camino siguiendo las altas estacas de madera que los Gólter colocaban para guiarse hacia los bancales y que en teoría seguían el antiguo trazado del camino real, pasaron cerca del grueso pilar de hielo que señalaba la posición del antiguo caserío Tábot.
No medía más de dos o tres varas de altura y estaba a otras treinta o treinta y cinco del camino. En su tuétano oscuro se adivinaba la presencia de la madera del árbol de salimander que, según contaban, había sido el orgullo de aquella familia de cazadores.
Rin se detuvo a contemplarlo. Siempre le daba escalofríos su presencia, a veces tenía la impresión de que se encontraba más cerca del camino de lo habitual.
Alenci tardó un par de hazañas en darse cuenta de que su compañera se había quedado atrás.
—¡Rin! —la llamó al advertir que había caminado solo los últimos diez pasos —¿Qué ocurre?
—Es la casa de los Tábot —dijo ella un poco abstraída mientras apretaba las cestas de la comida contra el pecho.
—Si... Como siempre, ¿qué pasa, te da miedo el fantasma del niño Tábot encerrado en su prisión de hielo?
—No seas tonto, Alenci —le respondió un poco molesta —piensa en lo que tuvo que sufrir ahí encerrado, a oscuras y muriéndose de frío.
—Eso pasó hace mucho tiempo Rin. Hasta los fantasmas se congelarían con el frío que tiene que hacer ahí abajo.
—Piensa en su padre congelándose los dedos para intentar sacarlo después de que se derrumbara el túnel. No deberías bromear con eso, podríamos haber sido cualquiera de nosotros —. Sentía escalofríos cada vez que contaban aquella historia ante la hoguera. Y no era la única incomoda cuando era el viejo Gólter quien la narraba, le encantaba asustar a los chiquillos con el peligro de hacer túneles en el hielo.
—Yo nunca haría un túnel que se derrumbase tan fácilmente. ¿Sabes qué? Antes de encontrar el paso de Klodheim volveré a excavar el túnel de la casa de los Tábot —Rin lo miraba entre atónita y ofendida—así podré rescatar el cuerpo del pequeño Kómerrn y le daremos digna sepultura, y acabaremos también con la historia del fantasma del páramo.
—¡Alenci Váldar! —replicó ella indignada—¡Que no se te ocurra excavar ni un palmo de ese hielo! Hombres adultos fueron quienes hicieron el túnel que se derrumbó y había más en ese entonces de los que hay hoy contando a los jóvenes en la aldea.
—Tranquila Rin, yo solo pensaba...
—Además, al menos ese chico tiene una casa como tumba, y no un agujero cavado en el hielo, y tú no eres nadie para reescribir su destino.  
—Solo pensaba que en esa casa todavía se podrían encontrar cosas de valor para la aldea. Aunque tienes razón Rin, no merece la pena cavar en un sitio tan siniestro.
Se hizo un pequeño instante de silencio entre ambos.
—¿Sabías que Jila todavía sigue diciendo que escucha al niño llorar algunas noches? —la casa de la vieja Jila era la única habitada ubicada en esa dirección, y no eran pocas las mañanas en que afirmaba haber oído lamentos durante la noche, en el páramo helado.
—Eso lo dice solo para asustar a los niños y que no se adentren solos en el hielo del valle—le respondió Alenci con seguridad.
—Lo diga por lo que lo diga, a mi me dan escalofríos con solo pensarlo.
—¿Acaso crees que un poco de hielo detendría a Éderoth, como para dejar el alma del niño ahí? —Rin valoró sus palabras. Alenci tenía razón, pero se resistía a cercenar el miedo siniestro que ese lugar representaba.
—Puede que Éderoth también se haya congelado en el Kilgthain como el resto del mundo...
—¿Cómo? —le respondió Alenci divertido ante semejantes palabras —¿Rin Hueren, la devota del dios de los Primeros Hijos, blasfemando su nombre?
—Eso no es blasfemia Alenci, blasfemia es cuan…—pero Alenci no iba a dejar que una oportunidad así se le escapase tan fácilmente. Había oído demasiadas veces las beatas correcciones sobre el Dios de los Dioses y su destino para con los hombres de labios de su amiga.
—¡Que todos los dioses sean testigos de este momento perverso! —la interrumpió con teatralidad—¡La última de las fieles devotas del buen dios ha sucumbido ante los ‘ambujes' del frío! ¿no quedará nadie que deposite su fe en él desde este día triste en adelante? ––el frío lo hacía pronunciar fatalmente las palabras, y a duras penas podía hacer sonar sus “emes” ni sus “pes”. Alzaba las manos cómicamente y miraba a los cielos mientras daba saltitos encantadores clamando a los dioses. Además no tenía la más mínima intención de ofenderla, ella lo notaba. Todo en él le parecía encantador, así que no pudo contener la risa mientras retomaban la ruta hacia los bancales. El ánimo poético de Alenci ya se había desatado, y no había otra casa de los Tábot en el camino que pudiese detenerlo, así que se dejó llevar por su narrativa y continuaron su marcha entre risas y diatribas sobre si existía alguien más allá del hielo, o no.

