lunes, 13 de marzo de 2017

Cuentos de Un Bosque Tribal, Cap 7: Heire





Heire




El mapa original está siendo creado por Epic Maps... hasta entonces, véase este boceto.

Una jarra tibia de vino barato especiado con la mierda de esencias aromáticas del desierto. ¿Por qué ahora le echaban esa porquería al vino en estos tugurios? En noches como esta, lo mejor era callar y beber, pagar y largarse para rondar buscando cualquier otro local… lo malo era que la noche ya se había acabado, otra vez.
En semejante pocilga de ciudad ya ninguna mujer estaba dispuesta a acostarse contigo si no le soltabas al menos unos cuartos de cobre. ¡Unos cuartos de cobre! Por lo que valdría una pieza de pan en Altocastillo aquí retozabas con una jovencita que buscase quitarse el hambre del cuerpo aceptando cualquier oferta… o pagarse su siguiente dosis.

Casi siete horas atrás había apostado con unos pescadores Semeranos que podía encontrar sin problemas mujer que gozase con él sin soltar una sola moneda. Un fracaso de noche y demasiadas rondas pagadas como resultado.
Era cierto que su encanto juvenil ya se había retirado con las riadas del tiempo, pero los charcos y los lagos aún le decían que era un hombre apuesto.
No… no se trataba de él, sino de esta ciudad. Esta ciudad que no cambiaba... se pudría.
En su juventud la había visitado como se merecía. Dejándose perder por los arrabales y apostando sus ganancias de la guerra en peleas de perros y tugurios oscuros en los callejones más sórdidos y vomitivos, luchando contra estibadores en combates clandestinos donde la droga y el alcohol eran los contrapuntos a su constitución juvenil, arropado por auténticos compañeros y algún que otro buen amigo en las sucias peleas de navajeros de las callejuelas de Agratis.

Agratis... ¡la puta del mundo! Con más príncipes ella sola que el resto de naciones reunidas y con total seguridad el doble de perros y putas.

—¡Mesonero! Ponme alguna cerveza negra, sureña. Esta mierda especiada no hay quien se la trague —pronunció con desgana y cierta rabia.
Al imbécil que servía y mandaba en esa fonda apestosa lo había conocido cuando era un mozalbete atontado que manoseaba a las putas que su padre tenía en la taberna para los extranjeros, cuando estaban borrachas. Su padre era un buen hombre. Había vivido. Un pescador de las orcadas que hizo fortuna en las guerras de sus tierras, cuando la cabeza de un orco valía su peso en la sal bruta de Ortiz. Sus rostros nunca se habían encontrado en la batalla pero gracias a sus conversaciones habían podido saber que habían sangrado en la misma tierra, el mismo día, y que habían visto caer del mismo modo a sus hermanos de guerra por las mismas estúpidas decisiones de aquellos que se consideraban estrategas del Hierro.
Además sus putas eran estupendas, mujeres con las que no solo alcanzabas el placer, sino también la carcajada y algún que otro buen consejo de los que te acompaña para siempre en la cama.
El mesonero, que a juzgar por sus ojos estaba drogado con polvo celeste, ni lo reconoció, ni lo reconocería. Mejor. Tampoco él se encontraba con ánimo de intercambiar palabras con quien más bien merecía unas buenas hostias que le despejaran la vida.
Si vives en la casa de tu padre, y te alimentas de la carne que él consigue, tu deber es defender su honor y su vida, aun con la tuya misma. Y la mierda de medio hombre que tenía ante él sirviéndole cerveza negra aguada había visto cómo su padre era acuchillado en su propia taberna por traperos Lins que le querían robar las ganancias del día y, sin lugar a duda, estaría demasiado drogado o borracho como para haber hecho nada, o aterrorizado y paralizado como para acompañar a su padre a la otra vida.

El muy bastardo llenó la jarra de madera sin decir palabra, mordisqueando nerviosamente un pequeño pedazo de carne seca con el que jugaban sus mandíbulas. Le había dolido saber que Doyler había muerto de esa forma, tenía la mezquina esperanza de encontrarlo en su taberna y compartir otra vez con él relatos y risas como si los años no se hubiesen acumulado como tierra en su zurrón. Pero Agratis no perdona, y no hay espacio en sus calles para hombres justos, con dos cojones para defender lo que les pertenece por derecho.
Elara sin duda se compadecería del muchacho. Usaría su don con las palabras para hacerle entender que él también cargaba una gran piedra por sus acciones o su cobardía.

