jueves, 2 de febrero de 2017

Cuentos de un Bosque Tribal- Cap.2: El Guardián




El Guardián 

Despertó.
Y estaba solo.
No había primos listos.


De modo que percibió el entorno con todos sus sentidos. Y estos, eran poderosos.
Había pequeñas montañas que criaban valles a su alrededor cargados de vegetación fría y densa. Centenares de ríos, grandes y pequeños, bravos y serenos, con olores a trucha, cangrejo y nutria bajo un sol hermoso y vespertino que parecía aconsejar a las nubes mantenerse en el horizonte, a riesgo de ser disipadas. Centenares de olores de todo tipo de criaturas y cosas danzaban en su nariz; frutas, setas, árboles, piedras… Y todo, absolutamente todo, le pertenecía.

Los primos listos lo habían dejado en libertad una vez más, sin puertas ni órdenes que cumplir, libre para disfrutar de sus piernas y mandíbula cuanto quisiese. 
Eran vacaciones.

Sabía que debía controlarse o los primos que caminan sobre dos pies volverían a por él antes de lo acordado. Bueno. En realidad no es que él participase de lo acordado, de ninguna manera, eso nunca ocurría, todo eso lo decidían los primos listos, los que lo deciden todo. De hecho, lo último que recordaba de Corona era el rostro del primo Juma dándole algo de comer que olía bien, justo antes de despertarse aquí, la tierra que le habían regalado para sus vacaciones. Pero seguro que tenían algún momento decidido para llevárselo de vuelta porque los primos listos lo planean todo de antemano, siempre saben lo que va a pasar y por qué ocurren las cosas, así que debía comportarse para no llamar su atención y que no le castigaran robándole días de vacaciones. No… no, no, no, no, no eso no le volvería a pasar, él ya no era un cachorro, otra vez no. Eso son cosas de cachorros.
¡Comenzó a correr!
Y corrió durante horas.

Al principio creía notar la presencia del primo Juma a su alrededor, verlo aquí y allá, entre sombras, en la distancia. Sentir su olor entre otros en el mar de aromas del bosque... pero sabía que tan solo era la costumbre. El miedo. No, el miedo no. La precaución. Ocurría a veces los primeros días de libertad. Ya le había pasado antes. 
Después de varios valles de frenética y despreocupada carrera se le fue quitando la sensación de Juma y comenzó a calentar su sensación real de vacaciones. 

Tenía el asqueroso traje de los primos listos puesto, su ropa de esclavo. Un traje de hebras finas entrelazadas de un metal del color del acero. Y lo primero que tenía que hacer si quería disfrutar sus vacaciones era quitárselo. De modo que buscó una peña bien alta sobre el nacimiento del río de montaña más fuerte y ruidoso que pudo encontrar y la escaló con facilidad hundiendo sus garras en ella, casi tan blanda para él como la carne. 
Tenía hambre, pero ya comería más tarde. 
Una vez en lo alto, donde el rugido del río tronaba lo suficiente como para dejar sordo a un jabalí, se lanzó.

El golpe contra las piedras fue violento. 
Cayó casi de cabeza contra rocas pulidas por la fuerza del agua e, inmediatamente, como si no pesase nada, fue arrastrado por el poder de la imperturbable corriente. Comenzó a rebotar contra todas las rocas que el azar del torrente de montaña puso en su camino, sin pretender agarrarse a ninguna, con choques desgarradores que le abrían heridas por las que sangraba en abundancia… durante leves instantes. Y mientras, escuchaba. Prestaba atención únicamente a una cosa: el sonido del metal de su asqueroso traje al chocar contra las piedras. Un sonido que le hablaba de los herreros que lo habían construido, que le susurraba muy bajito si habían cometido algún fallo durante su fabricación, si tenía alguna parte de su complicado tejido más débil que las demás, por donde comenzar a desmontarlo.