A Rin le encantaban esos momentos junto a Alenci y estaba segura de que si la casa de Éderoth, el Kilgthain, no se había congelado, la mágica sensación que su madre le aseguraba que se sentía allí en todo momento tenía que parecerse a lo que sentía en instantes así.

Tras un largo rato de caminar sobre el hielo y ascender la estrecha vereda a los bancales, pudieron ver allá a lo lejos al viejo Morrel, estaba atando unas cercas de madera verde a los pilares de piedra que limitaban la zona donde los animales podían pastar. Era una de sus actividades más extenuantes, según solía decir él. Dejaba la madera verde a modo de valla, con la finalidad de que se secara lo antes posible y los Gólter se la pudieran llevar para la aldea, así que estaba cada dos por tres cambiando los palos secos por otros verdes mientras se quejaba del dolor de sus dedos torcidos.
Cuando se acercaron escucharon los agotados ladridos de Súnter que pese a que parecía recuperarse, no había recobrado el tono limpio de su garganta.
Mucho antes de poder saludar al viejo a viva voz ya comenzaron a quitarse prendas de ropa. Tal era el cambio de temperatura en los bancales nada más comenzar a pisar la hierba.
Al llegar a su lado cada uno sostenía un pequeño montoncito de ropa sobre las cestas llenas de alimentos y vino.
—¿Cómo estáis jovenzuelos? —les preguntó el viejo Morrel.
—Os traemos la comida y vuestra marca de vino, Morrel —le contestó Alenci sonriente. Le encantaba ayudar a los demás.
—¡Súnter! Ya andas, ¡qué bien! —saludó la niña al perro, que le respondía contento como siempre, moviendo el rabo aunque mucho menos ágil que de costumbre —eres un perro fuerte. ¡Fuerte, fuerte, fuerte!
—Sí, —les comentó el viejo, mientras miraba el contenido de las cestas —más fuerte que Lódir es sin duda.
—¿Ha vuelto ya? —le preguntó Rin preocupada —de… pasear —completó dándose cuenta de su indiscreción, ya que Alenci no sabía nada de la oveja perdida que comentaron hacía dos días ella y el pastor.
—Esta noche se dejó caer en la paja, el muy canalla. Y digo bien porque se desmoronó del cansancio y el frío que traía.
—¿Y está bien? ¿cómo tiene los pies y las manos? ––Preguntó Alenci preocupado, su padre había perdido ya cinco dedos en los pies por pasar demasiado tiempo en los páramos.
—Si si, está bien, el viejo sigue siendo duro aunque llegó confuso y balbuceando locuras de una bestia en el bosque. No es lo mismo llegar del bosque a los bancales que a la aldea, muchacho, no hay nada mejor para la congelación que el agua de las termas — aunque en su mirada Rin advirtió que Morrel había pasado un buen susto por causa de su viejo amigo —todavía duerme, cuando llegó tenía las orejas más blancas que he visto en mi vida, y el cuerpo hacía tiempo que ya no le temblaba del frío. Estoy seguro de que si llegó a las cuevas fue porque se guió en la noche con los ladridos de Súnter —acarició al perro con cariño sobre la cabeza con sus manos torcidas —el muy granuja estuvo ladrando toda la noche hasta que llegó Lodir.
—¡Qué bien! —dijo Rin a Súnter acariciándolo de cuclillas —¡Qué buen chico! —el viejo perro lanudo parecía comprender que la situación se centraba en halagarlo, y se dejaba mimar.
—¿Pero qué hacia fuera durante la noche? —pregunto Alenci —¿se perdió alguna bestia?
Morrel se detuvo a examinar el rostro del muchacho. Acto seguido miró a Rin, que acariciaba a Súnter con cierta vergüenza.
—¿No le has contado nada, rapaza?
