lunes, 27 de marzo de 2017

Cuentos de un Bosque Tribal. Cap 9. Rin: en la aldea.

Rin




Larns y Mádreon Gólter hacían guardia en el congelador, la pequeña caseta a la entrada del pueblo. Según habían entendido al desdentado de Merlden, la razón por la que estaban ahí sufriendo la noche era porque tanto el chico Váldar como su novia habían vuelto acojonados del páramo al anochecer. Decían haber visto al niño de los Tábot transformado en una bestia comeperros, o algo así. Kanna Llúmdeom y Hédrik Parnaus hacían guardia en la caseta de enfrente, al otro lado de la calle. A los cuatro los había llamado Inana personalmente, que apareció acompañada por Merlden en cada una de sus casas. Les dieron las instrucciones de las guardias a la vez que reclamaban a los adultos de cada hogar para asistir a una reunión en casa del elegido, Homon Bínder.

Parecía mentira que todos tuviesen que hacer guardia y casi abandonar sus mesas durante la cena por otra de las estúpidas historias del chico Váldar, y más cuando estaba comenzando una tormenta colosal.
—Como coja a ese malnacido mañana... —repetía cada poco Mádreon frotándose las manos mientras movía el cuerpo, aterido bajo tres capas de pieles que no alcanzaban a detener el frío—. Se me congelan los putos dedos hermano, déjame los guantes un rato y ten la espada un poco.
—Olvídalo, aguanta un poco más y nos cambiamos —durante las guardias en el congelador había dos opciones: o guantes, o espada ––, no haber dejado que las brasas se apagasen. caliéntate pensando en lo que le harás a Alenci mañana al mediodía. Porque esta nos la paga, vaya que nos la paga.
—No lo soporto, ¡no siento la punta de los dedos! Voy a ver si Kanna me da un poco de su caldo o nos dan una brasa viva.
—Tienes que dejar de molestarla hermano ––le advirtió Larns, que sabía la opinión que la fuerte moza tenía de su brutal hermano ––. Durante el plenilunio de Jolthún ya intentaste cortejarla y te respondió con una coz, esa no quiere saber nada de ningún Gólter, moléstala otra  vez y te volverá a dejar en el suelo de otra coz y con la barba congelada.
—Bah, solo voy a pedirle un poco de caldo para calentar el gaznate, no creo que esa zorra me niegue un sorbo de vino.
—¿No será que quieres ver si el viejo Hédrik tiene más suerte que tú con el caballo? —así la llamaban.
—A ese le sobran años para una mujer tan brava, a la primera embestida de cadera lo partiría por la mitad —ambos soltaron una carcajada mientras el más joven de ellos salía a desafiar al frío.
Cruzó a tientas en la oscuridad las escasas seis varas que separaban ambas casetas, siete pasos largos que se hacían duros luchando contra el viento helado cargado de nieve que venía del páramo. Su guía eran las antorchas del otro congelador, que apenas le permitían ver dónde estaban el constructor y la fornida mujer. El sonido del viento silbando contra la aldea era tremendo y no permitía que se escuchase nada al estar bajos su influjo.
—¡Demonios! —exclamó a modo de saludo al encontrarse en el umbral de la caseta —parece que Amaru está verdaderamente cabreado con nosotros.
Mádreon se encontró con el constructor y la muchacha, fuerte como pocos hombres, vigilando atentamente por una de las pequeñas ventanas del congelador.
—¡Tchss! Cállate Mádreon —le espetó el caballo sin siquiera volver la cara.
—Parece que haya algo ahí fuera ––le informó el constructor con un susurro. Mádreon, con las barbas heladas, se sorprendió de encontrarlos tan metidos en la guardia. Jamás había habido nada en los páramos, las guardias eran para que los jóvenes se entrenasen contra el sueño y el frío.
Localizó con la vista el odre de caldo y se dirigió a él para cogerlo. Colgaba de una rama de cedro templándose al lado de las brasas, lo abrió y lo olió con satisfacción a la vez que dijo con sorna:
—Si, la bestia del niño Váldar que viene para rajarnos el culo mientras dormimos ––...si que estaban juntitos mirando por la ventana esos dos. Todavía les quedaba más de la mitad del odre así que le dio un buen trago.
