domingo, 15 de marzo de 2015

Sobre tu puta madre

Desconocemos si semejante advertencia posee en sí misma valor, pero si se es susceptible de verse impactado por escenas narradas o descritas, quizá debería ignorarse este post, porque hoy, podemos resultar sumamente desagradables.


Una de las cosas que nos folla deliciosamente de esta afición nuestra es la posibilidad de una ausencia de censura absoluta. Cuando nos lanzamos a la mesa de juego como bestias hirvientes, deseosos de experimentar todo tipo de emociones y de proyectar nuestra imaginación sin ningún  tabú o dintel moral que nos moleste o nos contenga. 
Queremos bramar ante un mundo imaginado mostrando nuestra desnudez, húmeda o erecta, glorificando nuestro sexo, nuestro caos, nuestro poder y nuestras imperfecciones.
Nos sentamos en torno a un perímetro sacro, sacrificando el yo, inmolándolo en una liturgia de transformación de identidades que nos quiebra por dentro si se lo permitimos, dejándonos manifestar lo más tenebroso, oscuro y podrido que cargamos, junto a lo más luminoso, encendido y puro que podamos idear. 

Sin censura… nos pone. 

Y es así cuando el concilio que se crea en la mesa de juego está libre de miradas de juicio verdaderas y las identidades de los presentes asumen que las normas morales que los vieron nacer y desarrollarse quedan al margen de la historia que se va a contar. No hay límite para las descripciones, no lo hay para las acciones de los personajes, todo extremo es retratable en cualquier dirección del comportamiento imaginable… 
Permitamos al fin que un demonio se comporte como verdaderamente consideramos que debe comportarse, teoricemos con el comportamiento de un santo ante situaciones extravagantes,  asumamos que el horror generado por la humanidad en el siglo 20 no representa nada al lado de lo que una nación con poderes sobrenaturales puede causar a otras inferiores en facultades o capacidades.

Despelleja y quema vivo al homosexual en la plaza pues lo que hace es una herejía despreciable que atenta contra el buen dios y corrompe a los jóvenes inocentes, mátalo junto a su amante con un hierro al rojo que penetre su ano y describe las miradas de expectación, repugnancia y sádica hipnosis que el pueblo manifiesta durante la contemplación de la ejemplarizante escena. Describe como se percibe en algunos de esos ojos vidriosos que se confunden con la masa la perturbada fascinación por el dolor sexual ajeno, por el sadismo gratuito y sin sentido… Tranquilo, el jugador o la jugadora homosexual que participa de la partida no debería molestarse por ello.
¿o si?

Mata a esa mujer porque sabe leer, atraviesa con alfileres los testículos al indigno a las leyes de tu dios, arranca los ojos al indefenso niño vagabundo y déjalo tirado si los necesitas para tu ritual, no te corresponde valorar su miserable futuro de sufrimiento, vuelca tu mismo el acero fundido en la boca del traidor, da la orden de ejecución de cuantas embarazadas lleven en su interior la semilla de esa raza infecta.
Mata al gordo por ser gordo de un disparo en la nuca y reafírmate ante su cadáver, “un puto gordo menos en la viña del señor”… El jugador, tu amigo, que a tu lado duplica su peso ‘ideal’ no debería molestarse por ello.
¿o sí?

El respeto por la sensibilidad de los jugadores presentes en la partida debería ser una preocupación cuidada por todos los participantes de la misma, por la mesa de juego. 
La línea que separa la búsqueda del realismo o la simulación de la crueldad probable y la recreación sádica en las escenas más macabras posibles es fina y delicada, y es una responsabilidad del grupo de juego el autoconsiderar por qué la atraviesan, y que simulación emocional obtienen al hacerlo. 
Somos muchos los jugadores y jugadoras que simplemente buscamos un rato de ocio y aventuras, sin la necesidad ni el deseo de experimentar situaciones incomodas, violentas o desagradables. 
Somos muchos los jugadores y jugadoras que buscamos a su vez un rato de extrapolación total hacia personalidades completamente desconocidas hasta que son interpretadas, y que admiten cualquier tendencia dentro del abanico de posiciones que nuestras mentes puedan concretar, con la ‘necesidad’ de librarnos de la moral, la ética o el pudor.
Podemos ser cualquier cosa, absolutamente cualquiera, porque asumimos que la linea que separa la simulación de la realidad está perfectamente definida.
¿Qué obtenemos entonces al atravesar esa barrera de lo grotesco?
¿Por qué solo lo grotesco?

En el extremo contrario, pero perteneciente a la misma autocensura, es todo un ejercicio el considerar cómo se debe interpretar a un iluminado budista. Cómo dialogaría una persona que ha trascendido el plano material, cómo percibe las cosas un elfo o un vampiro milenario que considera las explosiones emocionales de los ‘efímeros mortales’ o con qué palabras se referiría a los temporales humanos un ángel venido del cielo. La fantástica novela “el forastero misterioso” de Mark Twain es un extraordinario ejemplo de ello.