—Te prometí que no diría nada Morrel —se disculpó ella, como si la hubiesen descubierto en una acción dudosa.
—Cierto. Pero francamente, no pensé que se lo fueses a ocultar a él —Rin se puso colorada inmediatamente, y torció su rostro con disimulo, centrándose en acariciar con más energía al viejo perro —. Zagal —retomó el anciano pastor—¿para qué traes esa cesta vacía?
—Mi madre me ha pedido agua de las termas para la cocina ¿tenéis alguna botija vacía que me pueda llevar?
—Claro muchacho, acércate al caserío y recógete una perulera. Al alba los Foder trajeron la mitad de las botijas de la aldea para limpiarlas.
—Muy bien, cogeré alguna bien grandota —le respondió sonriente Alenci, mientras cruzaba la valla.
Morrel y Rin se quedaron en silencio mirándolo corretear entre las líneas de hierba de los bancales. Se iba mientras silbaba una cancioncilla improvisada y Súnter había decidido acompañarlo.
Por los bancales serpenteaban decenas de pequeños riachuelos canalizados con piedras, y el hermoso joven los cruzaba dando saltitos cortos que interrumpían su canción.
—Parece un buen zagal —dijo Morrel con su voz lenta y rugosa, cargada de experiencia.
—Si... —respondió Rin, que no podía dejar de mirarlo. Tarde o temprano le sería imposible contenerse.
El viejo Morrel se la quedó mirando con unos ojos que no le había dedicado jamás. Tenía una extraña sonrisa de adivino en la comisura de los labios, y las arrugas en torno a los ojos le daban la impresión de que su mirada la penetrara hasta alcanzar los temores más íntimos de su corazón. Sus pómulos estaban algo sonrojados, dentro de lo razonable en un rostro tan arrugado y moreno como el suyo. Rin sintió que había sido descubierta por completo. Sin poder evitarlo, se sonrojó nuevamente hasta que las orejas le ardieron de vergüenza.
El anciano estalló en una sonora carcajada y Rin tuvo la impresión de que debía haber logrado el color de la sangre en sus mejillas.
—¡Huesuda! —le dijo el anciano sonriente, la llamaba así desde que era niña —el viejo Lodir está convencido de que fue una fiera lo que se llevó nuestra oveja.
—¿En serio?
—Eso dice, por si acaso voy a reforzar las vallas que dan a la cara este. ¿Me acompañas? ––Rin estaba un poco confusa ¿una fiera? ¿lo diría en serio, o solo pretendía ser amable y tener una razón para no hablar de por qué su cara era como el vino caliente? Si había una fiera en el bosque los hombres harían una batida esa misma tarde, y si los Fóder llegaron al alba la noticia ya debería haber llegado a la aldea. No podía ser. Asintió con la cabeza a su petición.
—Pero déjame que os deje esto en el caserío y vea como esta Lódir y ahora mismo voy a junto tuya.
—¡No! —le respondió el viejo enérgico y muy tajante —. Deja que Lódir descanse. Si te ve ahora pretenderá contarte su aventura en el bosque, y lo que necesita su cabeza es olvidarla —la impresionó el tono con que le respondió el viejo, le habló como un padre determina a su hijo algo que no se debe hacer bajo ningún concepto —. Además debe estar dormido —remató el anciano con algo más de suavidad.
—Muy bien, yo… solo quería acercarle el vino y ver como estaba… —se disculpó Rin, que no entendía bien qué había hecho mal.
—Pequeña… —le dijo el viejo con tono corregido, más comprensivo —cuando se llega del frío en el estado en que llegó Lódir hay que darle un tiempo a la cabeza para que se asiente. Es mejor que no vea a nadie. Hazme caso, y díselo también a tu novio.