Heire miraba el contenido de la jarra con cierta repugnancia, ahí dentro podía haber cualquier cosa... y no obstante sentía la autodestructiva tentación de bebérsela sin más. Elara... estaba muerta, pero su presencia aún le acompañaba a todas partes. Cada vez el mundo estaba más vacío de personas que mereciesen la pena, y más lleno de miserables que merecían la espada.
Tiró la jarra de cerveza al suelo de un manotazo y se fue de la taberna ignorando tanto las protestas del imbécil como las miradas de desaprobación y desafío de los que se encontraban tomando los primeros tazones de tamil de la mañana.
Agratis... ¿qué coño estaba haciendo aquí?.
Tan solo vagar... vagar como un perro, porque ya no tenía a donde ir, y había perdido el derecho de considerarse lobo.
Aún era de noche, pero poco le quedaba ya al amanecer para asomar.  
Nada más salir de la fonda, algo raro en el aire llamó su atención.
Inspiró con determinación… Al fondo, entre calles, escuchó unas campanillas distantes.
Eran las nieblas. Tares volvía a hacer acto de presencia en el único reino del mundo que aún recordaba su existencia.
—Mierda… —susurró para sí mismo. <<Las putas nieblas>>.
Veinticinco años atrás las había aguardado con una expectación casi delirante. La fama de los asesinos de Agratis recorría el mundo en aquella época, y los días de Tares eran su momento de esplendor; el mejor para enfrentarse a ellos.
Comenzó a caminar en dirección al puerto este ajustándose el chanal hacia la cofradía de los Astures mientras lo invadían los recuerdos de aquella época de gloria. Con suerte el refugio de la vieja Kaya estaría vacío y podría descansar en él los tres días de la niebla con serenidad.

Al caminar recordó a Umelas y a Jansai casi como una obligación, y un hueco de tristeza se le instaló en el pecho. En aquel entonces eran tres jóvenes Ulderions que deseaban conquistar el mundo con sus leyendas, de viaje en viaje, de guerra en guerra, esperando la batalla que les ofreciera la gloria o una muerte digna de los apellidos de sus antepasados.
Jansai cayó sin que nadie lo viese. Su cuello fue cercenado en la Plaza de los Escombros el segundo día de la niebla. Su espada y su fíbula, su lengua y sus ojos nunca aparecieron. Joder... no podía haber muerte menos honrosa para un guerrero tan hábil como él. Hasta que la niebla no desapareció no pudieron encontrar su cuerpo, y para ese entonces los asquerosos perros que pululan hambrientos por todo Agratis ya habían dado buena cuenta de su carne. La visión lo asaltó como un golpe mal encajado en el estómago. Nadie estuvo a su lado para recibir sus últimas palabras, nadie entonó en su honor el canto de Mether para que su espíritu se despidiese del mundo con la convicción de que sus antepasados lo observaban.
Eran jóvenes... y eran Ulderion. Con más de cuatro batallas a su espalda se creían invencibles en el arte de la espada; aquellos días de niebla fueron una dura lección que tardaría años en asimilar.

Mientras recorría las calles empedradas y húmedas, atestadas como siempre por andamios de madera allá donde se posasen sus ojos, dedicados a la eterna reconstrucción de una ciudad que se descomponía y desmoronaba por una esquina, mientras se restauraba y mantenía por la otra, con el aire cargado de salitre y el cielo tomado aún por la oscuridad, pudo escuchar otra vez las campanillas de los siervos de Muyan tintineando entre los callejones. Advertían discretamente a los ciudadanos de Agratis que la llegada de Tares era inminente y que, con la Niebla, vendría la muerte a todo aquel que se encontrase en la calle.
Al poco las puertas y ventanas eran cerradas con celeridad nerviosa, y el repiqueteo de los martillazos claveteando las entradas de las casas comenzó a entonarse como un cántico descoordinado y roto.
Reforzarían puertas y ventanas, atascarían chimeneas y desplazarían todo cuanto pudiesen de las casas, desde muebles hasta barriles para ponerlo tras cualquier entrada posible... y todo sería inútil. Allá donde el asesino de Tares quisiese entrar, entraría, fuese tras un muro palaciego o bajo el techo empobrecido de los arrabales.