Chocó y chocó durante quién sabe cuánto tiempo, escuchando atentamente el sonido que de vez en cuando le regalaban las rocas y el metal, con los ojos cerrados y sus sentidos enfocados en ese único objetivo. Arrastrado por la corriente sin contemplaciones y sintiendo el dolor de las heridas como una refrescante sensación de vitalidad; hasta que lo encontró. 
¡Ya lo tenía.!
<<He, he, he, he…>> Rió para sí mismo. Y es que no hay primo listo que haga un traje de esclavo perfecto. Cómo quitarse el maldito traje era un gran secreto de los guardianes que le había enseñado la anciana Tundra hacía muchas estaciones. Solo con pensar su nombre sentía una mezcla entre devoción y horror.

Se aferró a una piedra ahí mismo, bajo el agua,  como si fuese una presa importante, clavando en ella las garras de su mano derecha mientras la corriente lo zarandeaba un poco sin sentido. Necesitaba decidir que iba a hacer ahora.

<<Comer.>>

Salió del agua escalando las rocas y captando con su olfato las posibles presas de su nuevo bosque de montaña. Aun no había desprendido su hormona,  seguramente no lo haría; no quería que las bestias de los valles sintieran su presencia demasiado pronto, no antes de saber bien qué había en ellos, ni qué nivel de diversión podían proporcionarle. No quería comenzar jugando a buscar a los escondidos. Era mejor empezar cazando lo que las montañas ofreciesen pues sabía de sobra que si había dragones, y ojalá los hubiese, estos se esconderían tan lejos y tan alto si sentían su presencia que sería demasiado aburrido intentar cazarlos. De modo que olisqueó el aire sin intención de ir demasiado lejos con su primer vistazo. 
Una hembra de oso con dos crías, marmotas, zorros, gatos monteses, lobos, jabatos, corzos rojos, roedores pequeños y sucios, una cosa lenta colgando en las ramas, erizos, muchas cosas… miel...
Comenzaría por la miel.

Vagó por el bosque en su dirección olisqueando lo que tenía más cerca y buscando alguna planta o seta que no conociese. Mascó varias con sabor ácido y fuerte que nunca había probado y un musgo raro de color blanco que había encima de una piedra y que le dio hipo durante unos cuantos pasos. No estaba mal, nunca antes había estado en un bosque como aquel. Muchas cosas eran iguales o ya las conocía, pero otras no, y eso estaba bien.

Rajó el panal sin contemplaciones, metiendo medio cuerpo dentro del viejo tronco de alcornoque en que se encontraba. Hundió las manos en el corazón de la colmena y cuanto estas abarcaban se lo metió en la boca en repetidas ocasiones con una sonrisa de satisfacción y placer que podía permitirse pocas veces. El zumbido de las abejas le encantaba, era relajante y misterioso y, junto a los picotazos en la cara y las patas era una de las sensaciones de libertad que más le satisfacían de cuantas podía ofrecerle el bosque. Aunque esta miel sabía demasiado a alguna planta que no conocía y que tenía un regusto raro en el fondo.

Después de llenar la panza se estuvo frotando la cara un rato contra los troncos y piedras para quitarse todo lo que pudiese de la pegajosa miel. Luego se sentó sobre unos helechos para comenzar a destruir el puto traje que los primos listos le obligaban a ponerse para caminar con ellos.
No fue fácil. El primer desgarro era siempre lo que más le costaba, rajar ese punto débil. El resto del trabajo tan solo constaba de guiar los escurridizos hilos y deshacer el endemoniado trenzado que los unían. Lo único malo es que era una labor lenta y pesada.

Al caer el sol tenía deshilachada casi la mitad, por lo que sus cuartos traseros estaban ya completamente libres y, a modo de falda, tenía un sinfín de hilos torcidos y revueltos. Pero estaba absolutamente desolado por el aburrimiento, de modo que se echó a dormir.