Rin se quedo petrificada, su mente se volvió blanca y vacía como un día sin nubes ni viento donde tan solo existiese el eco profundo, inesperado y traicionero de la palabra “novio”.
El viento del páramo parecía rodearla, ululando mientras transportaba todo el estupor del mundo desde la planta de sus pies hasta su coronilla.
Iba a replicar, cuando se dio cuenta de que el viejo ya se alejaba riendo hacia la cara este de los bancales.
Seguro que en estos momentos derretiría la nieve que se le viniese encima de lo colorada que estaba.
Se dirigió hacia el caserío cruzando las praderas verdes de hojas anchas y alargadas de los bancales, entre los humeantes arroyos y las ovejas y cabras que pastaban por doquier. Su cabeza daba vueltas y el corazón le latía con fuerza. Nadie aparte de su abuela se había dado cuenta hasta ahora ¿sería tan evidente?
Se detuvo a recoger alguna pequeña flor que sobresalía entre las briznas y con fuerte desazón cambió su rumbo hacia las cuevas del ganado, pensativa y dedicada a observar mejor de ahora en adelante las expresiones de su rostro.

Las cuevas eran inmensas. Gracias a ellas hacía ya 86 años, más o menos dado que la cuenta era compleja sin estaciones, se habían salvado las cabras, gallinas, ovejas, corzos y cerdos que hoy día representaban la supervivencia de la aldea.
Estaban divididas en dos grupos a las que se accedía por un par de amplias bocas que se abrían al valle. En la más grande había un caserío que fue construido más de trescientos años atrás por un antepasado de los Gólter, un famoso cazador de la región que hizo fortuna acompañando a los reyes en sus batidas, y que devolvió esa fortuna al pueblo que lo vio nacer construyendo un caserío que sorprendió a todos en su época. Eran unos baños termales y en aquel tiempo nadie podía imaginarse la existencia de una casa tan grande que no fuese propiedad de nadie, sino del pueblo.
Al parecer, en un remoto pasado el Primer Rey mandó construir algo similar sobre los bancales, pero de tal lugar no quedaban ni los cimientos y nadie suponía siquiera dónde podrían estar; todos coincidían en que había sido destruido por completo durante las primeras Guerras de la Herencia y que su destino habría sido muy probablemente convertirse en los muros de los campos que ahora descansaban bajo el hielo.

El caserío de las cuevas era la actual casa de los dos viejos que se dedicaban al ganado y los campos durante las noches, y entre sus múltiples rarezas estaba el hecho de que tenía un hermoso tejado de piezas esmaltadas de un vistoso color verde brillante, que resultaba completamente inútil dado que todo el caserío se encontraba en el interior de la cueva. Tenía dos pisos y caballerizas y en su interior contaba con trece pequeñas habitaciones comunes al estilo de los monasterios sureños, según le había contado Morrel, y otras cuatro grandes habitaciones de señores, con hogar para la hoguera y todo. En las cocinas tenía el hueco de una enorme e inútil cocina de hierro que ya había sido desmontada hacía tiempo para dar mejor uso a su metal y dos grandes salas donde nadie sabe qué diantres se hacía ni para qué valían, pero que ahora eran excelentes para compostar el verde de cada año.
Abajo, en una especie de subterráneo que en los días oscuros resultaba sumamente siniestro, había otra gran sala con diez pozas por donde el agua termal era canalizada. Todo ello hoy día cumplía funciones propias a las necesidades del ganado y los bancales. En las pozas donde antes se bañaban los señoritos, hoy Morrel y Lodir hacían la mezcla de arcilla, barro y excremento de las reses para tapizar las paredes de las cuevas más pequeñas y conservar el calor; la misma mezcla que se usaba en las casas de la aldea. Las cocinas y habitaciones eran usadas para los animales en celo o aislar a los enfermos o las crías que necesitasen cuidados de algún tipo. Los dos ancianos dormían en un mismo gran cuarto señorial, en amplias camas de paja y musgo.

