lunes, 15 de octubre de 2018

La paradoja de la iluminación: sobre personajes religiosos


En ocasiones, cuando somos jugadores, tomamos la elección de interpretar a personajes que han elegido algún camino espiritual o religioso dentro de la ambientación. Pueden ser clérigos, monjes o devotos, guerreros al servicio de un dios o una iglesia o ermitaños que se alejan de su aislamiento para cumplir un papel crucial en una época oscura.

Sea como fuere, son individuos en los que se presume un camino espiritual de reencuentro con su dios, un re-ligare, que dirían los apasionados de la etimología. Completar un fuerte vínculo con su divinidad. Buscan la iluminación.



La paradoja aparece cuando ponemos esa consideración en primer plano, más allá de ser atrezzo de trasfondo, cuando aceptamos que para esos Pj su religión es lo primero y más importante. Se da cuando asumimos que alcanzar ese estado de unión último, de religión, altera hasta desintegrar los cimientos en los que se basa el propio personaje. 

Es el viaje de Giovanni di Pietro Bernardone hacia Apulia, tras siete años de batallas y nuevamente hacia la guerra, dejándolo todo de pronto porque una voz le ordena la entrega divina, antes de convertirse en Francisco de Asís; y se acabó la campaña para él.

Se convierte por tanto en una meta temida, en un destino ignoto que promete la eliminación del personaje de la partida. Una dosis tan elevada de fe que hace al personaje injugable. La partida iba de la guerra en Apulia, ¿que hacemos ahora con Francisco?

Esta paradoja de la aniquilación se puede encontrar en no pocos textos budistas, donde una de las preguntas que subyace a la búsqueda espiritual, y que habitualmente atormenta a los practicantes, se resume en ¿qué queda de mi si alcanzo a vivir este camino? 

La llama de Dios lo consume todo transformándolo en la única cosa que verdaderamente existe: Dios. El resto son los sueños de Vishnú. El resto es ilusión, es Matrix. Por tanto la aniquilación del yo es una de las promesas que acompañan a estas lineas de pensamiento. Y no es exclusiva del budismo, vemos símiles a ello en textos cristianos, musulmanes e incluso en referencias a los misterios grecolatinos.

"Nuestro señor, Dios, es celoso, no permite que haya en tu corazón espacio para nada más que él."

El Pj que sigue una corriente espiritual, por humanizada que esté, acaba su senda en una hoguera divina donde su identidad es consumida, alcanzando una fusión con la divinidad. Y la pregunta es: 
¿Es deseable jugar eso? 

Si tras años de desarrollo de personaje, historias, aventuras y ascenso de niveles, nos dijeran que lo que hay tras el nivel 25 es una comunión con la divinidad que, en sí misma, elimina al personaje de toda partida… ¿lo escogeríamos?

¿Y si la decisión fuera sorpresiva? Si se nos pidiera un sacrificio final del Pj como “premio” al camino realizado, una única determinación nihilista que, paradójicamente, pretendiera dotar de sentido al todo a través del sacrificio. ¿La tomaríamos?

El Pj no se transforma en algo mejor. No hay evolución, no hay divinización, hay desintegración por fusión. Algo distinto a la muerte, y el Pj religioso, en teoría, camina hacia ello.

¿Cuanto más si los poderes divinos se manifiestan con efectividad?

Quizá el sentido de estos personajes sea la lucha interna entre el pánico a la aniquilación y la fuerza arrolladora de la fe que profesan. Un conflicto fuerzas que se polarizan entre seguir adelante, hacia el vacío incomprensible de la divinidad, o continuar aferrados a la materialidad. 
Vivir aventuras y campañas predicando una fe que no se atreven realmente a vivir con plenitud porque, de vivirla, abandonarían sus aventuras y campañas. 
Una lucha interna que se puede ver reflejada entre "la intención del personaje" y "el deseo del jugador". 

El personaje avanza hacia ese crisol divino que lo extinguirá, pero el jugador no lo permite, porque de hacerlo se le acaba la partida.  

Quizá eso sea más deseable. Porque no imagino jugar con Pj de corte religioso y que su interpretación se reduzca a citas de libros sagrados fantaseados, proclamas de nombres divinos improvisados o pequeñas diatribas sobre sus lineas morales trazadas a carboncillo.

No. Cuando tenemos entre las manos a Pj donde su hoja de personaje expresa claramente que son individuos volcados en sus creencias, la lucha interior entre lo que son y lo que dicen desear ser debe ser brutal. Alzan su espada o báculo para enfrentarse a fuerzas o entidades materiales, para defender ciudades o reinos o para explorar ignotos rincones del mundo. Y cada día que lo hacen es un día más que no se han volcado al cien por cien en su senda espiritual. Un día más que no se han dejado devorar por la llama divina, que la han rechazado por miedo, que han decidido no saltar a esa hoguera desintegradora. ¿Cómo vivirían aventuras si lo hicieran? ¿No les hace eso mismo ser traidores de sus creencias? ¿No les hace ser hipócritas cuando hablan sobre Dios en sus aventuras? ¿No sienten vergüenza?

Así imagino a los paladines, a los clérigos, a los monjes… al menos a los que son veteranos. A los que habitualmente nos gusta interpretar en nuestras partidas. A los que tienen poder para afectar a las historias. Esos, que han rechazado a su Dios por vivir aventuras en las que dicen buscarlo. 

Prisioneros de una cárcel que ellos mismos ensamblaron. Tortuosos y llenos de dudas y miedo. Esos sí me parecen auténticos clérigos, y me encanta verlos en partida, en una lucha atroz que tiene como campo de batalla el cielo y la tierra, contra el demonio que hay fuera y contra el demonio que llevan dentro.


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