Por la mañana cazó un tipo de ciervo gordo con cara atontada y cuernos negros y marrones que no había visto jamás. Su pelo olía a barro y sus pezuñas crujían un montón causándole una sensación estupenda en los oídos que le proporcionaba un cosquilleo encantador. Se comió la mitad y la otra se la dejó a los lentos. Había sido extraño cazar con medio traje colgando de la cintura en miles de finos hilos. Se le enganchó constantemente haciéndole tropezar y, además, los hilos le hicieron cortes en los huevos que le escocieron durante segundos de infinita rabia y odio hacia los herreros que hacían esos tejidos, dedicados a la tortura de los fuertes. 
No había estado mal.

El resto del día lo entregó a quitarse definitivamente el puto traje.
Menudo hastío. Tenía que parar durante un rato cada pocas horas o moriría de tedio. En los descansos cazaba algo pequeño, a ver a qué sabía, luego retomaba su labor, era importante quitárselo cuanto antes para poder disfrutar completamente, si no no serían vacaciones.

Cuando volvió a levantar la cabezota el sol rozaba las nubes de una montaña lejana, fría y elevada, tiñéndola de tonos rojos y ocres; poco más tarde por fin terminó de quitarse el endiablado traje.
Lo enterró al lado de un árbol y meó encima para no olvidar nunca el lugar.
Entonces rugió como se merecían unas vacaciones decentes, para que todos los valles lo escuchasen. ¡Por fin estaba libre! ¡Que las montañas lo supiesen!

Los días siguientes los dedicó a cazar, correr, saltar, rugir y asustar a los animales que pudo, sin soltar sus hormonas al aire para que la gracia no desapareciese. Tampoco mató demasiado, no debía pasarse. Se lo recordaba cada poco la cara del primo Juma, grabada a fuego en sus ojos “de dentro”. Además no cazaba por cazar. Cuando cazaba, comía. O más bien picaba, tampoco quería llenarse la barriga en cada cacería como hacen los viejos, eran sus primeros días y podía permitirse degustar lo que sus valles ofrecían. Tenía bosques densos y grandes, muy poblados por todo tipo de especies así que nada se desaprovechaba. Él comía, los lentos comían, la tierra comía… todos felices y gordos con su cacería.

Encontró una araña amarilla que le recordó a un fantástico postre de Cormán, y se la comió. Sabía bien, y desde entonces a cuantas vio que eran iguales se las comía en cuanto las tenía a mano. También una especie de pájaro de cuello largo y mirada ausente que pescaba cangrejos de ribera sobre dos patas larguiruchas y huesudas. Sus plumas eran de un extraño amarillo apagado y pese a que donde lo cazó había muchos, no parecían ser de allí sino de algún punto remoto del sur. Sus entrañas le encantaron y el cráneo era blandito y pegajoso aunque tenía algo en el cuello que sabía horrendamente mal y que no se pudo tragar. ¡Incluso tuvo que limpiarse la lengua! La corteza de un árbol de hojas amarillas lo hizo estornudar y, para su alegría, encontró que en un pantano cercano había cocodrilos de los grandes, de los que luchaban por sobrevivir contra todo intento de cazarlos. Jugar con ellos era muy divertido. No eran muy expresivos, eso era lo malo, pero asustarlos de repente era un placer que no podía desestimar, de modo que decidió que pasaría por el pantano de vez en cuando para relajarse.

Una de las cosas que más le gustaron de toda esa región era la escasa presencia de humanos o de otras razas listas como ellos. Sabía que los había porque descubrió algunos rastros de sus necesidades, como tocones de árboles cortados y heces de lobos domesticados junto a olores viejos de cazadores en alguna que otra trampa olvidada e inútil.

Decidió que era necesario saber dónde se encontraban para saber por dónde moverse y dónde no, y que ellos no descubriesen con facilidad su rastro, o restos de sus presas. En alguna que otra ocasión humanos de bosques como estos se habían asustado al encontrar restos de osos o jabalíes devorados por él y, quizá pensando que algún monstruo se ocultaba en los bosques, habían iniciado batidas para intentar cazarlo. Era divertido, pero no quería arriesgarse a perder el control como en sus tiempos de cachorro. Si cazaba a algún humano los primos listos vendrían enseguida y se acabarían las vacaciones. Además la carne de todas las razas listas sabía bastante mal, algo curioso que siempre le había sorprendido al probarlas y que no entendía a que se debía. Todos los que eran como él, los auténticos guardianes, intuían que, el pensar, mancha la carne, aunque las razones de las cosas nunca les importasen demasiado.