"Es verdad lo que te he revelado; no hay Dios, ni universo, ni raza humana, ni vida terrestre, ni cielo, ni infierno. Todo es un sueño..., un sueño grotesco y disparatado. Nada existe salvo tú. Y tú no eres más que un pensamiento..., ¡un pensamiento errante, un pensamiento inútil, un pensamiento desamparado, vagando solitario entre las eternidades!Dentro de poco estarás solo en el espacio ilimitado, para vagar por sus soledades infinitas sin amigo ni compañero para siempre..., porque siempre serás un pensamiento, el único pensamiento existente, y, por naturaleza, inextinguible, indestructible. Pero yo, tu pobre sirviente, te he revelado a ti mismo y te he liberado. ¡Sueña otros sueños, y que sean mejores!”     
                                                                                                El Satanás de Mark Twain

Con todo, no proponemos nada del otro mundo. Este ejercicio de proyección sin tabúes es al que se deben someter los guionistas o literatos cuando escriben los guiones de las películas, series o novelas que tanto nos gusta consumir. La diferencia más importante, probablemente, es que nosotros lo realizamos ante un público participativo e improvisando emociones, expresiones y razonamientos, de manera que la carga emocional puede ser por ello mucho más intensa.

En la medida en que un grupo de juego se autoconsidera maduro debería poder definir con árida claridad la total separación que existe entre su identidad de jugador y la de sus múltiples personajes. 

“No hay transmisión” es una clave maestra muy repetida. 

Habitualmente se considera lo peligroso de dicha transmisión en un único sentido, en el sentido insano de la derivación de facultades del personaje al jugador, o lo que es lo mismo, que el jugador no defina con claridad donde termina su identidad y donde la de su personaje cuando la partida ya ha concluido.

Otra cuestión, menos cuidada, se da cuando nuestros personajes se contaminan de nuestra personalidad de jugador y les transmitimos nuestros valores, nuestros preceptos, ascos, tendencias… en lo que, claramente, comporta un acto de autocensura emocional.

¿Nos autocensuramos por defecto al jugar a rol?

Nadie en sus cabales puede proponer que nuestra identidad se pierda, se extravíe o se tome una licencia mientras dure una partida. Está claro que ésta permanece, en mayor o menor medida, presente. 

La cuestión es realizar una simulación de su ausencia lo más interesante posible.

De la misma manera que simulamos desde niños qué es ser un vaquero, un ladrón, un adulto, un enfado, el miedo, la seriedad… pero en este caso de una forma más osada y abstracta. 
¿cómo sería ciertamente no ser yo?

¿Qué grado de inmersión podemos llevar a cabo realmente cuando interpretamos a nuestros personajes?
La autocensura del comportamiento es un hecho, y diversos experimentos de psicología social ya lo han demostrado sobradamente. El comportamiento humano, cuando se le da un empujoncito para librarse de la autocensura moral, puede resultar extraordinario en distintas y perturbadoras direcciones.
En este sentido, defendemos que intentar liberarnos de nuestros condicionantes personales cuando jugamos a rol nos puede proporcionar una experiencia de autoconocimiento muy enriquecedora, ya que dicha experiencia se autocontiene a un recinto definido: la partida de rol. 
Un perímetro virtual del que nuestra interpretación o simulación de conductas no escapará hacia nuestra vida real (al menos no hacia nuestra identidad consciente), y en el cual podemos encontrar profundas reflexiones sobre nuestro comportamiento y nuestra forma de encajar emociones derivadas de escenas imaginadas o proyectadas. 
Podemos flexibilizar nuestra personalidad, liberarla un poco de su rigidez habitual al intentar ser cosas alejadas de nuestro relamido yo cotidiano.
Por ello, el consejo final es claro: ¡Lánzate a interpretar! No se te tildará de racista por interpretar uno, no se te juzgará de machista por actuar como tal en una partida, no se te considerará un pederasta por permitir que tu personaje realice acciones propias de uno.
Interpreta a un heterosexual, un homosexual, a un loco, a una prostituta rota por la heroína, a un niño desgarrado por el odio a sus padres, a un misógino que desprecia por completo a las mujeres y las usa de manera retorcida…
                                                 …y mientras interpretas, mírate a ti mismo interpretar.

Y al mirarte, y sentirte, saca tus propias conclusiones de tu simulación rolera.

Permitidnos, como colofón a esta idea, una variación de la frase de Brecht.

“Hay partidas para disfrutar un día, y son buenas. Hay otras para sonreír durante años, y son mejores. Las hay que duran para siempre junto a uno, y son muy buenas. Pero las hay que te hacen crecer por dentro, esas son las imprescindibles.”