La cueva por dentro era muy hermosa y a Rin le encantaba pasear por sus grutas, aunque no solía profundizar más allá de una enorme estalagmita blanquecina que marcaba el punto donde la luz del mediodía no lograba vencer a la oscuridad del interior. De ahí hacia dentro dejaba de ser bella para tornarse siniestra, húmeda y peligrosa, aunque Morrel le había asegurado que en su interior había lugares increíbles, pozas con espacios por donde caminar rodeadas por pasillos construidos por las manos de la antigüedad, y tallas y dibujos de batallas del pasado en murales en las paredes. Puede que algún día se aventurase a descubrirlas… si Alenci fuera con ella para protegerla.

Por ahora se conformaba con ver la gran cueva que daba cobijo al caserío. Era muy húmeda también, pero en ella reinaba un calor fantástico y en cierto sentido refrescante. Gran parte de las paredes estaban recubiertas de un musgo verdoso y suave que goteaba agua más fría que la del manantial, y que se cosechaba para almohadillar las casas y encender las hogueras. Por todos lados se veían pequeños destellos luminosos de piedrecitas brillantes que, aunque eran muy hermosas, también eran muy frágiles y si intentabas cogerlas se te deshacían en las manos casi convertidas en polvo, perdiendo su belleza y encanto.

Por el centro de la enorme cueva transcurría lento y sereno el manantial. Si te acercabas mucho al agua en esos tramos, sobre todo en las pequeñas y grandes pozas que se formaban aquí y allá, el olor a huevos podridos era bastante desagradable, pero si te mantenías algo distante ni se notaba. Lo cierto es que a ella ese olor le encantaba, le parecía extrañamente hogareño y acogedor, aunque le daba cierta vergüenza decirlo y solía hacer como que le causaba arcadas y repulsión.
Dejó las cestas sobre una piedra de mármol bruto a la entrada del caserío, junto a un montón de herramientas de labranza que Morrel tenía preparadas para afilar y echó un vistazo hacia la ventana de sus habitaciones. Las habían tapiado con arcilla, así que no se veía nada, pero de algún modo sintió la presencia del anciano que había arriesgado la vida por recuperar una oveja dos noches atrás. Los dioses habían estado de su lado ofreciéndole tres días seguidos sin nieve ni tormenta, si había vuelto no sería para morir sin más retorcido entre mantas.
Se acercó a una de las pequeñas pozas que se formaban en el manantial y bebió. Era para ella casi como una costumbre del lugar. Luego se dirigió hacia las vallas del este.

El viejo Morrel estuvo incordiándola con el asunto del noviazgo durante valla y media. Tiempo durante el cual ella no pudo más que sentir cómo los colores le subían y bajaban dando certeza a las suposiciones del pastor, que estaba encantado al parecer de que se hubiese fijado en el muchacho Váldar, que era sobrino suyo por parte de abuelo.
Al menos tuvo la decencia de apartar el tema y la broma en cuanto Alenci se acercó a ayudarles. A Rin le sorprendió la capacidad del anciano de abandonar por completo el tono pícaro y burlón para dedicarse por entero a la fortificación de las pequeñas vallas con sus nuevas y jóvenes cuatro manos como ayudantes.