Varios días más tarde observaba un pueblo desde una roca alta de una colina cercana a él, bajo el cálido sol de la mañana que jugueteaba a hacer sombras con nubes gordas y redondeadas. 
No eran muchos. Pocas casas de piedra junto a una costa de arena amarillenta. Tenían espadas, hachas y cosas de esas de peleas humanas, pero sobre todo criaban animales lentos y tranquilos y construían cosas pequeñas con los regalos del bosque. No parecían humanos de los que lo destruyen todo para conseguir metal redondo. Los pocos barcos que tenían eran pequeños y sus olores estaban marcados por los miembros de sus propias familias, lo que para él era un signo de paz y de supervivencia. 

Sin embargo, mientras dedicaba un par de horas a mirar lo que hacían, tumbado tranquilamente sobre la peña, sintiendo a qué olían y cómo compartían sus complicados gruñidos, captó en el aire otro olor que le causó una molestia de carácter superior. Era muy sutil, por lo que agudizó un poco más sus sentidos para definirlo y rastrearlo mejor.
Era metal, sin duda. ¡Mucho metal!

Metal del duro, del que necesita mucho fuego muy fuerte y durante mucho tiempo para ser moldeado. Y venía de las montañas del norte.
Desde donde se encontraba no podía captar mucho más, así que dedicó un momento a mirar los vientos buscando algún lugar mejor desde el que oler los rastros.
Vio una montañita lejana, solitaria y rocosa, no muy alta, pero en torno a la cual los vientos de los valles del interior se arremolinaban para después seguir su curso en diferentes direcciones. Un buen lugar de rastreo. Se dirigió corriendo hacia allí.

En un par de horas escalaba la montaña por la parte más divertida mientras iba captando rastros en el viento. No necesitó subirla por completo, desde el acantilado en que se encontraba olió con total precisión las fraguas y fundiciones de una raza que conocía de sobra: <<Ananos… her, her, her…>>. Residían en alguna cordillera lejana del noroeste que sus ojos no alcanzaban a ver desde donde estaba. Inspiró examinando el aire y la información que le traía... Allá donde vivían había nieve y roca, osos grandes y pumas de los peludos, salmones gordos y túneles de hielo con ríos subterráneos... Los ananos eran una raza aburrida, muy aburrida, pero sus casas y su música eran bonitas y en sus cocinas siempre tenían postres deliciosos y cerveza en abundancia con sabores raros. Tenía que ir allí, ¡sería divertidísimo jugar al ladrón de las cocinas!

Así que se lanzó al vacío del acantilado con una sonrisa de júbilo en la cara por la diversión que se acababa de encontrar en las montañas.

Ese mismo día, cuando el sol se ocultaba sobre el horizonte montañoso, él se encontraba serpenteando por un bosque helado en una región mucho más elevada que los valles que había dejado atrás. La nieve lo cubría todo por allí, amontonándose encima de los árboles y las rocas, cerrando las cuevas y escondiendo los agujeros del suelo. Era un buen lugar. Los ananos siempre elegían bien dónde excavar sus grandes casas. 

Al poco los olores de sus fraguas y las cocinas comenzaron a llenar cada recodo de las congeladas vaguadas, impregnando hasta el hielo recién cuajado de los riachuelos que recorrían las colinas marcándolas con surcos bien visibles. Puede que para un animal común semejante olor no fuese ni perceptible, pero para él era una substancia tan evidente como el blanco de la misma nieve que lo tapizaba todo.