Las nieblas siempre venían desde el oeste, allende el mar. Targa era la primera de las islas de Agratis en ser engullida por su presencia albina y su terror. Desde Targa, las grandes hogueras de Muyan eran encendidas sobre el monte Palasto advirtiendo al resto de las islas de la llegada del dios de sangre lechosa. Así, gracias a las hogueras, de isla en isla ganaban horas a la niebla, de manera que cuando las campanillas comenzaban a repiquetear en Agratis, el pueblo y los nobles disponían de cierto margen para prepararse para la larga noche, blanca y roja.

Al poco rato se encontraba deambulando por los viejos astilleros de la cofradía. Las olas espumeaban al partirse contra las hileras de rocas ganadas al mar mientras el tiempo y el abandono carcomían las gruesas vigas de madera de las instalaciones. Una parte de la densa y caótica ciudad dedicada casi por completo al olvido pero en absoluto despoblada. Cientos de indigentes, tullidos y putas envejecidas, drogadictos y niños abandonados se escabullían y guarecían en otros tantos cientos de rincones entre las ruinas. En tiempos muy lejanos los maestros astilleros de Agratis habían tenido fama de hábiles constructores navales, y excelentes navegantes, Heire había llegado a oír de labios de un Hijo del Sol que Agratis había alcanzado en el pasado la cifra de treinta y dos cofradías de astilleros, de más o menos reconocida reputación, más que ninguna otra ciudad en la historia.
Hoy día, que él supiese, tan solo quedaban tres trabajando y una de ellas se dedicaba exclusivamente a construir y reparar naharatis para quienes podían pagarlos y se atrevían a utilizarlos. Ninguna de dichas cofradías se encontraba ya en esa parte de la ciudad, que había sido invadida por los desamparados y la podredumbre.

Embutido bajo su chanal, un cubrelotodo viejo y deslucido con el corte característico de Agratis, y ataviado con un estado de alerta como solo la experiencia en décadas instruye, Heire pasaba inadvertido entre la maraña de los olvidados somnolientos que malvivían en los restos de los astilleros. Entre toses y gritos lejanos, pequeñas hogueras o rescoldos de brasas ocultas en nichos atestados, quejas agónicas y llantos de bebés que probaban desde sus primeros días la mierda de vida que les esperaba en esa ciudad maldita. Eran los más indefensos, y serían los últimos en saber que las nieblas y su ley sin ley estaban tomando las calles. Era demasiado temprano para la mitad de los miserables que malvivían en los viejos astilleros, casi todos estaban refugiándose en los sueños o la ebria inconsciencia, pero alguna que otra puta desfigurada se mantenía en pie tras una noche de labor infatigable y como ella varias figuras más que no se tomaron la molestia de ponerse en pie le hicieron gestos o silbos a Heire al pasar cerca, susurrando ofertas de sexo, enfermedades o drogas.
Mierda de vida...

Cuando comenzó a dejar atrás la parte más colmada de indigentes y niños se le acercó una figura cabizbaja a paso lento de borracho, con fingida cojera y agarrándose las entrañas como suelen hacer los adictos a la sal verde. Escondía algo entre las manos, tras los pliegues de una capa cobriza desgarrada casi en jirones y que sin duda le haría de manta, de armadura y de hogar. Era una pequeña espada.
Sus direcciones eran opuestas y pese a que Heire varió su rumbo para apartarse de su camino con holgura, el falso harapiento lo corrigió demasiado evidente como para fingir que era por casualidad.
Al estar a poco menos de dos pasos y sin mediar palabra, el aprendiz de asesino, o ladrón, o suicida, pretendió lanzar una estocada a las entrañas del Ulderion con una pequeña espada rota y oxidada. Un ataque inexperto y titubeante. Heire se apartó a la izquierda dando un paso largo, lo justo como para que ese arma infecta no rozase siquiera un hilo de su cubrelotodo y a la vez que su pie tocaba el suelo rematando el paso, asestó un atronador codazo con el brazo derecho en plena cara a la pobre criatura, sintiendo el crujir de sus dientes ante la potencia de su protector de codo de acero.
El cuerpo cayó contra el suelo con brutal violencia arrastrado por el codo del Ulderion.
Al momento Heire sintió la presencia de otras cuatro figuras que se agazapaban entre los escombros circundantes, observadores y cómplices que sin duda permanecerían escondidos por la inesperada y contundente respuesta del desconocido cubrelotodo.
Sangrando y gorgojeando en el suelo, se encontraba el cuerpo de una mujer. No, de una adolescente. Heire ya había matado a más de una persona de codazos semejantes, pero esta vez no había impactado con toda su carga. No tenía demasiado sentido, en Agratis había que despejar toda duda sobre si se era o no una presa fácil en cuanto te encontrabas en situaciones como esa, pero una muerte así era insignificante al banquete de Nergal, y su sed de sangre juvenil se había ido ya con los otoños pasados.
Observó a la chica a sus pies con cierta lástima. <<Joder...>> Antes de ese codazo hasta le habría resultado hermosa. Sin duda se la habría follado a placer esa misma noche si sus caminos se hubieran encontrado de otro modo.
Se ajustó el cubrelotodo entorno al rostro y, sintiendo asco por sí mismo y sus pensamientos, siguió su camino con la seguridad de que no volvería a ser molestado.