Estuvieron dos horas al menos trabajando junto a Morrel, hasta que éste advirtió que se comenzaban a formar jirones de nubes sobre el cielo del valle, y los instó a que volviesen cuanto antes a la aldea si no querían dar un buen susto a sus casas.
Ambos estuvieron de acuerdo, así que se prepararon para partir.
Alenci cargaba con dos botijas bien grandes a rebosar de agua de las termas. Era uno de los muchachos más fuertes de la aldea y sus músculos ya parecían los de un adulto bien fornido aún cuando solo contaba con diecisiete años… más o menos. A Rin le ruborizaba la sensación que le causaban ver a Alenci cuando hacía esfuerzos semejantes. Ponía cara de concentración, tensaba con firmeza sus brazos y se le engordaban varias venas de la frente que asomaban por debajo de su pequeña mata de pelo rubio como el sol de mediodía. Le resultaba hermosísimo y muy varonil, pese a que a veces se comportara como un chiquillo travieso.
Ella cargaba un buen fajo de leña menuda que Morrel le había atado con mucho cuidado a la espalda.
Ya estaban justo a punto de partir, celebrando la despedida con un par de tragos de vino caliente del odre de Morrel, cuando vieron al viejo Lódir caminando entre los pastos, con paso confuso y torpe, arrebujado entre unas mantas llenas de remiendos que amenazaban con hacerle rodar por la hierba en cualquier momento.
—¡Lódir! —exclamó entonces Morrel, asustado por su amigo—¡Pero qué hace ese viejo loco!
Corrieron hacia él como pudieron nada más verlo, aunque Rin tuvo que quedarse atrás al no poder quitarse el pesado fardo de leña, que tenía que ser desatado por otra persona.
Cuando los alcanzó, Lódir yacía en el suelo lamentándose. Había tropezado con una pequeña piedra que lo había derrotado en una dolorosa caída cuan largo era contra el pasto.
Morrel trataba de levantarlo con la ayuda de Alenci, que había dejado las tinajas donde se encontraban cuando vieron al viejo descarriado.
—Vamos amigo, ¡arriba! —le insistía Morrel entre las palabras de ánimo y cuidado de Alenci—Vamos a llevarte a la cama, lo que pide tu viejo cuerpo es reposo.
Pero Lódir no parecía estar de acuerdo, y en cuanto escuchó la palabra “cama” saltó como un resorte.
—¡No! Hemos de avisar a la aldea ¡La bestia! Hay que avisar a la aldea… ¡los niños! —el viejo parecía conmocionado y verdaderamente confuso. A Rin le impactó el lamentable estado en que se encontraba. Su cara había adelgazado, como el resto de su cuerpo, había perdido las cejas y tenía los labios y las orejas ennegrecidas, los ojos le bailaban despacio de un lado a otro buscando donde centrarse y varios movimientos nerviosos le obligaban a girar el cuello y partes de la cara a brincos pequeños y cortantes.
—¡Los árboles… destrozados! Huellas... huellas enormes... marcas en los árboles... ¡la aldea! —parecía haber perdido la cordura, Rin sintió un escalofrío tremendo recorriéndole la espalda como un mal presagio. Miró a Alenci y vio con total claridad que su amigo debía estar teniendo una sensación muy parecida.
—Vamos viejo amigo ¿ves? —le respondió Morrel con serenidad paternal —, los niños están aquí, con nosotros, y están bien. Ahora van a avisar a la aldea y todo va a ir bien. Pero tú necesitas descansar en casa, con el calor de Súnter junto a ti y un buen trago de…—pero el viejo Lodir no le permitió continuar, le interrumpió aferrándose a su ropa con una fuerza más allá de lo razonable para su estado y, con la importancia de quien decide sus últimas palabras, dijo a Morrel con voz cansada y desgarrada por el frío
—¡No dejes que se vayan solos Morrel! ¡Tienes que ir con ellos! ¡Vete a la aldea! ¡Huid! Huid... —y las fuerzas lo abandonaron junto a la repentina lucidez, convirtiéndose en un pobre anciano que arrastraba incomprensibles palabras, de la misma manera que lo arrastraron a él hacia el caserío.
Una vez Lódir estuvo en su cama, cubierto de mantas y sumido en la somnolencia del vino, Morrel se dedicó a los impresionados jóvenes, a quienes acompañó hacia la salida de los bancales mientras se iban colocando otra vez las prendas que los protegerían de mortal frío del páramo.
—Lleva así desde que llegó. No hagáis demasiado caso a sus palabras, hace dos años me aseguraba haber visto dragones volando sobre las buitreras, y no hace demasiados meses estaba convencido de que todavía había osos invernado en el interior de las cuevas —les dijo con ánimo tranquilizador.
—¿Entonces, que decimos en la aldea Morrel? —le preguntó Alenci algo confuso.
—Decid lo que habéis visto, de nada vale ocultar el estado en que está el viejo. Todos caminamos detrás de él hacia el mismo destino con este maldito frío sobre nuestras cabezas. Decid que habla de una bestia en el bosque, y que dice haber visto la marca de sus garras en algún que otro árbol mientras buscaba la oveja. Decid también que estamos fortificando las vallas de los bancales por si acaso queda algún jodido oso en estas montañas olvidadas por los dioses. Que el consejo de la aldea se lleve un pequeño susto de vez en cuando no le vendrá mal para recordar que tienen tareas más allá de traer leña y despejar la nieve recién caída. ¡Andar zagales! Que no os coja la noche en el páramo.  
Los dos jóvenes comenzaron a andar al momento en dirección a la vereda que llevaba a la aldea, intercambiando alguna mirada de desasosiego. No dados más de diez pasos, la voz de Morrel volvió a sonar con fuerza.
—¡Rin! —ella se volvió después de dar un pequeño brinco, tras lo que el viejo agregó —llevaos a Súnter.
Rin tragó saliva al ver los ojos de Morrel, que desprendían preocupación y seriedad entre las arrugas. El perro pastor pareció entender la orden ya que al momento comenzó a correr hacia ellos con aire energético y alegre, dando algún que otro ladrido desgastado. Morrel ya les había dado la espalda y caminaba hacia el caserío, de modo que los tres compañeros retomaron su rumbo hacia la aldea.

