sábado, 18 de abril de 2015

LEJOS DEL TRASTORNO DE IDENTIDAD: MASCARA Y EVASIÓN Por Sara Sierra

Ni lo queremos comparar, ni se puede comparar, ni se puede llamar trastorno. De hecho, todo lo contrario, se aleja de ser un problema, por tanto, hablemos de ello sin sentirnos acusados ni acusadores. 

Necesitamos (y perdón por generalizar) ‘salir’ de nuestras vidas ya sea por unos momentos breves, en espacios que (nos parece) se prolongan demasiado o bien en ciclos que cansinamente se repiten en nuestras vidas porque no los conseguimos ‘solucionar’. 

Al interpretar consciente, nos observamos y, al mismo tiempo, nos vemos como ese o aquel personaje, sentimos como él y, por ello, llega un día en el que utilizamos el sabor que conservamos (porque los vivimos) de su paciencia, su honor, su valentía, su mediocridad, su prepotencia… porque nosotros mismos (en el momento que somos y nos encontramos) ‘no nos servimos’. Empleamos un tipo de evasión pública para ser mejores (o peores), para ser otros pero también para conocer nuestros egos (aquellos más profundos) un poquito más. 

Existe la evasión solitaria pero no es baladí que nos encaremos con aquella que hacemos en grupo ya que trazos de ésta pueden asentarse, ligeramente, en nuestra personalidad. Por tanto, interpretando utilizamos una forma de evasión que parte del abandono de nuestras personalidades dejando paso a diversas habilidades, características, recursos, historias que, junto con el azar, van adquiriendo una sustancia personal que sustituye nuestra propia forma de ser temporalmente. 

Esto ocurre cuando ‘NOS PONEMOS LA MASCARA’.  La decisión de enmascararse es en consecuencia la transmutación de la personalidad. Pero dejemos claro que no es ocultar sino encontrar y alimentar una estructura personal distinta. 

Nos enmascaramos para nosotros mismos, para los demás, para jugar pero también para auto-observarnos, conocernos y descubrirnos. De esta manera rompemos el equilibrio desconcertando nuestra personalidad y abriendo un paréntesis en lo más intimo de nuestro ser, evadiendo a lo que estamos sujetos cotidianamente. 

La mascara no es un disfraz, el disfraz nunca permitirá la evasión absoluta, sin embargo, la mascara que transmuta nuestra personalidad se fusiona con las demás máscaras del grupo (todos los jugadores junto con el master) que van variando el comportamiento, las respuestas, las iniciativas, las decisiones y, además, creando una historia, una aventura que, en muchas ocasiones, da la sensación de no pertenecer a nadie, más bien de pertenecerse a ella misma. La aventura empezada se esfuerza por encontrar su futuro y, a veces, como hemos sentido, busca hallar el futuro por sí misma (y este futuro irá cambiando como vaya cambiando la mesa de juego y las mascaras que la capitaneen). 

El que se enmascara verdaderamente, el interprete genuino, no se detiene y busca la expresión consciente, las experiencias inéditas y ello le basta para evadirse de la existencia presente el tiempo que dura el juego. 

De esta manera nos preguntamos si la mascara viene determinada por la personalidad que la reviste, para ello no tenemos respuesta. Como sea, la conversión al enmascaramiento nos lleva más allá de nuestra situación real, nos desgarra la consciencia inquietando nuestro espíritu humano. 

Con el rol las formulas para enmascararse son infinitas y, como dependen de cada persona, ni se repiten en el espacio ni el tiempo. Estas máscaras roleras se consiguen, en principio, en plena actividad lúdica, permitiendo libertad completa (aunque marcada por las directrices de una hoja) en el momento de enmascararse. Nos adaptamos al ritmo propio que tiene la historia y al ritmo propio que vamos creando. 

La máscara se convierte en la protagonista y nos llega a sorprender con una agudeza con la que creíamos que no contábamos y que es posible gracias a la compleja unión entre técnica y juego, cuyo resultado es una energía misteriosa próxima a la magia que va oscilando entre la ternura y la crueldad, la alegría y la amargura. 

El ritmo de esta magia hace posible la expresión unitaria entre los jugadores, enmascarados en común y creadores, al igual que obedientes, de la historia. Al jugar con pasión se pueden llegar a confundir los sentimientos, he ahí la esencia de la máscara. La situación en la cual nos enmascaramos es además aceptada, no causa extrañeza porque los componentes del grupo buscan los mismo, por tanto, hay un entendimiento similar con los otros miembros que están viviendo la misma situación, eso todavía nos hace sentir más alejados de nosotros mismos. 

La evasión de la máscara nos permite salir de nuestro proceso social, de nuestra estructura, desde luego, cuanto más extraña y distinta deba de ser la evasión debido a lo bizarro de la historia (o lo bizarro de los personajes) más difícil puede resultar enmascararse, alcanzar la huida absoluta, más pueden pulular las mascaras elegidas, no obstante una evasiva colectiva puede conseguir la plena evasión de la historia. 


La presencia de la máscara no pretende la renovación del orden en el que nos encontramos sino presentar posibilidades inéditas, desarrollando procesos propios metahistóricos. 

En definitiva, la mascara consigue la separación temporal entre el sujeto y su circunstancia histórica. Convierte al primero en atemporal y lo extrae de sus tareas así como de su destino en un determinado lapso de tiempo. La mascara aleja a la persona de su cotidianidad, lo prepara para cualquier acontecimiento que podamos (o no) imaginar. La persona que participa en la ceremonia rolera encuentra que toda evasión es posible si consigue sentirse extranjero en su propia realidad.