—¡Ahí! ¿lo has visto? —susurró el viejo constructor al caballo con gravedad. Al principio la llamaban “la yegua”, pero no expresaba bien la sensación que producía cuando se enojaba.
—¡Si! ¡Está más cerca! Es… pequeño —el constructor tenía la espada desenvainada, y Kanna aferraba con fuerza su puñal de destripar ovejas. Parecían tensos, la cosa comenzó a no hacerle gracia.
—¿Decís que hay algo ahí fuera? —preguntó también susurrando, desconfiando de que no fuese más que una estúpida broma propia de las guardias.
—Sin duda. Lo he visto moverse despacio entre las sombras al menos dos veces —afirmó tajante Hédrik; y el constructor podía ser muchas cosas, pero no era la clase de hombre que bromease con algo así.
—Yo también, Gólter. Y por cierto, no deberías dejar solo a tu hermano, y menos desarmado por un trago de caldo —le había escupido las palabras con evidente desprecio, pero tenía razón. Mádreon hizo amago de salir sin decir más, pero entonces el constructor le agarró por el cinturón con la fuerza propia de un adulto de su oficio.
—Cuando llegues con tu hermano, dile que vaya a buscar al resto de hombres. Todos están en la casa de Homon. Y tú vuelve aquí con nosotros ¿me has entendido? No debes quedarte solo en la caseta.
—Sí —le contestó Mádreon con seriedad.
—Pues ¡ea!
El más joven de los Gólter salió otra vez a la nieve y el viento lamentándose por haber sido tan estúpido como para dejar a su hermano solo en mitad de la noche con el pueblo temeroso de que una bestia rondase el páramo. Si de verdad hubiese alguna bestia sin duda estaría hambrienta, quizá fuese un oso o un fantasma como decía el muchacho Váldar… un escalofrío le recorrió la nuca mientras avanzaba vigilando la oscuridad del páramo a su derecha, inescrutable, a la vez que luchaba contra la nieve para alcanzar a su hermano en el congelador.
—Al menos esta vez no te ha roto ninguna muela —le dijo Larns cuando lo vio aparecer en el umbral de la caseta sacudiéndose la nieve de los hombros y  de la capucha de pieles.  
Mádreon no le contestó, se limitó a cruzar el congelador y pegar bien sus barbas al ventanuco de observación que daba al páramo. Ahí escrutó la oscuridad todavía dudando de si se trataba de una broma <<no puede ser, es demasiado estúpido hasta para una mujer>> pensó.
—¿Qué ocurre hermano? Cualquiera diría que has visto a nuestro difunto abuelo y ¿por qué no has traído las brasas? —Larns se frotaba las manos aún con los guantes puestos. Si hubieran sabido que habría tal tormenta habrían traído la ropa de leñar —¿qué se te ha perdido ahí fuera, Mádreon? ¿El caballo te ha puesto una…?
—Kanna y Hédrik dicen que han visto algo moviéndose ahí delante —le cortó Mádreon.  Larns guardó silencio durante un momento.
—Ahora se estarán riendo a tu costa y disfrutando de su caldo —le respondió este.
—No lo creo, y habla bajo —no dejaba de acechar la oscuridad con seriedad. No quería decirle a su hermano que fuese a por el resto de los hombres antes de ver él mismo algo moverse ––no tengo una buena sensación, Larns ––una cosa era que una mujer te arranque un trozo de muela de un puñetazo cuando estás borracho y otra muy distinta quedar como un imbécil delante de toda la aldea por miedo a la oscuridad y a las palabras de otro.
Entonces lo vio. Era un bulto pequeño, puede que como un niño de grande. Sintió un aguijonazo de alerta y temor y el corazón se le desbocó en el pecho.
—¡Por Ea y todos sus hijos bastardos! Ahí fuera hay algo hermano —dijo Mádreon con su voz grave y rugosa en un tono tan bajo que pareció una voz fugitiva salida de una tumba.
