martes, 16 de octubre de 2018

Cuando explotas y arrasas con todo


¿Sabes ese momento en que no das más de ti? Me refiero a las relaciones humanas. Cuando convives o tratas diariamente con una persona a la que amas o respetas, pero que tiene conductas represivas, quizá sin darse cuenta. Comentarios o aportaciones en las que demuestra fehacientemente que no te comprende, que no te considera, o que no es capaz de asumir tus cambios. Y gota a gota, micromomento en momento, va llenándose un espacio invisible de forma irremediable.


Cuando eso ocurre es frecuente que nos reprimamos. Sobre todo las personas que no somos especialmente ágiles con la retórica inmediata. Esa que articula las respuestas geniales que tienen los protagonistas de las pelis. La retórica de la victoria en el parque, en el bar, en el instituto o con los amigos. 

Sí, compactamos. Hacemos capsulitas de represión, y lo hacemos con razones muy lógicas que motivan esa represión. Como si fueran los titulares de una noticia de prensa.

Discutir ahora no vale para nada”, 
reza el titular en grande. Pero cuando seguimos leyendo la noticia en su versión extendida, descubrimos una descripción de acontecimientos que, pese a razonar el por qué no se provoca la discusión, en su conjunto sigue pareciéndonos injusto. 

Cuando acumulamos unas cuantas capsulitas de estas, de represión, estallamos. Y habitualmente estallamos en momentos donde estallar es ilógico (es una maldición inalterable). Estallamos de forma desproporcionada con relación al momento porque se desata el torrente de las capsulitas. Lo soltamos todo, todas y cada una de nuestras verdades, traicionándolas en cierto sentido, dado que corren por nuestra lengua junto a la rabia. Decimos verdades, pero teñidas de dolor. Y no nos contentamos con hablar de las grandes cosas, nos calentamos citando lo grande y lo pequeño; todos y cada uno de los detalles que nos han herido, ofendido o dejado en shock, sabiendo que el final de ese camino, son las lágrimas furiosas de tener que decir a alguien a quien amas el dolor que te ha causado por no haber tenido empatía contigo, tus circunstancias o tus tiempos.

Lo cierto es que es un estallar hermoso. Como amas a esa persona tu capacidad de destrucción está ciertamente contenida. Sabes, de algún modo, que en realidad no lo estás soltando todo. No TODO. Es un acto de supervivencia. De rebeldía. Miras el rostro de la persona en la que te vacías y ves el impacto de tus palabras, pero no puedes parar. No se lo esperaba. Percibe el desorden, la fuerza del torrente que arrasa con todo. Desgarras tu corazón y muestras que la base de fondo no es el odio, es el dolor. Que no pretendes herir, pero no herir es imposible. Algo te impulsa a expresar que necesitas un cambio, una transformación más allá de las circunstancias, estás harto, estás harta, exiges un cambio de paradigma que, sin destruir la relación, recoloque los valores originales en el sitio que, para ti, siempre tuvieron que tener. Es un rechazo visceral a las consecuencias de la rutina lesiva, del abuso de confianza, de la falta de empatía en la relación. 

Te aceleras y calientas dando palabras por fin a un montón de emociones que nunca habían sido articuladas, tan ocultas que no habían existido hasta ese momento. Tan secretas que las descubres mientras las dices. Tan solo habían sido susurradas con timidez a los más cercanos, quizá a las páginas de un diario, quizá a un espejo, quizá su única forma hasta ahora habían sido lágrimas derramadas sin que nadie las advirtiera.

Sabes que se podría vivir sin estallar. Una parte de ti ya ha recorrido ese camino, pero te llevaría, parafraseando al Poeta, “hacia un mundo sin primaveras donde reiréis, pero no con toda vuestra risa, y lloraréis, pero no con todas vuestras lágrimas.” No estallar no es una opción. Estallar no es una elección.

Nos pasa con personas a las que respetamos o amamos.


Pues con tu imaginación, es lo mismo. 

Hay que estallar, arrasando contra ella, para que se revolucione la relación. Hay que bramarle, gritarle y desgarrarla. Si nos maltrata por estar adormecida con rutinas, hay que pararle los pies. Recordarle que ella, junto a ti, sois ilimitados. Que podéis imaginarlo todo, absolutamente todo, no solo lo fácil, no solo lo conocido. Que en realidad no existen límites ni censuras, pero solo si se rompen los diques, solo si se dan dentelladas contra la costra de la costumbre. Para que, en nuestras partidas, en su diseño o ante el folio en blanco, se desparrame como sangre de un disparo la genialidad que se posee. Imaginar libres como niños, pero con la potencia de un adulto. 

Grítale ¡Imagina o muere! 

Para que recuerde que su propia existencia es salvaje, que juntos sois indomesticables y rompáis las cadenas que la costumbre, la ficción muerta y la pereza han impuesto a vuestras aventuras y fantasías. Basta de reprimirse al imaginar. Hay que rebelarse sin piedad contra la imaginación propia, porque es el único camino a imaginar plenamente.


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