No tardó demasiado en localizar a sus primeros ananos, justo tras caer la noche. Estaba tan excitado por la diversión que esperaba que le proporcionasen que le temblaba una ceja. Tenía la respiración y el pulso acelerados.

Eran cuatro, sentados alrededor de una hoguera pequeña pero que emitía un calor intenso y extraño, anormalmente poderoso. Olía a magia. Estaban embutidos en pieles de diferentes animales, desde ardilla a conejo, marta y oso blanco, todo remendado en gruesas capas que los protegían del frío.

Él los observaba a unas veinticinco varas de distancia, desde una loma helada vecina a su posición. Solo necesitaría un salto ágil para caer en medio de su hoguera gritando como una bestia poseída y dándoles el mayor susto que hubieran tenido en su corta vida. La risa se le escapaba imaginando sus caras de pánico <<Her, her, her, he...>>. Por suerte tenían gruesas armaduras bajo las pieles, podía oler su metal envolviéndoles el cuerpo, de modo que podría arañarlos un poquito para mejorar la diversión. Si alguno reaccionaba rápido, hasta le dejaría que le diese un buen tajo como recompensa <<Her, her, her>> solo tenía que tener cuidado de no lastimarlos y no habría problema.

Sus cuartos traseros se hundieron lentamente en la nieve buscando suelo firme sobre el que impulsarse. Para ello movía ligeramente el cuerpo a izquierda y derecha, haciéndose hueco sin hacer ruido. Los ananos no estaban lejos, y pese a que era una raza con sentidos pobres, no quería que lo descubrieran en el aire y se estropease la sorpresa. Ellos, mientras, compartían sus gruñidos con los labios ateridos por el frío sin saber lo que se les venía encima.
Tensó los músculos para saltar...
...y un fuerte golpe en el cráneo de algo mucho, muchísimo más duro que el acero acabó con todas sus expectativas de diversión.

Su mandíbula se apretó hasta que los dientes casi le crujieron por la tensión, el impacto había sido brutal, sordo y seco. Por el lateral de la cabeza le resbalaba lentamente una línea densa de sangre mientras él, inmóvil, asumía que el olor de quien lo había atacado correspondía, lamentablemente, al primo Juma.

¿Había hecho algo mal?, ¿por qué aparecía el primo?, y ¿cómo demonios hacía el maldito bastardo para aparecer sin que él lo oliese? Fuese como fuese ya estaba allí,  así que se quedó muy quieto para no hacerlo enfadar más de lo que debía estar… por algo.

— No — dijo el muy puerco sentenciando lo que se debía hacer y lo que no, como era habitual. — Pequeño primo, para esos enanos su fuego es su supervivencia. Lo que para ti es un juego, para ellos puede ser perder los dedos de sus pies y manos. — Los primos listos siempre tienen razones listas para todo, pero algún día se les acabarán esas razones y los que son como él gobernaran la familia, como se debe gobernar una manada. Giró lentamente la cabeza para mirarle desafiante a los ojos... y recibió otro brutal y desproporcionado golpe como respuesta. Justo en el mismo lugar que el anterior, abriendo nuevamente la profunda brecha que ya se estaba regenerando.
 Juma lo golpeaba con un palo largo de madera, una vara de educar, de las que tenían el odioso metal prohibido en su interior. Las peligrosas de verdad.
— Ya te he dado catorce días con sus noches de diversión y libertad, primo. Va siendo hora de que comencemos lo que hemos venido a hacer aquí. — El guardián miró a su primo listo con los ojos muy abiertos, casi tanto como la boca. ¡¿¡No eran vacaciones!?! No se lo podía creer... 
— Pareces sorprendido, pequeño cachorro — ¡Como para no estarlo! ¡Todo su cuerpo emanaba sorpresa absoluta! Llevaba días haciendo lo que le daba la gana, si hasta se había quitado el asqueroso traje. ¡El traje! Instintivamente levantó el culo despegándolo de la nieve y se miró los huevos, colgando como un recogido paquetito sobre el manto blanco, acompañados por el tercero en discordia. Luego miró al primo Juma con pánico, previniendo la histórica paliza que le iba a caer por haber destruido el carísimo traje que siempre obligaban a ponerse a los que eran como él.