—No puede ser cierto ¿Qué puede haber en el páramo con esta tormenta? —le respondió severo.
––Sea lo que sea como mucho está a diez varas, o menos. Ve a casa de Homon y tráelos a todos ¡Que vengan todos! Y que traigan arcos y lanzas, y más antorchas.
—¿Cómo? —Larns no acababa de creerse las palabras de su hermano y se disponía a ponerse a su lado para observar la oscuridad. Pero Mádreon lo agarró por las pieles del pecho antes de que pudiera siquiera divisar nada por el ventanuco.
—¡No pierdas tiempo! Si alguna vez has confiado en tu hermano hazlo ahora, yo iré con Kanna y Hédrik a la otra caseta, ¡Ve, y volved pronto!
Larns necesitó un segundo para recomponerse ante lo rápido que habían cambiado las expectativas de la noche. Luego asumió en silencio y se acercó al umbral de la caseta, se detuvo a sacar su cuchillo de caza, cogió una de las antorchas de la pared y partió contra la tormenta invernal que azotaba la aldea en dirección a la casa de Homon.
Mádreon se quedó un instante solo, acechando por la ventana, retando al miedo. No se distinguía nada.
Al poco cogió la antorcha que quedaba y salió hacia el otro congelador para reunirse con el constructor y el caballo. Las manos le dolían horrorosamente a causa del frío, especialmente la derecha, atenazada por la tensión de empuñar la espada en semejantes condiciones.
A mitad del camino pudo ver como Hédrik lo observaba desde el ventanuco que daba a la calle, iluminado por una de las antorchas del interior del cuartucho. El viento amenazaba con apagarle la antorcha y la nieve alcanzaba ya casi la rodilla de altura, pronto costaría demasiado caminar. Lanzó una mirada fortuita hacia el páramo, desde donde venía el mayor influjo de viento cargado de hielo, y lo volvió a ver.
Era una sombra vacilante en mitad de la oscuridad helada, a no más de seis varas de él. ¡Seis varas! Sin duda era mayor que un niño. Tensó la mano todavía más en la empuñadura y, sin saber por qué, pensó en Amaru rompiendo las puertas del infierno para enfrentarse a Nergal y poder así purificar su honor de guerrero, manchado por sus acciones.
Se detuvo, servero contra el viento y alzó la antorcha.
—¡¿Quién va?! —se descubrió gritando hacia la profunda oscuridad del páramo.
Nadie respondió, la sombra se acercaba, lentamente. Toda la fuerza del viento le azotaba los ojos y le congelaba la barba sin piedad. La antorcha no duraría en tales condiciones.
—¡¿Quién va?! —repitió bramando. Sabía que nadie podría resistir la noche del páramo por muchas pieles que tuviese, con suerte sería un oso perdido, cansado y confuso que hubiese despertado en las montañas... o quizá una cría… <<No puede ser un oso, un oso es peludo y enorme>> pensó tajante. Jamás había visto un oso, pero sí sus pieles, y esa cosa era pequeña. Sin haberlo decidido lanzó la antorcha hacia la sombra con intención de iluminarla de una vez pese a que él mismo se quedase a oscuras. Tan solo estaba a tres varas de Hédrik, correr hacia a la caseta siempre sería una opción.
Pero la fuerza del viento engañó su lanzamiento y la antorcha cayó a menos de una vara del misterio, casi apagada por completo por el viento y la nieve. Había sido una estupidez. Tapaba la nieve y el viento con la mano intentado ver algo en mitad de la nada… Y entonces los tres pudieron ver como la sombra se adelantó para coger la antorcha con una mano borrosamente humana, y levantarla cerca de su propia cara a la vez que parecía ponerse en pie con dificultad.
––¡Mádreon, ven! ––ordenó el constructor. Pero él no obedeció, necesitaba ver quién sostenía la antorcha, quién podía resistir al páramo durante la noche.