¿Qué estaba haciendo en Agratis…? Verdaderamente estos últimos tres años le estaban consumiendo la vida. Cada vez más pensaba en Kiloam, y en el Último Camino. La mera mención del templo verde le revolvía las entrañas... y sin embargo...

Para acercarse a la entrada oculta de la vieja había varios caminos que atravesaban los astilleros, eran llamados por los ciudadanos de Agratis “las sendas de la miseria”, y si bien eran temidos por su peligrosidad, relativa en Agratis, era mucho más temido por todos el concluir siendo uno de sus habitantes. Eran caminos inventados un tanto laberínticos creados a base de despejar escombros y basura por los mismos miserables que los utilizaban, de modo que al caminar a ambos lado se encontraban montañas de ruinas entremezcladas con basura y restos de los astilleros: vigas, metales oxidados, telas y redes podridas... de todo. Heire tan solo recordaba uno con cierta seguridad, el que había utilizado en su juventud para largarse y que le había conducido por casualidad a la vieja Kaya; pero había muchos cambios, habían pasado casi quince años y la ciudad de Agratis cambiaba con frecuencia, como si fuese un gran cajón de arena mezclada con ladrillos amontonados que alguien sacudiese de vez en cuando.   

La entrada al refugio de la vieja estaba oculta entre toneladas de escombros de una de las gruesas paredes de piedra que se había derrumbado hacia el mar. Esa zona de los astilleros estaba, como casi todo el puerto, elevada varias varas por encima del nivel del agua y los restos de la pared que ocultaba la entrada habían caído al asalto sobre la línea de costa. Los miles de piedras y escollos tapiaron la salida de aguas de uno de los pudrideros de la ciudad, que era la entrada misma al cubil de la vieja, de modo que un intensísimo hedor a residuos de curtiduría, mierda lin, carne y verduras podridas anegaban la zona. Las aguas ponzoñosas se filtraban entre las gruesas y desordenadas piedras haciendo pequeñas cascadas de pura mierda liquida, portadora de las peores enfermedades imaginables. La entrada no era compleja durante el día si la conocías bien, era una suerte de túnel que se había formado de manera natural durante el derrumbe y que te adentraba a través de la boca del pudridero a un par de estancias bajo el puerto de utilidad desconocida para Heire. Un espacio como el de Kaya valía un tesoro en Agratis. La vieja seguro que ya estaba muerta, así que la cuestión era si el sitio tenía nuevos inquilinos o si estaba deshabitado.