Pero el primo listo se limitó a sonreír como solía hacer cuando todo salía según lo calculado por su retorcido cerebro, y a rascarle la cabeza con fuerza como premio. No podía estar más desconcertado.
— Tranquilo, primo. Te dejé en libertad con la esperanza de que te deshicieras del traje tú solo. Por eso he dejado que te sintieses como en vacaciones, cachorro. Pero nada más lejos de la realidad. La familia espera grandes cosas de nosotros. Nos encontramos en un lugar donde nunca antes ha estado primo alguno. Y aquí, nuestras ropas habituales de nada valen, nadie las reconocerá, y no harán más que causar sospechas e incómodas preguntas — Juma lo miraba complacido, él no entendía la mitad de los gruñidos que le decía, pero entendía tres cosas: no eran vacaciones, el traje roto no importaba a la familia y no se asustaba a los ananos... 

El primo Juma parecía eufórico por su mirada, los ojos le brillaban cargados de alguna emoción que no podía entender, algo raro en él, muy raro, y no paraba de rascarle estupendamente la cabezota… así que, al parecer, todo estaba bien, y no habría paliza.
— Lo cierto es que has sido decepcionante, pequeño cachorro. ¿Sabes? Hay un olor muy especial en estos valles, un olor de algo que debemos encontrar y que habría apostado a que llamaría tu atención inmediatamente... pero supongo que es esperar demasiado de un cachorro… — le dijo con su voz grave, lenta y rugosa como el caminar cansado sobre la nieve fresca. Cargada de decepción. Esos gruñidos los entendió perfectamente, del primero al último, y por ellos lo miró con odio infinito, entrecerrando su ojos amarillos y arrugando nariz y entrecejo hasta que espontaneamente le salió un gruñido gutural ¡¿Pero qué se creía?! ¡Este primo listo debía elegir mejor sus gruñidos cuando se dirigiese a él! ¡Ya no era un cachorro!

El fuerte golpe de bastón provocó un ruido seco que sacudió el bosque. Cerca de ellos un cedro dejó caer unos cuantos kilos de nieve al pie de su tronco endurecido. Los ananos seguramente estarían dirigiéndose hacia ellos, armados y temerosos del alboroto causado por tanto golpe.
— ¿Más calmado, primo? — Juma estaba impasible, inmóvil como la montaña que era. Dos varas y media de puro músculo al servicio de una mente prodigiosa para calcular todas las estúpidas e inútiles cosas que tenían que ser calculadas… ahora mismo lo odiaba con tal fuerza que la nieve comenzaba a derretirse a su alrededor por el calor que desprendía su cuerpo. Y al pútrido y demoníaco bastón que tenía en sus manos… lo odiaba más, infinitamente más. Océanos de odio no podrían igualar lo que sentía mientras la sangre caliente le recorría la sien por tercera vez en menos de cinco minutos.
— Primo… — continuó Juma, suavemente — no deberías enfadarte por tus fracasos, sino más bien considerar cómo enmendar tus errores. Y servir lo mejor que puedas a la familia. — entonces, el guardián cayó en la cuenta de algo muy importante y en lo que no había reparado antes por causa de su ira. El primo Juma… ¡estaba ridículamente vestido! Envuelto en pieles, ramas y hojas como si de una especie de falso sabio del bosque se tratase. Su habitual melena rubia estaba teñida de negro, y sus cabellos contenían rastas, trenzas y algunos anillos, ramitas y bayas.  Ya nada importó. Abrió los ojos y recorrió su cuerpo y vestimenta de arriba abajo, mientras todo su odio se transformaba con la velocidad habitual en una mezcla de sorpresa e incredulidad, para luego convertirse en la más sincera y profunda sorna.
— Her, her, her, her… — rió a escondidas mientras miraba la nieve, tapándose la cara con la zarpa. Estaba verdaderamente ridículo el cabrón.  
  