Lo que la antorcha iluminó fue la más terrible, maléfica y desquiciada sonrisa que Mádreon había visto en toda su vida. Dientes acolmillados con el refulgir del acero en un rostro casi albino, arrugado en una sonrisa tan forzosa que pareciera que pretendían arrancarle la cabellera por la nuca. Una larga melena rubia y congelada se descolgaba sobre los hombros desnudos y fibrosos, pesada como si el viento no fuese suficientemente fuerte como para mover su cabello, era la criatura más terrorífica que sus más retorcidas pesadillas pudieran proporcionarle.
Sintió terror, pánico, la muerte. Sintió un terror tan profundo y tan antiguo que no pudo sino petrificarse convirtiéndose en una estatua de hielo a semejanza de los colosales Ginjil, los demonios convertidos en piedra por Amaru durante la rebeldía de los Gigantes en la batalla por el dominio del cielo.
La criatura se limitó a quedarse quieta, mirándolo con unos agudos ojos amarillos como los de la serpiente Jormund, entonces no tuvo ya ninguna duda: estaba en presencia de un demonio. Tenía delante de él a uno de los hijos de Ningal-Ki.
En la caseta Kanna y Hédrik parecían compartir las mismas sensaciones ante la imagen.
De pronto el constructor salió con la espada en alto en una mano mientras zarandeaba una antorcha con la otra a la vez que gritaba.
—¡Haaa, haaa!, ¡demonio! —parecía querer llamar su atención a la vez que luchaba con resolución contra los elementos para ponerse al lado de Mádreon.
Llegaron a estar hombro con hombro y el demonio no hizo nada. Si bien al comienzo giró la cabeza con su maléfica sonrisa hacia Hédrik luego se limitó a observarlos a ambos, quieto como una talla en la roca.  
Ambos guerreros estaban confusos, el pecho les latía por debajo de las pieles con violencia y no intercambiaron palabra. Entonces la criatura bajó la antorcha a la vez que se agachaba, como una bestia haría antes de saltar hacia su presa. Fue en ese momento cuando se percataron de que estaba completamente desnudo ante las inclemencias del tiempo.
—¡No podemos dejar que pase! —gritó el constructor a su compañero en armas al tiempo que levantaban las espadas para recibir el ataque inminente. El pequeño espacio de tiempo sin que la bestia hiciese nada ayudó a ambos a recomponerse y encarar su miedo a la muerte y los demonios del Irkalla.
—¡Antes muertos! —respondió el muchacho Golter —¡Por Amaru! —gritó con voz ronca y desgarrada, alargando el nombre sagrado de su Dios, señor de la guerra y las tempestades, padre de Mether y asesino de Kur.
––¡Por Amaru! –– respondió el constructor con determinación.
Pero el demonio no hizo nada. Se quedó en esa extraña postura con sus cuartos traseros casi enterrados en la nieve y apoyado sobre su brazo izquierdo mientras con la siniestra mano derecha sostenía la antorcha, herida de muerte por la nieve, otra vez a la altura de su rostro marcado por la demencia.
Kanna hizo el gesto de salir para unirse a los dos hombres a enfrentarse al demonio, pero Hédrik la detuvo con un grito fuerte y seco.
—¡No! ¡Una mujer vale más para la aldea que dos hombres cualquiera! ¡Entra!
Pasaron millones de instantes en pocas respiraciones… pero la bestia no hizo nada.
—¡Vienen antorchas! ¡Los hombres! —gritó Kanna de improvisto.
Y entonces la criatura dejó caer la antorcha, que se extinguió definitivamente contra la nieve fresca dejándola entre las sombras a cuatro miserables varas de ellos. Mádreon se tensó esperando el ataque a la vez que Kanna gritaba a la bestia, colmada por la tensión y determinada a entrar en combate, y Hédrik puso por frente la antorcha severamente reducida por el viento y la nieve. Ellos mismos no aguantarían demasiado tan expuestos al frío, quizá alguno de sus dedos desnudos ya no lo hubiese hecho.
Entonces la criatura avanzó despacio hacia ellos a cuatro patas como una bestia. Los hombres que llegaban a sus espaldas parecían luchar por abrirse paso a grandes zancadas contra la gruesa capa de nieve.