La marea estaba baja, en creciente. Una fortuna para acceder y una calamidad para los sentidos. Marea alta significaba bucear entre los excrementos buscando el acceso. Marea baja significaba que el cieno y el limo de la costa desprendían un hedor inimaginable que, con el casi nulo viento de la noche, tendría sobre la zona una nube inmóvil de tufo con vida propia. Se le revolvían las entrañas con solo imaginarlo.
El sendero de la miseria le había hecho internarse un poco en los astilleros, de manera que perdió de vista unos minutos el mar. Al cabo, dobló el que calculaba debía ser el último recodo del sendero, entonces no pudo más que asombrarse ante la imagen que lo esperaba prácticamente al lado de la antigua entrada.
A pocos metros por delante de la montaña de piedras que ocultaba el acceso, bien entrado en el mar habían erigido un firme y grueso pilar de solemnes rocas cinceladas. Eso era nuevo. En él se hallaba incrustada una enorme cadena de fortísimos eslabones de hierro, tan grandes que dos manos no podrían abarcar una de sus secciones. Miles de kilos de hierro en forma de una gruesa cadena que se extendía hacia el cielo, hacia un enorme naharati que reposaba flotando plácidamente a pocas varas sobre las aguas de la bahía.
En cuanto vio el artefacto volador, instintivamente, se ocultó tras las paredes de piedra que todavía se mantenían en pie. Ese naharati no era común. ¡Era inmenso! Tenía dos gigantescos pepinos de madera sobre una nave ricamente adornada con los escudos de las casas nobiliarias de Agratis que colgaban como grandes y coloridos tapices del borde de su cubierta, dejándose mecer por el viento. Estaba ricamente pintado, adornado y mantenido y se podía apreciar una gran actividad de marinos en las cuerdas y redes que unían los pepinos con la nave.
Entonces se dio cuenta de la peligrosa posición que, sin pretenderlo, se encontraba representando: bajo un cubrelotodo estaba observando a hurtadillas el naharati del Príncipe de Agratis, justo cuando los siervos de Muyan anunciaban la llegada de Tares, cuyas nieblas podía ver extendiéndose ya sobre la superficie del mar más allá de la bahía de las columnas, rodeándola, dando el cerco definitivo a la isla capitolina de los Príncipes Lin y antes de comenzar su asalto a la costa continental.

Heire sonrío sin poder evitarlo. Cualquiera que lo viese en esas circunstancias sin duda gritaría con horror: “¡Asesino!”.  Y tampoco se equivocaría demasiado.

Sus opciones no eran halagüeñas. Lo mejor que podía hacer era esperar a que las nieblas lo invadiesen todo, y entonces buscar a tientas la entrada al refugio de Kaya. Se iba a poner de mierda hasta las orejas... ya lo estaba viendo. Pero pretender huir ahora por entre los senderos de la miseria era casi suicida, incluso costear los astilleros por la playa de cieno era una opción pésima. Y desde luego intentar acceder ahora al refugio sin que lo viesen era una estupidez ingenua. No sabía cuánto tardaría la niebla en envolverlo todo, y encontrarse en semejante desorientación con los gremios de asesinos sueltos buscando sumar ejecuciones era una locura sin sentido. Durante los días de Tares, el asesinato era prácticamente legal, y una cabeza extranjera era un premio jugoso, más si se trataba de un Ulderion, y más si era un veterano como él.

Observó el naharati a través de las fisuras y huecos de la pared durante un instante mientras cavilaba. Luego observó dónde se encontraba él y qué había a su alrededor. La amplia nave en ruinas del astillero era un pésimo campo de batalla para enfrentarse con asesinos, de modo que buscó un espacio reducido donde esconderse y que se mantuviese cerca de la nube de pestilencia del pudridero, para que su propio olor a vino, cerveza y sangre se viese mitigado lo máximo posible. Ahora lamentaba cada una de las cervezas que había tomado esa noche.
Encontró un buen hueco entre escombros, de espaldas a la última pared que lo separaba del mar, era poco menos que una cueva hecha a mano entre los restos que alguien había usado como hogar en más de una ocasión. Allí desplazó algunas piedras haciendo el menor ruido posible dando con ellas más opacidad a su escondite.