El bastón de mansedumbre volvió a hacer acto de presencia... si los ananos no estaban ya sobre ellos es que el primo había hecho uno de sus trucos raros de primo listo para que no los escuchasen. Fuese como fuese el cuarto bastonazo no le importaba ya ni remotamente como el primero. Echó otro vistazo al primo mientras la sangre surcaba la frente... y no lo pudo evitar.
 — ¡¡Her,her,her,her,her…!! — Juma lo miraba con ojos gélidos como el tuétano de un glaciar.
— Considera esto cuan divertido quieras. Lo importante es captar ese olor especial. Si tú no puedes, yo consideraré la opción de solicitar a la familia a otro primo con más veteranía.   
Pero el guardián ya no podía parar. Se rió unos instantes más arrastrando la cara por la nieve y, cuando levantó la vista, Juma se había ido del mismo modo que había llegado. Todo un misterio lo que hacían los primos listos para ir y venir.

Con lágrimas de risa congeladas en la comisura de los párpados observó a los ananos, a ver qué carajo había sido de ellos. Allí seguían. Barruntando gruñidos en torno al fuego sin haberse enterado de nada en absoluto.
Ya no importaban. 

¿Qué sería ese olor tan especial del que le había hablado Juma?
Ambos primos se habían criado y entrenado juntos en Corona. Ya conocía mejor a Juma de lo que lo conocerían sus padres y, sin duda, lo que sea que estaban haciendo en esta tierra tan hermosa era importante más allá de sus misiones habituales. Juma había pronunciado un poderoso gruñido muchas, muchas veces: <<Familia>> pensó. 

Una de las pocas palabras que recordaba de cuando tenía capacidad e interés por utilizarlas y seguramente la única que no olvidaría jamás. <<Familia...>> repitió para sus adentros, dejando que la importancia del gruñido calase en su cabeza desacostumbrada.

Ese olor… tenía que encontrarlo. Le demostraría al primo Juma que no había otro mejor que él… lo encontraría hoy… lo encontraría… ¡¡YA!! 

Explotó en una carrera frenética hacia las cumbres más altas de esa misma cordillera montañosa. No había animal en el bosque que pudiese competir con él en velocidad ni en potencia. 
Cruzó el bosque helado como una ráfaga de viento. Algunas presas y supuestos predadores tuvieron la fortuna de sentir tras su paso el impulso del aire que movía en su frenético desplazamiento. Tan solo algunas lastimadas piedras y árboles sufrieron su embiste y su furia conforme la actitud de la caza poseía su cuerpo lentamente. Corría... corría sin descanso, furtivo e implacable. Puro instinto al servicio de la familia.

Cruzó grandes y poderosos ríos y cascadas, escaló acantilados a más velocidad de la que un humano podría correr a campo abierto, marcó con sus veinte garras cuanta piedra necesitó para asegurarse un camino directo hacia ese olor misterioso. Sorteó desfiladeros helados y fisuras entre los densos glaciares que tupían la férrea formación de montañas, hasta encontrarse en la cima del primer y más elevado pico de la cordillera.
¡Amaba correr!

Ahí el frío sí era intenso. Necesitó sacudirse el cuerpo desnudo para retirar de él los restos de hielo y escarcha que se le habían formado durante el ascenso.
La vista, sin embargo, era preciosa.
Picos helados rasgando el cielo como centenares de garras quebradizas, rodeados de decenas de tonos de blanca y azulada nieve que, con los últimos rayos del sol, se envolvía de un aura anaranjada contrastando con el oscuro color de la piedra desnuda. Imposibles acantilados se disputaban el paisaje con glaciares que tupían valles enteros en una enorme cordillera. Un paisaje duro que comenzaba justo con la montaña en la que él se se encontraba. Una tierra hostil, donde tan solo se aceptaría la gloria de los fuertes. Escaseaban los árboles y, sin  duda, la caza. 