La aldea distaba seis lanzazos reales y medio de los bancales, y les quedaban como mucho tres horas de luz de modo que apretaron el paso conscientes de que si caía la noche sobre sus cabezas, con ella lo harían el miedo y la congelación.

Pero no pasó nada. Tan solo el frío y el hielo habituales… y el silencio de los adultos, que en esta ocasión los acompañó de regreso a la aldea.

En el páramo se notaba cuando se acercaba la noche, el frío comenzaba a dominar de manera despiadada buscando cada miserable rendija por la que colarse entre las ropas. A Rin el pequeño fardo de leña ya le parecía una montaña y Alenci, aunque intentaba no dar muestras de fatiga, estaba casi vencido por el peso de las botijas cargadas de agua congelada. Las transportaba firmemente atadas a un grueso palo seco que sostenía sobre los hombros. Rin le había dicho en un par de ocasiones que las vaciase un poco antes de que se congelase el agua, pero el muchacho no se quiso permitir el deshonor de no ser lo suficientemente fuerte ni ante su amiga, ni ante su madre, que lo miraría extrañado si no trajese las botijas completas... o eso le quiso hacer entender ella. A Rin le parecía una tontería infantil en un momento así, igual que tener atada a la espalda una carga de leña que necesitase de algún otro para ser desatada. Si comenzase a nevar o sucediese algo peligroso se quedaría lastrada a ella sin remedio, sin poder correr ni saltar, eso o Alenci perdería la piel de los dedos al intentar quitársela, ya que con los gruesos guantes que llevaban le sería imposible deshacer los nudos.
Ahora se sentía estúpida y cansada por no haberse dado cuenta antes.  