Sin lugar a dudas, con el naharati tan cerca de las cofradías, la guardia del Príncipe habría apostado asesinos de confianza en los senderos de la miseria y no sería de extrañar que también hubiese apostado hombres protegiendo los soportes de las cadenas que estabilizaban al naharati. Si ese era el caso, podía darse por descubierto. Estuviesen en los tejados, ocultos sobre las gruesas vigas que todavía se mantenían en su sitio o tras los montones de ruinas que estaban dispersos por todas partes, si protegían esas cadenas ya lo habrían visto y, sin duda, en cuanto la niebla lo envolviese todo, atacarían.
Cuando remató su penoso escondite, se acomodó en él, desenvainó sus armas y calculó sus posibilidades.
Tenía tres buenos cuchillos de batalla afilados como para esquilar ovejas, un hacha de mano bien equilibrada que podía arrojar con excelente precisión y sobradamente capaz de atravesar una cota de cuero simple, aun reforzada con láminas de cobre, y sus guantes reforzados de acero con los que era capaz de sesgar una vida de un buen puñetazo directo... y por supuesto, su espada de Iridio. No... “su” espada no. La espada de su padre. Prácticamente el último recuerdo que le quedaba de las tierras que lo vieron nacer cuarenta y cinco inviernos atrás.
Envainó nuevamente sus armas sin ajustarlas, de manera que fuese veloz desenvainarlas.
Cuarenta y cinco inviernos y ahí se encontraba. Sin rastro de honor, leyenda ni fortuna, escondido como un vulgar ladrón con todas sus pertenencias a la espalda, en un rincón insignificante de la peor ciudad del mundo. Con recuerdos pesados como piedras de toque, y los rostros de sus seres amados difuminados por el paso de los años y la sangre, desplazados por las caras de los desconocidos que habían tenido como última visión su rostro enfurecido.
Algo silbó en el aire tenuemente.
Heire apartó la cabeza en un veloz acto reflejo, lo justo para que el dardo que se había colado por la rendija que estaba usando como visillo se estrellara contra las piedras de su espalda, a medio palmo de su cara.
Ya estaban ahí. Y ese había sido un muy buen disparo.
Desenvainó el hacha pequeña.
Volvió a poner su cabeza a tiro a la vez que tanteaba la situación por la mirilla improvisada, y rápido como una centella tapó el pequeño hueco con la parte plana de su hacha de mano.
El sonido del dardo contra el metal fue seco y quebradizo. Quienquiera que fuese, era muy diestro con la cerbatana. El vistazo le dio para saber que las nieblas aún no habían penetrado en el astillero aunque seguramente ya lo habían rodeado por el mar, donde su discurrir libre de obstáculos era más veloz. El asesino debía encontrarse entre los montones de escombros que tenía justo en línea recta, a unas ocho o diez varas, de otro modo era imposible colar ese dardo por la rendija, pero de él no pudo percibir nada.
Sin duda serían tres. Cuatro asesinos eran demasiados para proteger un punto vital de acceso al naharati del Príncipe, si decidiesen atacar por su cuenta buscando la fortuna o el prestigio de cobrarse una cabeza importante podrían dar serios problemas a la guardia del naharati. Dos eran demasiado pocos, nada efectivos para realizar emboscadas o luchar contra grupos más numerosos. Tenía que haber tres, y sin duda uno estaría preparado para escapar si las cosas se torciesen, y advertir a los guardias del naharati que dicho punto crítico había sido violado.

Ya casi los sentía en su imaginación, silenciosos como gatos, buscando la forma de hacer blanco, ajustando los ángulos posibles para su sinfín de pequeñas armas envenenadas.
Apartó el hacha sin mostrarse y con cautela tapó el agujero con una piedra irregular que hacía casi imposible colar una pajita por las rendijas que quedaban. Si el tipo que disparaba con la cerbatana colaba un dardo por ahí, es que merecía su cabeza. Heire decidió que si moría así, se aseguraría de que su rostro mostrase una sonrisa como regalo, para cuando el asesino la alzase ante los suyos.

Sonó un chasquido contra la piedra recién puesta y, acto seguido, un sinfín de piedrecillas fueron arrojadas a pocas varas de él, a su derecha. Se acercaban y pretendían ocultar cualquier sonido que revelase por dónde.

No podía ver prácticamente nada. La pequeña entrada de su cueva improvisada daba directamente a una pared a punto de derrumbarse y salvo por ese acceso todo cuanto le rodeaba era piedra y algo de madera caóticamente amontonado. El espacio de su fatídica cueva de escombros le permitía un mínimo de movimiento. Desenvainó la espada de su padre con el silencio habitual de su funda y se desenganchó el pequeño zurrón de cintura y el cubrelotodo. Cogió el mayor de sus puñales con la mano izquierda, asegurándose de que su pequeña hacha estuviese bien preparada en su funda... y escuchó.