Cuando la bestia se encontró a dos varas de distancia fue Hédrik Parnaus quien atacó primero. Su espada descendió con toda la fuerza de su peso mientras aferraba la antorcha como podía. La bestia no se movió, cuando el arma penetró en la carne produjo un extraño sonido mezcla de carne ensartada y metal contra metal. Le alcanzó con las últimas pulgadas de la punta en plena la clavícula izquierda. La bestia tan solo encajó el golpe haciendo un ligero guiño con la mitad de su rostro mientras la profunda herida salpicaba un chorro de sangre al viento, para luego seguir caminando a paso lento y seguro. Tras la visión Mádreon también atacó: alzó y bajó su espada con ambas manos para partirle el cráneo en dos mitades con toda la fuerza que su cuerpo pudo reunir y, en un sonido reverberante y potente a la vez que cantidad de sangre era salpicada en diferentes direcciones, lo que se quebró definitivamente fue su espada.
El demonio encajó igualmente el golpe, manteniendo su tétrica sonrisa con el rostro marcado por la sangre y amortiguando el impacto de la brutal estocada con un movimiento del cuerpo.
A Mádreon su espada rota y el pánico le vencieron de modo que luchó contra la nieve para salir de la lenta trayectoria de la bestia mientras Hédrik repetía estocadas una y otra vez, haciendo sangrientos tajos, salpicándolos a ambos en un titánico esfuerzo. Su antorcha yacía apagada en el suelo desde la tercera estocada, momento en que empleó ambas manos para realizar sus acometidas a la vez que gritaba como un poseído.
—¡Muere!, ¡Muere! ¡Muere! ¡Maldita bestia del infierno!
Mádreon habría gritado también si hubiera podido. En lugar de ello se limitó a arrastrarse de espaldas sobre la nieve, alejándose de la criatura, sintiéndose como en una pesadilla sin sentido y gimiendo un sonido gutural indescriptible. Kanna se mantenía aterida por el frío desde el umbral del cuartucho de guardias, forzándose a mirar y no mirar el infernal espectáculo, deseosa de que la bestia cayese abatida de una vez y aterrorizada al ver que no sucedía.
La criatura sangraba profusamente manchándo la nieve y aferrándose al suelo como si toda su intención fuese que no la separasen de la nieve.
Las piernas de los hombres pasaron corriendo entre la nieve alrededor de Mádreon como una tromba, gritando tanto nombres de dioses como los de sus compañeros. Al poco caía sobre la indefensa bestia una tormenta de espadas y hachas como nunca antes se había visto en la aldea.
Duró pocos instantes de frenesí carnicero, salpicándolo todo y a todos aquellos que, en coro, se encontraban en primera fila de embestida. Hasta algunas lanzas se colaron entre la multitud para ensartar a la criatura. Más de una espada se quebró o fisuró durante la furia y alguna otra también cortó donde no debía causando heridas que se atribuyeron entre gritos  inmediatamente a la bestia, que yacía casi completamente agachada, recibiendo limpiamente los golpes sobre la espalda, las piernas o el cráneo.
Cuando remataron, los hombres se hayaban sudorosos por la carrera y la matanza y exhalando blancas nubes de vapor en torno a un cuerpo salvajemente mutilado. Fuera lo que fuese la bestia, había caído despedazada. La luz de sus antorchas iluminaban la escena.
Entonces contemplaron con horror cómo la carne de los profundos cortes comenzaba a moverse lentamente con la pretensión de volver a cubrir las heridas. Trozos enteros de carne habían sido tajados en la salvaje acometida, y reposaban esparcidos en torno a la masa de carne… mientras esta, claramente, se reconstituía. Los rostros de los hombres que contemplaban la escena mostraban entender y no entender lo que veían. La bestia comenzó a emitir un lento y gutural sonido de rabia, como haría una criatura inmensa de las montañas desde lo más profundo de una caverna.
Las espadas volvieron a moverse en sintonía, al mismo tiempo que los rostros de rabia y miedo de los hombres gritaban nuevamente el nombre de sus dioses proclamando sentencias de muerte junto a maldiciones antiguas. La sangre volvió a saltar cruzando el aire a chorros curvilíneos, manchando más los rostros y las pieles y convirtiendo a los hombres de la aldea en poco menos que guerreros que regresasen de una batalla de cien días.