Se detuvo a oler los vientos helados durante un par de horas. Venían cargados desde distancias muy remotas con esencias de toda categoría, muy disimuladas por la baja temperatura. 

Y ahí se quedó, sintiendo, como una estatua tallada en la misma cumbre, durante horas.
La lenta espera, el acecho, causó mella en su cuerpo que comenzó a sentir los colmillos del frío, de modo que se decidió a calentarse. Inspiró profundamente soltando el aire despacio, cargándose de rabia durante cinco respiraciones. A la sexta rugió como si su garganta o su cuerpo pertenecieran a un ser de dimensiones desproporcionadas, a un demonio de otro mundo que odiase la existencia, la vida y sus consecuencias, liberando su rabia contenida a los cielos, las nubes y los dioses. 
Una experiencia rejuvenecedora y reconstituyente. Y de las pocas ocasiones en que se encontraba sobre dos patas, como los primos listos.

Cuando se descargó, su cuerpo humeaba de calor en contraste con el frío polar de las montañas y, en diferentes valles, pudo observar devastadores aludes que como nubes inmensas que naciesen de las laderas, reconfiguraban la disposición de la nieve entre las amplias vaguadas. La cordillera respondía a su llamado con su propio rugido. El sonido de los aludes lo envolvió mientras la ira agudizaba sus sentidos. 
Un bello espectáculo. Más adelante lo repetiría. 
Volvía a no sentir el frío acuchillando su cuerpo, desnudo ante la nieve y los elementos. Como se debía estar. Como debía ser un auténtico Guardián.
Pero del olor especial, ni rastro.

La tercera noche por esas montañas lo alcanzó escalando otra de las incontables cumbres afiladas, un pico más sometido al interior gélido de la cordillera. No era especialmente elevado, pero los vientos jugueteaban a su alrededor como cachorros con salmones juveniles. El dichoso aroma era escurridizo. Hasta entonces tan solo había sentido el olor de presas menores malviviendo en los tétricos y difíciles valles. Poca cosa que mascar. Se había refugiado en un par de cuevas y había encontrado en una de ellas a un humano congelado de mirada extraña y cuya cadera le dio para poco más que roer sin extraer sabor. Era de verdad una tierra hostil que arrebataba la vida a los débiles sin ninguna compasión.

No hacía más de cuatro horas olió en el aire algo inusual para tierras tan heladas. Olía a arcilla caldeada, y a ovejas. Las ovejas están ricas. El olor se le escapó prácticamente enseguida, pero le dio una dirección para poder seguir el rastro: el pico que ahora mismo escalaba.

Cuando alcanzó la cumbre, una delgada lanza de piedra que daría vértigo a los monos, supo que había acertado en su astucia. Allí se reunían olores de valles muy distantes entre sí, bailoteando como pájaros de Lanrier cuando hacen la corte a las hembras, para inmediatamente escurrirse hacia diferentes valles y caminos entre las nubes que solo las águilas y los buitres conocen. Su larga melena dorada,  tiznada ahora de cristales de hielo, era azotada incansablemente por las mismas rachas de aire congelado que le traían la información que buscaba.

Olió fuego de leña seca, a leche, caldos. Olió aguas caldeadas de las que escupen las montañas de corazones calientes, olió a cabras, ovejas y vino... y olió humanos. Hombres, mujeres, niños y viejos... pero, ¿dónde?

No olían a humanos especiales. Era extraño. Los olores parecían venir de más al interior todavía de la espesa cordillera, donde el frío no hacía sino aumentar de manera desproporcionada, y no olía ni rastro de magia. ¿Cómo sobrevivirían?

Entonces lo captó.

Sus ojos se abrieron triunfantes conforme lo inspiraba. Instintivamente apretó la piedra que lo sostenía hundiendo sus garras hasta casi destrozarla. Lo tenía. Era tenue, incipiente, confuso entre los humanos, pero sin duda eso era lo que estaba buscando el primo Juma.
Era el olor del Heroísmo.