La ciudad se quejaba desde el fin del mundo. Minúsculas olas sacudían las piedras esparcidas por la costa del destartalado astillero mientras el sonido de llantos y lamentos se hizo notar en las profundidades de los senderos de la miseria. El aumento de su tono le hizo saber que las nieblas comenzaban a envolverlo todo, haciendo crecer el miedo en las entrañas de la gente. Algunos pájaros trinaban indiferentes desde sus nidos entre las vigas y la mugre, acurrucándose como ante la llegada de la noche; él sentía su propio corazón latiendo con tranquilidad, llegando con un suave retardo a sus tímpanos latido tras latido mientras movía la cabeza con lentitud, intentando orientar sus sentidos, buscando sombras. Incontables horas de guardia y acecho le habían enseñado a permanecer inmóvil. Inmóvil entre ramas, inmóvil en la nieve mientras esta le mordía los cojones con sus colmillos helados, inmóvil entre sombras mientras antorchas desorientadas le daban caza, inmóvil y aferrado a columnas de algas gruesas como cuerdas sintiendo como sus pulmones se convertían en cuchillas que lo desgarraban por dentro, inmóvil entre los cuerpos mutilados de sus compañeros, envuelto en su sangre y sus vísceras mientras las botas de los victoriosos buscaban carne caliente que rematar entre los restos de la masacre... Heire sabía estarse quieto, la vida le había enseñado, en no hacer nada ya era un puto profesional, algo dudosamente honorable para un Ulderion, pero extraordinariamente efectivo para un superviviente.
—Estás muerto. Lo sabes, ¿verdad? —la voz sonó de pronto, suave y contenida, impactantemente cerca. Heire miró hacia arriba muy lentamente. El cabrón estaba en pie justo encima de los escombros que le hacían de techo. ¡No lo había oído llegar en absoluto!
—Eres un varón corpulento pero de movimientos ágiles. Te has cuidado bien de no mostrar tu rostro, aun cuando creías caminar a solas por este lado tan apartado de la ciudad... —<<que suerte, le apetece hablar...>> pensó Heire con sorna mientras calculaba su posición lo mejor que podía, y tanteaba la dureza de las piedras que los separaban —...pero si buscabas una forma fácil de llegar al cuello de nuestro príncipe, te has equivocado de camino.
De pronto calló. Justo cuando Heire comenzaba a apuntar en la dirección de la voz con su espada. No podía permitirle el silencio, si no hablaba no sabría con seguridad donde se encontraba, y con suerte, con mucha suerte, solo tendría una oportunidad.
—No vengo a buscar el cuello de nadie —dijo sin pensar con su voz ronca y desgastada —tan solo buscaba un refugio para las nieblas. Conozco el sabor de la sangre, asesino, déjame marcharme en paz y sigamos los cuatro con vida.
No tuvo respuesta inmediata. Sabía que debía hablar con cierta osadía, aunque su posición fuese un desastre, y esperaba haberle impactado con la cifra... si había sido correcta.
––Tienes un delicioso acento, extranjero —respondió. Heire sonrío corrigiendo el ángulo de su espada —aunque no acabo de precisar su origen. ¿Ebroni? ¿Altaire quizá? Da igual, no es nada importante, no me interesa tu historia, ni lo que hayas venido a hacer aquí —la voz sonaba joven, a treintena quizá, y el hecho de que lo pudiese confundir con un Altaire, pese a ser una ventaja, no dejaba de ser un insulto. Heire se dio cuenta de que la voz, muy despacio, se había acercado algo más... ¿se estaba agachando? Miraba al techo de su cubil sin dejar de prestar atención a la sinuosa entrada, sabiendo que el cualquier momento una cerbatana podía asomar por cualquier rendija trayéndole la muerte. “¿lo que hayas venido a hacer aquí?”. En su mente se formó una idea.
—Te diré lo que va a ocurrir, extranjero —en su voz se adivinaba una sonrisa —, el veneno que estoy vertiendo encima de ti, se abrirá camino entre las piedras hasta gotear sobre tu cabeza de perro. Y en cuanto una pequeña gota toque tu piel, o caiga sobre tu pelo...
—¡Debería interesarte lo que he venido a hacer aquí! —lo interrumpió. La revelación del veneno entre las piedras lo había sobresaltado. Sin duda era cierto, por eso el asesino lo había hecho hablar a él, para saber su posición bajo los cascotes... <<¡mierda de Dioses en mi boca! ¡Estúpido!>> Si intentaba una salida forzosa lo abatirían con dardos sin ninguna duda.