Pero no pasó nada.
Ya veían de cerca las casas del pueblo, las cabezas de piedra de las estatuas de los héroes que sobresalían entre el hielo y las columnas de humo grisáceo de la leña nocturna al avivar de las hogueras. Unos pocos cientos de metros más y estarían a salvo contando lo que los ancianos le habían dicho.
Entonces, Rin se detuvo.
—¡Rin! —exclamó el joven, que esta vez se había dado cuenta inmediatamente de que su compañera se había parado —¿Qué pasa? ¡Vamos! La aldea ya está cerca, ¡vamos! —el sol comenzaba a dejarse rasgar por las montañas del oeste, Los Diez Cuchillos. Súnter jadeaba sin detenerse dando vueltas alrededor de Rin.
Ella, se comenzó a reír.
—¿No te das cuenta? —le dijo la muchacha entre risas ahogadas por el cansancio y el frío mientras Alenci se le acercaba preocupado, ladeado por el peso que le destrozaba los hombros. Rin se apoyaba sobre las rodillas mientras intentaba explicarse cómo podía—¡Nos han tomado el pelo! ¡los dos!. Esos viejos locos... ¡se han burlado de nosotros!
—¿Cómo? —Alenci apenas veía con la capucha de pieles y el calentador de cuello. La primera se le caía sobre los ojos, y con las manos no alcanzaba a poder levantarla—¿Qué dices Rin? Morrel nunca haría algo como eso —a ella le sorprendió la ingenuidad de su amigo, no había pasado tanto tiempo como ella en los bancales.
—¡Los dos harían algo como eso, Alenci! ¿Crees que Morrel me dejaría cruzar el páramo atada a un fardo de leña si hubiese un oso cerca? ¿o a ti llevar esas botijas? —Rin se sentía bastante más orgullosa de haberlos cazado antes de decir nada en la aldea que ofendida ante semejante argucia, aunque cargaba consigo buena cantidad de ambas emociones en este momento—. Esos dos viejos cascarrabias deben estar riéndose de lo lindo a nuestra costa en este momento —Alenci no podía creérselo, estaba verdaderamente confuso y miraba a la aldea y a Rin alternativamente —ese saco de arrugas de Lódir ¡sí que lo hizo bien el muy bastardo! ¡Y cuando Mórrel nos dijo que trajéramos a Súnter! Alenci tengo que decirte que en ese momento pase miedo de verdad.
—¡Súnter! —le gritó el muchacho.
—¡Si! —le respondió ella mientras miraba al suelo, todavía reposando el peso de la leña sobre las rodillas a través de sus brazos —. ¡Menuda mirada me echó el viejo! Llegar tan lejos por una simple...
—¡No! ¡Rin! ¡Súnter se va! —Rin levantó la vista y vio como Alenci dirigía como podía uno de sus brazos hacia el interior del páramo. Allí, el perro corría como loco hacia una solitaria y pequeña columna de hielo, a no más de 25 o 30 varas.
—La casa Tábot —dijo Rin, más como un susurro para sí misma que para Alenci. Entonces se dio cuenta de que Alenci ya iba detrás del perro, tan solo unas pocas varas por delante de ella, pero lo suficiente como para que el pánico la invadiese por completo —¡No! ¡¡Alenci!! —gritó de forma desgarradora. El muchacho se giró al momento, visiblemente asustado.
—!¿Qué pasa?¡ —le respondió al instante. Por alguna razón Rin esperaba que ignorase su grito y continuase. Caminó hasta estar a su lado y le dijo algo avergonzada y con el corazón desbocado.
—No vayas, he tenido un mal presentimiento. —Otra vez se sentía un tanto estúpida delante de él.
—¿Es por el fantasma del niño Tábot? —le contestó con aire heroico, aun jadeando del cansancio y pretendiendo tranquilizar a la dama en apuros —Vamos Rin... no podemos dejar a Súnter ahí, está más viejo que Morrel y... —los dos dirigieron sus miradas hacia donde se encontraba el perro, que parecía buscar algo olisqueando sobre el hielo entorno a la zona del pilar. Cuando de improvisto una mano larga y rápida salió de ninguna parte bajo el hielo, agarró al perro sin que este pudiese hacer siquiera un miserable ruido, y Súnter desapareció.  


No habían corrido tanto en toda su vida. Cuando entraron a la aldea dando gritos de socorro y auxilio fueron incapaces de detenerse ni explicar nada más allá que balbucear sobre Súnter, la bestia y la casa de los Tábot.
Hasta que tuvieron un odre caliente de vino en la boca, mantas sobre el cuerpo como para desaparecer y a media docena de hombres armados con hachas a su alrededor intentando adivinar qué había causado tanto pánico a los dos jovenzuelos no se les empezó a detener ni el corazón, ni la angustia.
Rin lloraba desconsolada por Súnter y Alenci parecía buscar las palabras adecuadas entre balbuceos incomprensibles por los nervios de la huida y el frío, que se había aferrado a sus labios como la piel al contacto desnudo con el hielo.

Durante la media hora siguiente, consiguieron relatar a los adultos de la aldea todo lo que había pasado durante la tarde, desde la locura del viejo Lódir a la desaparición de Súnter.
Rin tenía grabada en la mente la forma del brazo que se llevó al perro: desnudo, huesudo, fibroso y rápido, con  el color del hielo y los dedos puntiagudos...
Solo podía ser el fantasma del niño Tábot.

Al poco casi todos los hombres de la aldea se reunieron en la casa del “elegido”, donde los muchachos tuvieron que repetir diferentes fragmentos de lo ocurrido según los hombres les preguntaban sobre ello. Las voces se dividían en opiniones sobre qué hacer y qué creer de toda la historia, y a la vez que en el interior de la casa nacía una intensa discusión, en el exterior se manifestaba la siguiente tormenta.