Tras concluuir la nueva embestida los brazos de los hombres se detuvieron. Entre el tumulto aún había quien sostenía antorchas temblorosas por efecto del viento y el terror de la situación. La nieve a sus pies estaba bañada por un intenso rojo oscuro, la criatura yacía inmóvil.
––¡Apartaos! ––dijo una de las voces más contundentes de la aldea.
Al entender las intenciones de Tótir Gólter los hombres dieron un paso atrás. El padre de Mádreon envainó su espada corta y sacó de su espalda a “Hiendebosques”, el hacha de talar que su familia conservaba desde hacía generaciones.
La bestia parecía muerta, aunque su carne pareciese viva. Todos podían contemplar como nuevamente las heridas comenzaban a moverse con la intención de cerrarse mientras la sangre salía a borbotones por cada recodo de lo que parecía ser un cuerpo humano triturado.
Tótir no estaba dispuesto a arriesgarse a nada, ni a arriesgar a la aldea ni a sus hijos. Preparó el pesado hacha a su derecha con la intención de decapitar a la bestia y concluir la maldición que esa noche los dioses les habían preparado, y acometió con la potencia y determinación que lo caracterizaban entre los hombres de la aldea, mientras soltaba un grito de furia animal. Pero en ese preciso instante la bestia se retorció con enorme velocidad enfrentándose a la brutal embestida del enorme hacha con una dentellada suicida.

El sonido seco del impacto pareció expandirse en todas direcciones acariciando sus rostros y silenciando por un instante al viento. Casi ninguno de los presentes pudo asumir lo que había ocurrido. La mandíbula y el hacha se cruzaron con un desenlace incomprensible para sus aldeanas mentalidades forjadas en el interminable frío del valle. La bestia se mantuvo a cuatro patas con el filo del hacha desgarrándole la boca hasta encontrar el hueso que unía ambas mandíbulas. Toda la potencia de Tótir Gólter había sido detenida en seco contra la  boca de la bestia mientras éste contemplaba cómo los dientes de la criatura se hundían lentamente en el metal que formaba la pala de su hacha centenaria… y cómo la bestia lo observaba con sus ojos amarillos convertidos en finísimos puntos espigados de matices dorados, rodeados del color del acero envejecido. Tótir se sintió ante la presencia de una criatura salida de los más profundos y salvajes bosques de la antigüedad.
La bestia descarnó el metal del hacha de un tirón seco, arrancándole un pedazo enorme mientras la sangre le cubría la boca por completo. Los hombres se paralizaron de espanto sin dar crédito a lo contemplado. bEso era imposible. No podía estar pasando.
La bestia escupió el trozo de metal mientras sus heridas dejaban de manar sangre y comenzaban a cerrarse con más velocidad. Entonces se irguió con lentitud como solo lo haría un oso, o un animal desacostumbrado a estar sobre dos piernas... y bramó. Bramó con una potencia descomunal para su tamaño, descomponiendo los rostros de los curtidos hombres que habían sobrevivido a los extremos rigores del clima durante toda su vida, madurados en el regazo de las enfermedades y la muerte. Bramó mirando al cielo durante su interminable rugido, haciendo que el frío, el viento y la noche fuesen olvidados por completo por todos los habitantes de la aldea que, estuviesen donde estuviesen, habían sido acuchillados por el profundo terror de semejante alarido infernal.
Algunos de los presentes se derrumbaron, a otros las armas se les cayeron de las manos sintiendo que su suerte había culminado, abandonándose a los acontecimientos de esa noche mientras musitaban frases dedicadas a los dioses.

Pero la bestia, terminado su rugido de rabia, no hizo más que situarse nuevamente a cuatro patas entre la nieve, acurrucada sobre sí misma mientras compartía una profunda mirada con Tótir,  y comenzaba a desprender un fuerte calor vaporoso que parecía derretir la nieve inmediata.
En la remota oscuridad de los valles, las montañas le devolvieron el rugido en forma de aludes desde todas direcciones.