—¿A… sí? —le respondió la jovial voz, con cierta diversión. Heire desplazó la cabeza todo lo que pudo antes de volver a hablar para dar la sensación de que se había movido. Su máxima atención estaba ahora en localizar cualquier gota de líquido que asomase entre las rendijas sobre su cuerpo, y en ubicar la posición de su enemigo.
—¡Si!. El embajador de mi nación va a ser asesinado en ese naharati. Soy su hombre en las calles, y sé que los asesinos intentarán entrar por aquí —lo dijo con toda la convicción que pudo reunir, aunque se dio cuenta casi al instante de que le faltaba tensión en la voz, alguna tensión propia de la situación… su voz, estaba demasiado apagada.
No hubo respuesta. Salvo una pequeña gota que sin previo aviso se dejó caer desde la oscuridad de una fisura pasando entre sus brazos, justo delante de su cara, y cayendo en su regazo sobre sus pantalones de cuero.
—Interesante… —respondió de pronto el asesino —¿y cuál es el estandarte que defiendes con tanto arrojo? —otra gota cayó sobre su hombro derecho, mientras veía cómo el destello del líquido comenzaba a atestar las rendijas —¿de dónde vienes, perro sureño? ¿de más allá del Ocaso...? ¿eres arani tal vez? —<<¡joder!>> Su argucia no era mala, ¡pero al tipo no le importaba lo más mínimo! Dejaría que el veneno lo alcanzase dijese lo que dijese… solo estaba jugando con él —¿de Lanc Dor? —preguntó con cierta incredulidad —no... de tan lejos es imposible ¿verdad?.
—Soy… —era matar o morir... o matar y morir tal vez... —¡Soy...! —La misma idea le dio fuerzas. Velozmente arrojó su puñal al azar pero con ímpetu hacia la entrada de su escondite forzando una distracción y cogió su cubrelotodo de cualquier manera —¡¡ULDERION!! —y embistió gritando contra  las rocas que tenía encima con total violencia, empotrándose contra ellas e ignorando el dolor, haciendo que la espada de su padre atravesase en línea recta los peñascos, y confiando en que su filo de Iridio mantuviese la templanza necesaria para sesgar los que ofrecieran resistencia. Sintió a través de las muñecas la dureza de las piedras y cómo estas se movían por el empuje de su cuerpo. Sintió a otras vencidas por el filo de su espada y sintió cómo su punta asomaba hacia el exterior libre ya de obstáculos mientras él todavía luchaba contra el peso implacable de los escombros. Entonces algo indefinido ofreció cierta resistencia al afilado metal y de pronto blandas y húmedas entrañas recibían el beso de su acero, violento y resolutivo mientras el dolor de las piedras desgarrándole la cara y los brazos le apuñalaba como justo pago a semejante osadía. Con toda la rabia e ira, la frustración y el odio que la vida le había otorgado como tesoro y equipaje, retorció la empuñadura de su única compañera sintiendo como esta igualmente retorcía y exprimía la vida de su enemigo al otro extremo. Gorjeos inútiles cargados de sangre y sorpresa de un rostro que no pudo ver, pues su propia cara estaba empotrada entre las piedras. Era un rostro que no deseaba conocer. El cuerpo se desplomó sobre las piedras y sobre él, y al poco la sangre caliente era la que surcaba las rendijas, ansiosa por alcanzar al veneno que el pequeño bastardo había vertido para matarle.
Su corazón se aceleró de pronto obligándole a hacer varias respiraciones ahogadas. La mitad de su cuerpo estaba aprisionado por las piedras que había intentado atravesar, gran parte de los escombros se le habían derrumbado encima… su ímpetu se detuvo, incapaz de atravesar la barrera rocosa. Pensar que habría esquivado el veneno poniéndose el cubrelotodo de cualquier manera era una estupidez… la garganta se le comenzó a cerrar, y puntos de dolor extremo brotaron como setas en otoño por todo su cuerpo... el resto de asesinos vendría... y se acabaría todo. Por fin se acabaría todo... Estúpidamente pensó que querría saber al menos si eran tres... o dos... si en eso había acertado... si su vida acabaría por lo menos con un acierto final.
Sintió el sabor de la sangre en la boca y las últimas fuerzas que lo mantenían, lo abandonaron. Todo se derrumbó sobre él. No retuvo voluntad ni para mantener empuñada su espada.
No le quedaba honor ni para eso en esta vida.
<<Honor>> pensó mientras sentía cómo su cuerpo excretaba cuanto tenía en las entrañas.
Honor...