sábado, 26 de noviembre de 2016

Las escenas paisajísticas

Cuando jugamos a rol o cuando diseñamos aventuras a menudo nadamos entre escenas prácticas que amplíen el conocimiento de "lo que está pasando" y las que potencian la relación de los personajes con el mundo de juego. Escenas con una finalidad específica que encierran datos, trampas, desafíos o relaciones interpersonaje. 

Esencialmente articulamos las aventuras en torno a escenas de este tipo, basadas en localizaciones o personajes secundarios de relativa importancia. Son, pues, el esqueleto de nuestras aventuras.




En casi cualquier estilo narrativo podemos encontrar que la trama se conforma de una consecución ininterrumpida de este tipo de escenas, donde sucede siempre algo importante o aprendemos algo sabroso sobre la historia o los personajes.

Hoy nos gustaría hablar de las escenas poco importantes.

En el rol utilizamos la imaginación como lienzo de nuestras aventuras (pasivo, sorprendentemente), las palabras como pinceles (activas) y el sentido común como caballete (inestable en tantas ocasiones...). ¿Qué tipo de paisajes pintamos en ese lienzo? 

Existe un tipo de escena gratuita que podemos usar en nuestras partidas y que no vale absolutamente para nada. Al menos para nada con respecto a la exploración directa de la trama, los personajes o la aventura. Estas son las escenas paisajísticas. 

Pero… ¿qué es una escena paisajística?  Veámoslo por el camino largo (no tan largo en realidad), el de la eliminación.

Si nuestros personajes van montados a lomos de un dragón y combaten contra el malvado Pnj sobre un inmenso cañón repleto de lava donde luchan ejércitos de naciones mientras el sol se desintegra en el horizonte… no es una escena paisajística. Es una escena bélica final, definida y ejecutada sobre un hermoso paisaje.

Si nuestros personajes están hablando de sus emociones sobre el tejado de madera de una casa colonial en el otoño de un pueblo ganadero a las afueras de Arkansas, mientras ven las estrellas tumbados sobre las tejas de roble y rodeados de las hojas ocres del arce que se alza inmenso junto al porche… no es una escena paisajística. Es una escena de profundidad emocional de los personajes ejecutada en un entorno intimista.

Si uno de nuestros personaje sufre un síndrome de Stendal ante un inmenso tapiz de siete metros de ancho por cuatro de alto que refleja la batalla en la que los turcos robaron Creta a las ciudades Italianas del XVII, y en ese tapiz, exquisitamente descrito por la directora existe una clave secreta que el Pj puede encontrar y que resulta necesaria para que el señor que le esta observando mientras él observa le considere un aliado de su majestad… no es una escena paisajística. Es una escena "de clave" ingeniosamente articulada en torno a un paisaje bien descrito.

Si nuestros personajes están caminando en dirección a una ciudad, con tres días a sus espaldas y dos todavía ante sus pies, y el director de juego les describe cómo durante el atardecer del tercer día sus siluetas se recortan sobre la cresta de una colina, con el contraste del crepúsculo al fondo y nuestra imaginación rotando a su alrededor como guiada por la brisa que mueve sus ropas… sí es una escena paisajística. Y no vale para nada.


Y es que esa es la clave y la muerte de este tipo de escenas: no valen para nada. 

Es por eso, creo, que muchos directores y grupos de juego simplemente las desechan. No aportan nada definido a la historia, no nos dan ninguna información que resulte imprescindible ni nos desvelan nada nuevo de ninguno de los ingredientes que estructuran nuestra aventura.

Y sin embargo, sin ellas, yo a título personal, abandonaría los juegos de rol.

Las escenas paisajísticas tienen como único fin imaginar. Tan solo imaginar. Sin distracciones. Sin nada relevante, amenazador ni necesario. Son un destello de imaginación del director o directora de juego que se ejecuta como un regalo (o una necesidad) a su grupo de aventureros (y a sí misma). 

Y cuando un director me la entrega siendo yo jugador... os aseguro que me pueden saltar las lágrimas.



Lanzarse a ellas nos habla de nuestra “necesidad” de imaginar sin obligaciones, de abandonarnos a la recreación escénica de algo que se acerca mucho más al “lo  vemos” que al “queremos verlo”. Una escena paisajística, hasta donde las conozco, aparece de pronto como un camino paralelo a los minutos de roleo, no es un atajo ni un desvío, no lleva a ningún lugar en la historia y a la vez nos transporta por completo… y es sumamente frágil. 

Digo que es frágil como resultado de cuanto he debatido esto con otros roleros y roleras. Si cuando tienes el impulso de lanzarte a dedicar unos minutos del valioso tiempo de tu grupo a zambullirte en un paisaje que les está rodeando, dudas… el paisaje ya se fue. Solo lo viste durante un destello, y no te dejaste arrastrar. Lo que describas después estará mentalizado. No lo descubrirás, no podrás explorarlo. Intentarás construirlo.

Si por el contrario adquieres el hábito de dejarte llevar por las escenas paisajísticas que se te crucen en el camino de la narración, poco a poco serás como un alga que se mece al ritmo de las mareas, y los paisajes que rodeen las escenas más intrascendentes de vuestras aventuras se te aparecerán como un cuadro de Turner, como algo lleno de luz y de vida que merece ser explorado sin más ambición que la de participar de su visión durante lo irrisoriamente efímero de su existencia. 



Las palabras para describir aquello que se ve, vienen luego, vienen solas, son solo una consecuencia de lo primero: dejarse arrastrar por el paisaje.